17 de Noviembre de 2018

Opinión

Con todo el coraje

En las religiones orientales el karma es una energía proveniente de los actos de las personas.

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En las religiones orientales el karma es una energía proveniente de los actos de las personas, las situaciones en las que se encuentra el ser humano se consideran una consecuencia de las acciones buenas o malas realizadas en el pasado, generalmente en vidas anteriores; en las sociedades occidentales actuales la tendencia es considerar a ese karma consecuencia de nuestros actos en la vida, existe una cierta disposición en la sociedad a considerar que “lo que aquí se hace, aquí se paga”, la idea señala que las consecuencias de nuestros actos nos alcanzarán de forma irremediable en el transcurso de nuestra vida, pensamiento por demás atractivo y consolador pero generalmente irreal.

No sé ustedes, yo en lo personal he conocido seres humanos que con una brutalidad inaudita se han aprovechado de los demás, para después vivir una vida regalada sin contratiempos y acabar muriendo en la abundancia de compañía, salud y material; gobernantes que han atentado con brutalidad contra su pueblo, obteniendo del sufrimiento de muchos las comodidades y tranquilidad de pocos y se han ido de este mundo en medio de la calma absoluta; empresarios que se han enriquecido por generaciones de la escasez y pobreza de sus empleados.

En el otro lado del espectro, muchas vidas han sido plenas de luz y de entrega a los demás, todo tipo de personas que han insistido en ser luz toda su vida y lo optaron desde el principio, lo eligieron cuando decidieron ser el padre de sus hermanos ante un padre ausente y violento, cuando ante la pobreza decidieron compartir lo poco con muchos, acercándose con cariño y ternura a sus ancianos y enfermos abuelos, decidiendo ser amigos de todos hasta de los rechazados que nadie quería hablar.

Toda esa luz, toda la vida que se ofrece en abundancia, no surge de la nada, se construye en el esfuerzo diario, se da luz cuando a pesar de ser un adolescente rechazado y solitario se convierte en hermano a otro muchacho abandonado en peores circunstancias que las nuestras; si ante el dolor de los primeros amores se busca activamente el bien de la persona amada, se apasiona por el servicio social al encuentro del que sufre física o espiritualmente, opta si le es posible por el sufrimiento propio antes que el de sus hermanos, padres o amigos, descubre en su espíritu la inmensidad de la bondad humana y la pone en práctica obstinadamente.

El ser humano descubre que el alma no es una riqueza para atesorar sino una alegría para ser compartida, reconoce que no es para uno mismo sino que existe para los demás; ser luz para los demás a pesar de las amarguras sufridas para mantener una familia, negar sus necesidades de hombre o de mujer ante las necesidades de los hijos y hacerlo alegremente, entregarse en cuerpo y alma en beneficio y crecimiento de la pareja como ser humano a pesar del cansancio y sacrificio que esto signifique, ser solidario ante el dolor de los compañeros de trabajo, sustituir a un padre ausente ante tus alumnos a pesar del tiempo que te demanden, ir entendiendo que la vida no es una paleta para chupetear, sino un regalo para ser entregado.

Llegar a una ancianidad en la que la aceptación o reconocimiento de los hijos no siempre se da y a pesar de ello estar tranquilo en la conciencia y aceptar que no seas querido y valorado, ver cómo termina toda una vida de trabajo para tu empresa con un simple muchas gracias, marcar tus horas con la soledad por la pérdida de la pareja y a pesar de todo ello seguir dando luz a los demás a través de la ternura a los nietos, haciendo compañía a otros ancianos, poniéndole vida a las horas y no horas a la vida.

Podemos ser antorchas refulgentes que den luz y calor a los demás y quemarnos con intensidad hasta el último instante de la vida o ser unas tenues luces que no alcancen a iluminar ni nuestro propio camino; podemos guiarnos por el premio de un cielo eterno, lo que es un mezquino negocio en el que me porto bien por un premio, o hacerlo por entender que esa y no otra es la verdadera naturaleza, destino y grandeza de lo humano.

Somos la sal de la tierra, pero si nos volvemos insípidos ¿para qué serviremos? Somos una luz en la obscuridad, pero no se prende una vela para ponerla debajo de la mesa, sino en lo alto para que alumbre a todos. Podemos elegir ser todo lo que podemos a pesar de no recibir nada a cambio en esta vida. ¿Nos arrastraremos por esta existencia o tendremos el coraje de vivir?

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