12 de Noviembre de 2018

Opinión

Arquitectura mítica del universo nahua

El poder de la pluma

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Los nahuas fueron un pueblo muy extenso que ocupó gran parte de lo que fue Mesoamérica. Pertenecieron a él xochimilcas, chalcas, tepanecas, acolhuas, tlahuicas, tlaxcaltecas y aztecas.

Según Alfredo López Austin, los antiguos nahuas concibieron su universo estructurado en veintidós niveles: nueve que estaban sobre ellos (el cielo); los cuatro intermediarios entre la tierra y el cielo, y los nueve subterráneos. Todos estos niveles estaban traspasados en su centro por el Eje Cósmico, habitado por el dios viejo del fuego, Huehuetéotl, quien fue madre y padre de los dioses.

Dicho eje fue simbolizado en dibujos o esculturas como el Árbol Florido. Debajo de él estaba el Monte Sagrado que representaba al plano terrestre. Precisamente en la cumbre del Monte se erguía el Árbol Florido. En los niveles inferiores se encontraba la región subterránea, acuática y fría, también identificada como el Lugar de la Muerte. El Monte Sagrado fue concebido como una parte del inframundo, pues sus laderas continúan hasta la región subterránea, y ésta conserva en su interior las propiedades de la humedad y la muerte. Quien penetra a una cueva accede, peligrosamente, al ámbito subterráneo de lo hierático. Las cuevas, como los manantiales, las barrancas y aun los hormigueros, son umbrales que comunican al plano terrestre con el Lugar de la Muerte.

En el interior del Monte Sagrado se guardan todas las riquezas: las corrientes subterráneas que dan origen a manantiales, arroyos y ríos que luego forman el mar. La gran cavidad del Monte es el paraíso del señor de la lluvia donde se encuentran, siempre verdes, las plantas de todas las especies. Ahí están también las simientes de los animales y de los humanos. Estas sustancias provienen del Lugar de la Muerte. Son la parte divina de las criaturas que fueron destruidas en el mundo por el paso del tiempo. Del Inframundo transitan a la gran bodega del Monte Sagrado, suben por el tronco del Árbol Florido y se convierten en los frutos que caen de nuevo sobre la superficie terrestre. El Eje Cósmico es, por tanto, el gran motor del mundo.

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