19 de Septiembre de 2018

Opinión

El Chivo Brujo (2)

El poder de la pluma

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Rafael Alpuche Ramos narró en una recopilación publicada por Raúl Pavón Abreu los acontecimientos en torno al Chivo Brujo ocurridos en Campeche alrededor de 1941. El cadáver de un joven había aparecido en el barrio de San Francisco y los rumores se desataron.

La creencia más extendida era que, en la noche previa, el tipo había sido víctima del temido Chivo Brujo. ¿Qué ser humano podría resistir la presencia de un macho cabrío bípedo, poseedor de una larga y peluda cola, dueño de un par de grandes y filosos cuernos, semejantes a afilados machetes? De sus ojos parecía salir el fuego del infierno. Cuentan que, simultáneamente a su aparición, se oía un ruido escandaloso de cadenas que traía consigo. Quien no se moría por el ataque del ser diabólico, perecía por el terror. A pesar de lo anterior, dice Alpuche Ramos, en una noche “en la que Dios no estaba para milagros”, fue capturado el Chivo Brujo con toda su parafernalia. Ya sin disfraz, el hombre fue exhibido bajo los portales de la Comandancia de Policía.

Al hacerse el interrogatorio, se supo que el falso espanto inhibía la presencia de la gente y así se podía realizar sin testigos el contrabando marítimo. Esa noche se decomisó mucha mercancía en las bodegas de los comerciantes. El Chivo Brujo perdió, desde entonces, todo el misterio y los campechanos recobraron la tranquilidad. Así concluye Alpuche Ramos.

Sin embargo, Marcia Trejo Silva, mitóloga connotada, refuta el final que al autor indica en esta versión y afirma que el Chivo Brujo regresó para vengarse de aquellos que intentaron acabar con él. Por mi parte, considero que el desenlace descrito por Alpuche, por racional que pudiera parecer, no explica por qué, en cientos de poblaciones de la Península de Yucatán, se siguen contando los relatos del Chivo Brujo, incluida la capital de Campeche.

Además, la muerte ocasional del espanto caprino en algunas versiones no impide que, en otras, este monstruo nocturno reaparezca para atemorizar a la gente. Este mito, como muchos otros, es más persistente que el escepticismo particular y fortuito de cualquier persona. 

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