23 de Octubre de 2018

Opinión

La Mulata de Córdoba

Tenía el don de la ubicuidad y también el poder de sanar enfermos de cuerpo y alma.

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Hace más de dos siglos una bella dama habitó en la ciudad de Córdoba, Veracruz; por su hermosura se volvió el objeto de la atención de los hombres y la envidia de las mujeres, cuentan Guadalupe Cevallos Almada y Marisa Fernández.

La conocían como la Mulata y se afirmaba que nunca parecía envejecer. Era una belleza extraordinaria, pues tenía un cuerpo portentoso, con brillantes ojos negros y labios rojos sonrientes.

La gente decía que tenía el don de la ubicuidad y también el poder de sanar enfermos de cuerpo y alma; daba consultas en Córdoba y en la Ciudad de México al mismo tiempo. Frecuentemente se le encontraba en las profundidades de una caverna. Por todo lo anterior se creyó que era una bruja y que tenía pacto con el demonio.

La Mulata era invocada por los que renegaban de su suerte, por los que sufrían terribles padecimientos y por los que dudaban de la fidelidad de sus seres queridos. Ella aparecía de súbito, para atender al desesperado y darle un remedio. A veces era una pócima y otras, un consejo.

Después de la medianoche, por las ventanas de su casa escapaba un resplandor misterioso, como si hubiera fuego en el interior. Ese mismo fuego es el que la Mulata despertaba en los corazones de los hombres, que, obsesionados por sus encantos, se disputaban su amor. Ella no correspondió jamás a nadie. Los más despechados aseguraban que Satanás era su dueño.

Paradójicamente, la Mulata llevaba una vida piadosa. Asistía a misa y era bondadosa con los necesitados. A menudo se le veía en las chozas más humildes dando alivio y consuelo a los desposeídos. La fama sobre esta supuesta hechicera se extendió por toda Nueva España, llegó a oídos del Santo Oficio y fue condenada a la hoguera.

Cuentan que, ya prisionera, dibujó en la pared de su celda un barco con un pedazo de carbón. Preguntó al carcelero qué le faltaba a la imagen. El hombre respondió que nada. Ella le refutó que el barco necesitaba un tripulante. Brincó al interior de la imagen y ésta empezó a desplazarse hasta desvanecerse. Nadie supo más de la Mulata.

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