19 de Septiembre de 2018

Opinión

El gen egoísta

La política tiene su propia carga genética.

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Desde hace meses dos personas necesitan un riñón cada una. No recibirlo implicaría un rápido deterioro en su calidad de vida y su eventual muerte. El primer sujeto es un famoso científico, líder de un proyecto de investigación a la vanguardia en lo que a la cura del cáncer se refiere; algo así como un Luis Pasteur de nuestros tiempos. El otro sujeto es un joven de quince años que por las mañanas va a la escuela, por las tardes toma clases de natación y en sus ratos de ocio juega futbol y Xbox con sus amigos.

Por compatibilidad, sólo hay un riñón disponible. ¿Qué es lo justo? Si lo recibe el adolescente el mundo perderá una oportunidad muy real para erradicar una terrible enfermedad; pero si lo recibe el científico, fallecerá un adolescente normal.

El portador del único riñón disponible es el padre del adolescente. ¿A quién debe cederle tan preciado recurso? Los humanos estamos programados genéticamente para realizar cualquier cosa que sea mejor para nuestros genes y, en este caso, en el hijo siguen perpetuándose los genes del padre, así que lo más probable es que el padre le ceda el riñón a su hijo.

Nuestros genes son egoístas, están programados para sobrevivir. Nosotros somos sus máquinas de supervivencia, mediante las cuales se allegarán recursos para perpetuarse hacia el futuro.

Hace unas semanas leí un artículo de Dzereco, Un Sobrino para el PRI, donde hablaba sobre los cambios de poder en los partidos y me puso a pensar en los muchísimos funcionarios públicos que provienen de familias acostumbradas a mover los hilos del poder y que desde muy jóvenes están llamados a ser los sucesores de sus padres, tíos o abuelos.

En el Estado de México van por la tercera generación; Alfredo del Mazo Maza es candidato a la gubernatura, la cual en el pasado fue ocupada por su abuelo y su padre Alfredo del Mazo Vélez y Alfredo del Mazo González, respectivamente. En el norte, Rubén Moreira sucede a su hermano Humberto. En Oaxaca, en menos de doce años, los Murat, padre e hijo, han ocupado la gubernatura.

Yucatán también tiene su historia. En 1995 Víctor Cervera Pacheco asume la gubernatura. Seis años después entrega el poder al hermano de su yerno: Patricio Patrón Laviada. Este es relevado por Ivonne Ortega Pacheco, sobrina del primero. Ella, al concluir, entrega el poder a Rolando Zapata Bello, ahijado de su tío. La saga va así: el patriarca, el hermano del yerno, la sobrina, el ahijado. Durante poco más de veinte años la sucesión en Yucatán ha parecido una historia de familia, donde el poder se transfiere de un miembro a otro como una herencia.

¿Puedes culpar a un padre, tío o abuelo por cargar los dados a favor de uno de los suyos, si a fin de cuentas el gen egoísta es el que está al mando?

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