22 de Septiembre de 2018

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En 1999, casi veinte años después del comienzo de mi vida en México, mi papá sufrió un derrame.

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En 1999, casi veinte años después del comienzo de mi vida en México, mi papá sufrió un derrame. En ese entonces mis hermanos y yo teníamos poca comunicación con él. Pero como sucede en casos de vida o muerte, las distancias –físicas y emocionales- se acortan y las familias se unen. Sin pensarlo, dos hijos y una hija emprendimos un viaje hacia los Estados Unidos, hacia un papá.

Mi hermano y yo cruzamos la frontera, en camión, por Laredo; mi hermana unos días antes lo había hecho por Nogales; el miércoles 28 de abril de 1999 los tres nos encontrábamos en un hospital en San Antonio, Texas, alrededor de una cama en la cual yacía mi papá, escuchando a un cirujano decirnos que un aneurisma era el causante de su situación. Nos informaban que aunque ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos, las posibilidades de vida eran de pronóstico reservado.

Mientras recibía y procesaba la información miré a mi papá, aunque sus ojos estaban ligeramente abiertos, sabía que estaba inconsciente.

Pero aún así quería verlo y que él también me viera para que supiera que, pasara lo que pasara, no estaba solo.

No podía seguir todos los tubos y mangueras que salían y entraban de su cuerpo; ni los cables a los que estaba conectado; mucho menos entender los números y gráficas de los monitores que lo acompañaban; pero una línea -la única que veía y comprendía- que subía y bajaba rítmicamente representando sus latidos me decía que, aunque se hallaba inconsciente, su corazón aún estaba en la lucha. Ahí estaba no queriendo perder a un papá que mis hermanos y yo creímos haber perdido muchos años atrás.

Me encontraba al lado de su cama sosteniendo su mano mientras recordaba pedazos de mi vida; mi mente regresó a 1980 cuando mis hermanos y yo, de la mano de mi mamá, hicimos una trayectoria a la inversa. En un viejo automóvil, con todas nuestras pertenencias a bordo, en contra sentido de los flujos migratorios, cruzamos el puente y vinimos de Estados Unidos a México. En adelante habríamos de hacer nuestras vidas en español, mientras él hacía la suya en inglés. Durante muchos años la distancia nos separó y nuestras interacciones fueron más bien esporádicas; sin embargo, en lo que podía ser un final estaba buscando un punto de partida; un puente hacia lo que podría ser. Corazón, no te detengas danos la oportunidad.

Hoy, casi veinte años después, el corazón late y el puente se tendió. Tiene siete nietos que, como todo abuelo, a ratos disfruta y otros, lo desquician.

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