21 de Septiembre de 2018

Opinión

El pericazo sarniento o las memorias de un adicto

El poder de la pluma.

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De manera paralela a su más reciente libro de cuentos, “La efeba salvaje” (Sexto Piso, 2017), el escritor norteño Carlos Velázquez (Torreón, 1978) publicó con la editorial Cal y Arena un libro a caballo entre el ensayo, la crónica y la autobiografía titulado “El pericazo sarniento (Selfie con cocaína)”, que, sin tantos rodeos, son las memorias de un narrador y adicto funcional en el que nos cuenta su largo romance con “Doña Blanca”.

Poniendo en contexto la ciudad donde creció y su entorno familiar y social, el autor de inmediato se sumerge en los primeros escarceos con diversos tipos de droga, al tiempo que manifiesta el hallazgo del polvo que no sólo lo convertiría en un esnifador consumado, sino que incluso conformaría buena parte de su identidad como escritor y como persona, pues al igual que la cita de Hunter Thompson en el primer capítulo “sin todo eso, yo no sería nada”.

Con un lenguaje sin artificios y sin idealizar el mundo de las drogas, va haciendo un recorrido sentimental por su adolescencia y madurez en la Comarca Lagunera, donde personajes variopintos emanados del realismo sucio -del que sin duda ha abrevado-, van poblando las páginas; en especial El pájaro, El joven manos de tarjeta y El paleta payaso, que resultan los más entrañables.

La publicación, en cuanto ensayo y crónica, adolece de cierta superficialidad, pues no hay digresiones oportunas, tampoco profundidad de análisis en cuanto a comentarios socioculturales de la época que le tocó vivir, que son los años que conforman la violenta llegada de los Zetas y la postrera guerra contra el narco por parte del gobierno de Calderón, por lo que para el lector no hay un asidero que lo ubique en el conflicto, salvo la perspectiva

personalísima y enrevesada de un adicto que sobrevivió a todo ello sin mella alguna.

En ciertos pasajes, la narración -si bien divertida- se torna frívola e incluso reiterativa, ya que, existiendo tantos escritores que han dado testimonio de su descenso a los infiernos de la droga, el de Carlos carece de relevancia, salvo por el novedoso hecho de que se trata de un escritor nacional que sin pudor alguno habla de los entresijos de un cocainómano en el México contemporáneo, cuya agilidad prosística y humor se agradecen, pero no lo suficiente como para dejar de lado sus ficciones literarias que, sin duda, están mejor logradas.

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