13 de Noviembre de 2018

Opinión

Escoge la vida: Trainspotting 2

Habría que ser muy tonto para creer que un éxito descomunal de 1996 podría repetirse en 2017.

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Para dejarlo en claro desde el principio: no hay comparación entre la primera entrega de esta película y su secuela. Dicho lo anterior, habría que ser muy tonto para creer que el éxito descomunal de 1996 podría repetirse en 2017. Lo mismo que nosotros difícilmente somos los muchachos que bailaban hasta reventar las arterias allá en los ya lejanos noventa. Y esto es lo que la cinta del viejo Danny Boyle parece decirnos: todo cambia para seguir igual.

Basada en la secuela literaria de Irvine Welsh (Porno, 2002), el guionista John Hodge intenta adaptar lo inadaptable una vez más, tratando de captar el humor ácido de la primera y despertar esa química llena de químicos entre los protagonistas: Renton (Ewan Macgregor), Sick Boy (Johnny Lee Miller), Spud (Ethan Bremner) y Begbie (Robert Carlyle). Sin el ensamble original hubiera sido imposible emular los mitos del desencanto, la decadencia y la autodestrucción de los escoceses del Reino Unido de la era post-Thatcher.

El guión, alejado de la novela, presenta inconsistencias, carece de la filosa crítica social de la primera y no añade nada a la mitología de los divertidos amantes de la heroína. Visualmente el director sí logra recapturar el sórdido imaginario de una ciudad de Edimburgo que, ya bien metida en el bienestar económico de la era de Tony Blair, no deja de esconder oscuros recovecos donde la droga y el pandillerismo siguen dañando el tejido urbano.

Haciendo uso de distintos formatos de cine y video, ángulos aberrantes, planos inusuales y proyecciones sobre la arquitectura interior, Boyle logra darnos esa sensación de que estamos viendo una película desde el punto de vista de un yonqui. El problema es que nuestros antihéroes apenas son adictos al ejercicio y al viagra. Y esto, más que una desilusión, es un encontronazo con el acto de madurar: ¿cuántos de nuestros amigos no han dejado el cigarro y el alcohol para convertirse en unos insufribles runners de maratones que comen sano?

La película no apuesta por la nostalgia, aunque es inevitable. Si usted va al cine a verla esperando encontrar su juventud perdida hallará una experiencia mediocre. Si usted -al igual que yo- entra sin expectativa alguna, se topará con un colofón agridulce, tal vez duro pero digno de lo que alguna vez fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Si esto no le agrada, hubiera sido mejor darse un pinchazo a tiempo.

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