21 de Septiembre de 2018

Opinión

Fla.Co.Men: ¡Olé!

Dentro de la cartelera parte de Mérida, Capital de la Cultura, hemos visto espectáculos vacuos y de relumbrón.

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Dentro de la cartelera parte de Mérida, Capital de la Cultura, hemos visto espectáculos vacuos y de relumbrón, como Karen Souza (reina del “jazz de elevador”) o el gran dispendio multimillonario de la efímera réplica de la Capilla Sixtina. Pero, la verdad sea dicha, también se han tenido importantes muestras artísticas: entre las más recientes, la obra de teatro Battlefield, el espectáculo de danza visual Pixel y la que nos ocupa esta semana, Fla.Co.Men.

El concierto de Israel Galván (Sevilla, 1973) sorprendió gratamente, pues era flamenco y, al mismo tiempo, mucho más... Danza contemporánea, free jazz, improvisación y música abstracta formaron parte del espectáculo con seis músicos multi-instrumentistas en escena (bajo, xilófono, cajón, percusiones, voces, guitarra española, saxofón, batería, etc.), además del líder, que utilizó su propia corporeidad como instrumento, pues piernas, brazos, pecho y piel sobre piel fueron parte de sus herramientas musicales en todo momento.

Todo lo anterior tal vez desconcertó a buena parte del público que no llenó el Teatro Daniel Ayala en la primera noche (se presentaron del 21 al 23 de noviembre), ya que desde la primera media hora se hizo evidente para la mayoría que no estábamos por ver el típico tablao flamenco al que estábamos acostumbrados, sino un concierto y puesta en escena de primer orden, que rompió con las ideas preconcebidas que los espectadores pudiéramos tener, algunos de los cuales fueron abandonando la sala al principio, ya que el arranque fue pausado, con apenas dos artistas en escena.

Paulatinamente toda la agrupación fue tomando sus lugares, mostrando dominio de sus respectivos instrumentos y también habilidades dancísticas para hacerle juego a Galván, cuya visión del flamenco es libre de ataduras, salpicada de momentos humorísticos e, incluso, de interacción con el público. Un factor que tal vez haya jugado en su contra fue la duración del concierto, de casi dos horas, ante una audiencia poco acostumbrada a pasar más de una hora en un teatro.

Sin embargo, para los asiduos a la sinfónica, el tiempo pasó volando, con la misma ligereza de los pies de Israel Galván, que trajo a Mérida un espectáculo fascinante, original y diferente, que seguro será recordado como uno de los grandes y últimos eventos especiales que nos habrá dejado el programa de Capital Americana de la Cultura, que tristemente sólo dura un año y está próximo a terminarse... ¡Olé!

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