14 de Noviembre de 2018

Opinión

La forma del agua: una fábula subacuática

La cámara recorre un pasillo inundado mientras una voz en off nos cuenta la historia de la princesa silenciosa que duerme bajo el agua mientras sus muebles flotan entre la ilusión y la realidad.

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La cámara recorre un pasillo inundado mientras una voz en off nos cuenta la historia de la princesa silenciosa que duerme bajo el agua mientras sus muebles flotan entre la ilusión y la realidad. Desde esa primera escena, Guillermo del Toro nos sumerge en su fábula subacuática, persuadiendo a los espectadores de que voluntariamente suspendan su incredulidad para dejarse llevar por la marea de un relato fantástico con su sello personal.

“La forma del agua” (2017), su más reciente producción perteneciente al género del cine fantástico, es, al igual que sus criaturas, un híbrido entre estilos tanto visuales como narrativos, al tiempo que abreva de numerosas referencias de la cultura pop para engendrar al Hombre Anfibio, proveniente del Amazonas al igual que su ancestro “El monstruo de la laguna negra” (Jack Arnold, 1954), pero con marcadas similitudes con otros personajes del mundo del cómic, como Abe Sapien (Hellboy) o las “sirenas” de la miniserie “The Wake” (Snyder/Murphy).

Todo para conformar a un monstruo antropomorfo y sensible que sirva de excusa para lo que quiera contar, que no es otra cosa que la historia de amor imposible entre Elisa Espósito (Sally Hawkins) y la criatura sensible e incluso humana (Doug Jones). En una reinterpretación de “La bella y la bestia” donde los tópicos universales están presentes y el pastiche visual es evidente, uno se pregunta, ¿qué tiene de original o novedoso este filme?

Y la respuesta es que nada, absolutamente nada, excepto por su enfoque. Del Toro, como director, hace una apuesta arriesgada no sólo al reivindicar la fantasía como género, sino para abordar a través de ella asuntos como la discriminación, el racismo y la xenofobia, pero sin pontificar con moralejas aleccionadoras, sino explorando la diversidad humanista, idealizando a través de un romance con tintes musicales lo maravilloso que puede ser cuando uno se permite conocer la otredad, enamorándose del otro precisamente por sus diferencias.

Los personajes secundarios se nos presentan bidimensionales y maniqueos en sus procederes porque cumplen la función de hacer avanzar la historia mediante subtramas que, al final, de la mano con la hermosa partitura de Alexandre Desplat, nos llevan a entender lo que el cineasta mexicano nos ha venido diciendo todo este tiempo: que el amor no es sino encontrar la belleza en lo peculiar, lo bizarro y lo siniestro, para abrazarlo en todas sus formas posibles.

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