12 de Diciembre de 2017

Opinión

Sobre la espiritualidad en el arte

¿Y qué es el arte sino aquello que reina en el imperio de los sentidos?

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A veces podemos entender por espiritual todo lo relacionado con las religiones. También solemos pensar que aquel que no tiene religión es un ser sin espiritualidad. Pero frecuentemente nos equivocamos a este respecto, en especial si consideramos que la espiritualidad es un término que varía según el contexto y el uso que se le da a esta palabra.

En un sentido amplio, la espiritualidad es la tendencia o disposición que tenemos orientada hacia asuntos de orden moral, psíquico o filosófico, lo cual depende mucho de la ideología, doctrina o bagaje cultural de que se trate. En pocas palabras, se trata de cuestiones dedicadas al “espíritu”, bajo el entendido de que es todo sentimiento encaminado a experimentar un bienestar interior producto de la reflexión intelectual, la paz mental o, incluso, de ambos.

Luego entonces, para algunos el asunto del espíritu es todo aquello que se mueve en el mundo metafísico y, para otros, el placer estético pertenece al terreno de lo intrínsecamente relacionado con el plano sensorial. ¿Y qué es el arte sino aquello que reina en el imperio de los sentidos? Por ello, no debe extrañarnos cuando escuchamos que alguien diga que ha vivido “una experiencia religiosa” refiriéndose a la contemplación del arte.

Y es que el consumo cultural, definido como el acto de abrevar de lo artístico, es equiparable con términos religiosos como la liturgia o la comunión, que más bien se refieren a la sensación de éxtasis emocional que puede ser provocado por la confrontación de nuestros sentidos ante una obra de arte. Tan es así, que en otros tiempos al artista también se le ha comparado con un profeta, un visionario o un sacerdote en íntimo contacto con el topus uranus platónico; esto es, con el mundo de las ideas, sin que esto implique necesariamente que es el más cercano a Dios.

Todo lo anterior, pese a su complejidad, puede comprobarse fácilmente cuando nos conmovemos hasta las lágrimas al escuchar una pieza musical, o cuando nos erizamos en la mera observación de una pintura. Es ese estado de trance inexplicable ante la manifestación de lo bello (o de lo grotesco). Algunos la viven cuando acuden a las iglesias; otros, comulgamos con nuestra espiritualidad cuando acudimos al cine, a un concierto o a un museo. Los menos, cuando miramos hacia las estrellas y nos abismamos ante la inmensidad abstracta del multiverso infinito.

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