18 de Noviembre de 2018

Opinión

Certeza dogmática

Un tropezón de AMLO ante los medios pueda activar su declive en las preferencias electorales y conducirlo a la derrota.

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Tan ingenuo resulta esperar que un traspié de Mr. Trump, en Twitter, logre desencadenar el proceso para someterlo al impeachment, antes que consiga su reelección, como confiar en que un tropezón de AMLO ante los medios pueda activar su declive en las preferencias electorales y conducirlo a la derrota.

Y es que los seguidores del tabasqueño, tal vez producto de la herencia colonial o como consecuencia del adoctrinamiento religioso al que fueron violentamente sometidos, comparten el gusto por la certeza que da la doctrina, entendida como un conjunto cerrado de ideas que provee de respuestas para todas las interrogantes de la vida.

No tienen que corresponderse con la realidad, ni ser verdad, pero sí contener respuestas capaces de eliminar la incertidumbre sobre los asuntos más discutibles para colocarlos en la comodidad de no tener que ejercitar el raciocinio para tomar decisiones. Es, antes que el conocimiento derivado del análisis de la realidad, un asunto de creencias. Mientras más simple, mejor.

No se trata de ser objetivo, lo que se busca es encontrar, como en las redes digitales, la justificación para reafirmar sus creencias y prejuicios, anidados desde la infancia en la inconsciencia. Como sucedió con Trump, que tuvo la habilidad, o más bien el descaro, de postular como ciertas y correctas las ideas discriminatorias y antifeministas del supremacismo norteamericano.

Por eso López Obrador puede, sin consecuencias, descalificar a los intelectuales que no le son completamente sumisos, como Silva Herzog Márquez, burlarse de sus incondicionales como Denise Dresser y Elena Poniatowska; al mismo tiempo que ridiculizar a los declarados conservadores Krauze y Castañeda que, todos juntos, fomentaron el mito de que él perdió en las elecciones contra Calderón por haberle llamado chachalaca a Vicente Fox.

A la base electoral de AMLO, lo mismo que a la legión de impresentables oportunistas que aglutina, les tiene muy sin cuidado, como a la de Trump, la correspondencia de sus opiniones con la realidad, la viabilidad de sus ofertas y que no cuadren sus cuentas; lo único que aplauden a rabiar es la repetición incesante de las consignas que aparentan brindarle cauce legal a sus prejuicios y patrañas.

No obstante, el adalid de esta minoría escandalosa e intolerante puede ser derrotado por una mayoría silenciosa que, obligada a agazaparse en la intimidad de su conciencia, espera pacientemente el día de las elecciones para demostrar con su voto que no está dispuesta a dejarse vencer por la fuerza de la sinrazón.

No señor Ackermam, en el México de hoy, la Presidencia se gana con votos y no a base de chingadazos porque, a diferencia de su país, aquí el voto es universal y directo.

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