18 de Octubre de 2018

Opinión

Una tumba que cavamos todos

El poder de la pluma

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Cada vez con más frecuencia se presentan en la Ciudad de México casos de menores de edad, niños y adolescentes, que son protagonistas de delitos graves como el asesinato o el secuestro, en hechos que deben obligarnos a cuestionarnos cómo estamos cumpliendo, o por qué no cumplimos, nuestras obligaciones como padres de familia y ciudadanos.

Esos casos que van en aumento evidencian que los padres y la familia amplia de esos jóvenes que han perdido todo recato o pudor, y hasta el respeto a la vida, caen en graves omisiones en su papel de educadores.

Los medios de comunicación del centro del país incurren en una peligrosa actitud al magnificar las presuntas ventajas de una sociedad libre y sin ataduras, en la que en cada minuto se habla de derechos, pero ni un segundo se recuerda que cada uno de los derechos conlleva una obligación.

En el colonialismo mediático que padecemos los habitantes de la llamada provincia se incluye la manipulación de la información, que consiste en elogiar lo que parece bueno para los habitantes del centro del país, pero que evidentemente no nos gusta a muchísimos provincianos. Por ejemplo, el ex presidente Ernesto Zedillo dice que se equivocó en su período presidencial porque no promovió la liberalización del uso de la marihuana; y como el “derecho” a ser drogadicto es algo que les gusta a muchos chilangos, los medios pasan hasta tres o cuatro días machacándonos con la declaración del ex mandatario.

Y si alguien dice que las uniones “maritales” entre personas del mismo sexo son la gran cosa, y son lo que va a permitirles a los mexicanos alcanzar su máximo desarrollo, los medios capitalinos ensalzan la declaración un día tras otro para congraciarse con su público, y se esfuerzan en proyectar al resto del país ese “gran avance moral”.

Toda conducta, acción o pronunciamiento tiene irremediablemente consecuencias, y puede usted estar seguro de que tendrán un alto costo social la actitud, conducta y declaraciones carentes de moral, con una “ética” flexible, que directa o implícitamente promueven los medios de comunicación del centro. Y ese costo incluiría un impulso hacia la autodestrucción que ya se ha visto en el ocaso de etapas históricas en diversas partes del mundo. Dicho de manera clara y sucinta, parecería que por ser una sociedad permisiva que exige cada uno de sus derechos, pero incumple la gran mayoría de sus obligaciones, estamos cavando nuestra propia tumba...

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