12 de Diciembre de 2017

Opinión

23 de abril: Día Internacional del Libro

El libro también es aventura, riesgo y rebeldía, es escuchar voces y a veces gritos que algunos no quieren que escuchemos...

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Dada su importancia, en 1995 la Unesco oficializó este día para celebrar en todo el mundo al libro y, por supuesto, al universo tan diverso que incluye su lectura y sus lectores.

El libro es para algunos refugio, huida a través de papel y tinta de una realidad que desean evadir, para otros es oportunidad de conocer, amar, viajar, dialogar, escuchar y encontrarse; los libros pueden ser la compañía para una soledad de un día o de toda una vida. Es totalmente cierto, como dijo Thomas Carlyle, que “los libros son amigos que nunca decepcionan”; los escritores y las historias quizá, pero los libros nunca, por eso son también bálsamo para curar heridas, o por lo menos, paliativo para intentar olvidarlas y sanarlas.

El libro también es aventura, riesgo y rebeldía, es escuchar voces y a veces gritos que algunos no quieren que escuchemos y, paradójicamente, como añoró Sor Juana, son también el anhelado silencio. Por eso pueden ser puertas, ventanas, espejos, puentes o caleidoscopios, son todo aquello que nos permite expandir nuestra mente y realidad para mirar a otros y también a nosotros mismos; así algunas veces son un espejo mágico, una máquina del tiempo o un oráculo y, otras, como el agua cristalina donde se reflejó Narciso.

Los libros son de los pocos objetos, o tal vez el más antiguo, que, como decía Umberto Eco, “son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos”, porque son capaces de despertar todos nuestros sentidos: la vista, necesaria para recorrer las letras y comprender e imaginar; el oído, para escuchar los sonidos que rodean el acto de leer en silencio o en voz alta; el olfato, para aspirar su olor a nuevo, antiguo, guardado o el aroma de las manos de quien nos lo ha prestado u obsequiado, e incluso, algunos los recordamos por su olor y no por su historia; el gusto, porque al leer aparecen alusiones a platillos o bebidas y las saboreamos, o porque en ocasiones son nuestra mejor o única compañía para un café o una comida, y el tacto, por el roce de los dedos con cada página para leerlos.

Por esto el libro físico no pasará a ser un objeto de anticuario, aunque el digital propugne en esta era por relegarlo; ambos son valiosos, pero la experiencia de activar todos nuestros sentidos a la vez conectados con nuestros pensamientos, emociones y sentimientos seguirá siendo extraordinaria y exclusiva de eso que atesoramos en los rincones o en los espacios donde habitan sigilosamente, nuestros libros.

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