17 de Julio de 2018

Opinión

La virtud de los amuletos de venado

El poder de la pluma

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En la plática con don Be’ex, de la que hablamos el domingo pasado, menciona que los colmillos del venado, que son un amuleto de los cazadores, tienen la forma de un arroz de cuatro centímetros de largo y color blanco. Otro de los amuletos es la bola, que se obtiene del buche del venado cuando el cazador destaza el animal. Con toda discreción tiene que revisar la vícera para obtener de allí la bola si tuviera la suerte de encontrarla. Don Be’ex describe que la bola tiene cinco centímetros de diámetro y está formada por gran cantidad de pelos, parecida al excremento del caballo. En relación con la piedra que también se obtiene del buche del ciervo nos comenta que es de color claro y como de tres o cuatro centímetros de tamaño, de forma aplanada, muy lisa, pero que puede tener en relieve imágenes de un cervatillo o de un animal adulto. Otra de las variantes de la representación es la cara de un individuo con cuernos que él describe como el demonio de los venados.

También explica durante la interesante narración que el cha’che’ es un gusanito peludo que por tradición se asocia con el gusano del venado que regularmente trae en la nariz. Nos menciona que un cazador puede tener un amuleto o los cuatro y con ellos a donde fuere lo seguirán sus futuras presas solo por el hecho de llevar consigo alguno de los amuletos. Pero estos amuletos hay que mantenerlos y cuidarlos y si por alguna circunstancia el que tiene el amuleto no sale a cazar durante tres días, tendrá que extraer su sangre para alimentar al amuleto y mantenerlo vivo, porque la sangre es el alimento de los dioses. En caso de no alimentarlo la virtud muere.

La virtud de los amuletos también acaba cuando los venados se acercan mucho al cazador y éste por distraído no dispara o lo choca o lo roza el animal, estas acciones son suficientes para acabar con la virtud del amuleto. El cazador que conoce de esta virtud sabe que estos amuletos se deberán utilizar durante tres meses o un año, tiempo razonable para después ir al monte y tirarlos y así devolverlos. En caso de no devolverlos, al cazador le ocurren desgracias.

Estos valores mágicos son una forma de establecer el equilibrio con la naturaleza.

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