19 de Noviembre de 2018

Opinión

Menos diccionario y más gramática

El poder de la pluma

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La unidad de una lengua depende menos del diccionario –aunque sea lo más socorrido- que de la gramática y la ortografía, las olvidadas, las que dan lata y flojera porque requieren poner a funcionar las neuronas. Quienes se encierran a piedra y lodo y se parapetan detrás del Diccionario de la Lengua Española (DELE y antes DRAE) para impedir el ingreso de palabras necesarias al caudal del idioma hacen todo lo contrario de lo que pretenden: empobrecerlo, amarrarlo a los cánones y reducirlo al nivel de agua estancada (en proceso de pudrición).

Siglos hubo en que los puristas acantonados en salones de clase, redacciones de periódicos llenas de comején y reductos apestosos a viejo en las oficinas donde se velaba por la “pureza” del español sólo tenían una respuesta: Si no está en el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), una palabra “no existe”, así la estuvieran usando millones de personas en todo el mundo. La RAE ejercía a la manera de un dique infranqueable. Para que los viejitos a quienes llaman académicos dejaran pasar un nuevo vocablo debían transcurrir años y someterlos a filtros impenetrables. Pensaban que de ese modo defendían al español de términos que, cual Caballo de Troya, acabarían minando desde adentro a la lengua de Cervantes. Mezquina actitud.

Hoy –a fuerza del empuje de las naciones latinoamericanas-, la pomposa RAE ha cedido y su hegemonía es cosa del pasado. La forja del idioma ha abandonado los salones regios de una monarquía absoluta y se ha asentado en el sitio donde siempre debió estar: la calle, entre el pueblo llano –único hacedor válido del idioma-, en la pujante cotidianidad que habla libérrimamente. Y así, con la fuerza de un río caudaloso, van surgiendo expresiones, construcciones y modismos impresionantes.

Con eso, las 23 academias que en el mundo son –raro fenómeno entre los grandes idiomas: ni el inglés ni el francés son regidos por académicos- han democratizado lo que antes era un coto de nobles e intelectuales de siglos pasados. Enhorabuena por eso, lo celebro y me regocija, porque estamos hablando un idioma moderno. Sin embargo, a veces, ante desaguisados y barbarismos fruto de la ignorancia, siento un poco de temor. La ignorancia es audaz y puede llegar a extremos.

Para que el idioma no pierda calidad, tenemos que recurrir a la gramática y la ortografía y menos al diccionario. Si estudiamos y enseñamos ambas, ya pueden llegar –como de suyo han llegado a lo largo de los siglos- todos los nuevos vocablos que quieran.

Desde este espacio, vamos a ir proponiendo normas gramaticales y ortográficas. La esperanza es que nos preocupemos por estudiar y mantengamos joven, rozagante y agradable este idioma que ya se acerca a los mil años de existencia.

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