19 de Junio de 2018

Opinión

De amor y de odio

Schopenhauer explicaba las relaciones humanas con una parábola: un sueño se encontró viajando por un bosque en medio de una feroz nevada.

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Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, explicaba las relaciones humanas con una parábola: decía que en un sueño se encontró viajando por un bosque en medio de una feroz nevada; en el camino llegó a un claro, ahí se encontraba una manada de puercoespines que trataban de darse calor unos a otros y mitigar así la gélida temperatura; sin embargo, al acercarse se producían heridas entre ellos debido a las espinas que tenían; no obstante, el frío les impulsaba a juntarse unos con otros para procurarse calor. En este proceso de acomodo se llevaron un largo rato, hasta que lograron encontrar una distancia en la que no se herían y sí se brindaban calor mutuo.

Con esta parábola, Schopenhauer explicaba la complejidad de las relaciones humanas, en las que hace falta la cercanía del prójimo, pero frecuentemente, en la construcción de esta intimidad, lastimamos y somos lastimados, porque también necesitamos vivir nuestra individualidad. En prácticamente todas nuestras relaciones los seres humanos pasamos por esta dualidad; la niña que entre sus primeras palabras llama tonta a su mamá, lo hace porque hasta ese momento no existía para su madre nada más importante que atender a sus necesidades, pero al ir creciendo se da cuenta que su madre se ausenta un poco más que de costumbre. El precio de crecer es alto y la rabia por la ausencia de la madre se asienta en el ánimo infantil.

Las relaciones humanas son complejas, no son tan fáciles de calificar como buenas o malas, blancas o negras, felices o infelices, porque generalmente son de una complejidad tal que no es extraño encontrarnos con que nuestra mejor amiga se convierte momentáneamente en nuestra enemiga. Una palabra fuera de lugar o un comentario irreflexivo pueden generar una veta de odio en una sana amistad; en medio del amor más puro de unos esposos, puede surgir un arrebato de odio. Por muy irracional que nos parezca, sucede. Muy cómodo sería definir una relación como buena o mala, pero nuestra realidad es complicada y, aunque no siempre queramos aceptarla, la vida se encarga de metérnosla por los ojos.

Es poco probable que alguien acepte que siente odio, nos han condicionado desde la infancia para creer que odiar es malo; todos aceptan que alguien “me cae mal”, “no lo tolero” o “es insoportable”. Nos han repetido hasta el cansancio que ese sentimiento es algo impropio, es inaceptable, es pecado, por eso nadie admite sentir odio; nos enfrentamos a algo que muy pocos de nosotros comprendemos: no existe moralidad alguna en los sentimientos, ya que surgen espontáneamente; la moralidad no está en lo que sentimos, sino en lo que hacemos con ese sentimiento.

Cuando un sentimiento surge en nosotros, eso no es moral ni inmoral; lo que hagamos con ese sentimiento sí será moral o inmoral. Si un hombre o mujer casados sienten una atracción física hacia una persona que no sea su pareja, eso no será inmoral; inmoral es la conducta por medio de la cual fantasean en su mente con esa persona, inmoral es intentar un acercamiento hacia él o ella, inmoral es llevar a la práctica lo que la atracción les dicta.

De la misma forma, sentir odio no es bueno ni malo, lo que hagamos con ese sentimiento sí será moral o inmoral, el sentimiento en sí no lo es. Si sientes odio hacia alguien y por ello tratas de desprestigiarlo o levantarle falsos, eso será una inmoralidad; si te encuentras con la oportunidad de dañarlo económicamente, en sus sentimientos o sus relaciones y lo haces, eso definitivamente será inmoral.

Es necesario reconocer nuestros sentimientos negativos y darnos la oportunidad de exteriorizarlos de una manera sana, evitar dejarlos dentro de nosotros, sacar nuestra basura emocional es necesario para mantener el equilibrio en nuestra vida; si la basura se queda dentro del bote se pudre y apesta. No debemos negar estos sentimientos, hay que trabajar en reconocerlos, manifestarlos y veremos cómo inmediatamente pierden gran parte de su poder.

Y en nuestras relaciones con los demás, entender que nadie es santo o demonio, que tendremos miles de oportunidades para amarlos, pero no debe extrañarnos sentir en ocasiones la ráfaga de odio, es parte de nuestra limitada condición de seres humanos, es parte de nuestro proceso de crecimiento. Apoyémonos unos a otros para que, a pesar de nuestras limitaciones, cada día seamos la mejor versión posible de nosotros mismos.

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