21 de Septiembre de 2018

Opinión

La angustiosa honestidad

Ni todos los políticos, ni todos los empresarios, ni todas las instituciones educativas sufren de este mal, pero...

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Existe un dicho mexicano, no quisiera llamarlo refrán, que dice con total descaro:

“El que no tranza no avanza”

La frase asegura drásticamente que quien no está dispuesto a practicar la desonestidad nunca mejorará en su vida. Desgraciadamente lo que vivimos día a día en nuestras sociedades parece confirmar la idea; la corrupción desenfrenada en todos los ámbitos, desde el mundo empresarial, la política, las instituciones educativas e incluso la familia, es evidente.

Los partidos y sus integrantes son probablemente el medio en el que con mayor descaro la deshonestidad rampante tiene premio, otorga beneficios y prebendas a unos en detrimento de otros, y por supuesto esos otros son generalmente el pueblo, la angustiosa masa de desfavorecidos que en su lucha por tener una mejor vida ve con desencanto cómo millones de ellos trabajan con denuedo y sacrificio a toda prueba para poder sobrevivir precariamente, mientras observan con asombro cómo hace algunas décadas se construían partenones y hoy casas blancas en las que se refleja la podredumbre de quien vive de despojar a los ciudadanos.

La vida empresarial no está exenta de esta lacra social; hay empresarios quienes aceitan los engranes de corrupción de gobierno y servidores públicos derramando generosas cantidades en manos de aquellos que pueden beneficiarlos otorgándoles alguna importante obra de gobierno, estableciendo una infraestructura que privilegie sólo a algunos de ellos, ubicándolos preferentemente en situaciones y momentos que les permitan participar de negocios multimillonarios; muy conocida es en ese sentido la frase: “No me des, sólo ponme donde hay”, solicitud descarada de ser colocados en posiciones ventajosas que previamente han pagado.

Sistemas educativos corruptos de orden público, en donde los enormes ríos de recursos destinados a la educación llegan a cuentagotas al salón de clase, ya que en el camino se han extraviado en manos de dirigentes educativos, sindicalistas, supervisores, encargados de obras y un amplio sinfín más, cada uno de ellos hincándole el diente al presupuesto, hasta hacer llegar al salón un triste taco de frijolitos del jugoso filete que era en un principio.

Las instituciones privadas no están exentas de esta perversión, privilegiando a aquellos que mayores beneficios reditúan a los planteles, asegurando un título universitario a quien tiene la capacidad económica de comprarlo a base de donativos; haciéndose de la vista gorda validan con su nombre la incursión como profesionistas de individuos que no tienen la calidad educativa, intelectual ni moral para ser identificados como tales.

En la familia, por desgracia, se establecen estos parámetros perversos; son los políticos los que perpetúan este mal enseñando a sus júniors que ese es el camino educado; son los mismos empresarios los que involucran a sus hijos en la compraventa de beneficios que les permitan engordar los resultados de sus empresas; son las propias escuelas las que se encargan de hacer entender a sus estudiantes que lo importante es el resultado, que el fin justifica los medios, que la generación de tu propia riqueza es el faro que debe guiar tu actuación profesional, aunque para ello tengas que tranzar para avanzar.

Ciertamente ni todos los políticos, ni todos los empresarios, ni todas las instituciones educativas sufren de este mal; desgraciadamente aquellos que tienen como bandera la integridad se encuentran en franca desventaja, no solamente son menos, sino que tienen que batallar contra el juego perverso de los profesionales de la deshonestidad.
Difícil para un padre que ha trabajado honradamente 30 ó 40 años de su vida decirle a un hijo que debe ser irrestrictamente honrado, cuando el hijo ha sido testigo de las carencias de la familia, de las angustias de su padre para llevar de comer a su mesa, del sufrimiento para educarlos, vestirlos y mantenerlos, de la vida sin viajes, vacaciones y lujos de su familia, de la austeridad de todos los años de sus vidas, mientras quienes participan de la corrupción se dan vida de reyes.

La angustiosa honestidad de quienes no solamente se defienden de la corrupción, sino que educan a sus hijos en este estilo de vida, no los hará tener más, pero sin duda los llevará a ser más, a ser mucho más humanos, mucho más dignos y mucho mejores para el futuro de su sociedad que aquellos que se regodean revolcándose en el fango de la deshonestidad.

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