12 de Diciembre de 2017

Opinión

Vida en plenitud

El cuerpo y el alma son la entraña misma del ser humano y ninguno debe ser infravalorado.

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Hace ya muchos años tuve la oportunidad de leer un artículo en el que un científico se había dado a la tarea de analizar las cantidades de los diversos elementos químicos que componen el cuerpo humano y calculando el precio de cada uno de ellos llegó a la conclusión de que el valor comercial de nuestro organismo en el mercado era de alrededor de cinco dólares de ese entonces; claro que al ser en un 75 por ciento agua, su valor comercial no fue particularmente alto. Bastante ociosa, triste y estúpida manera de desvalorizar al hombre, reduciéndolo a unos cuantos gramos de hierro, calcio y demás elementos.

Es interesante cómo en este mundo nuestro, a través de los años, se ha glorificado o satanizado al cuerpo; así es como algunos pensadores y corrientes del cristianismo se han encargado de desprestigiar la parte material de la persona, asegurando que el alma es limpia, pura y aspira a las bondades de Dios, mientras que el cuerpo es malo, una podredumbre que lastra las aspiraciones del alma de unirse con la divinidad. Lo grave de esta visión es que resulta profundamente anticristiana.

Parecería que el alma se encuentra condenada a estar encarcelada en un cuerpo que sólo intenta revolcarse en la imperfección, que el cuerpo es el enemigo que el alma tiene que vencer para poder perfeccionarse; sería algo así como un mal matrimonio, en el que el cuerpo maldito sólo se dedica a darle mala vida a una pudorosa alma, arrastrándola a los vicios y placeres; una larga lucha en la que el alma bondadosa tiene que estar en batalla y vigilancia contra el monstruoso cuerpo.

El predominio de una sociedad de consumo en el mundo actual parece haber llevado el péndulo al extremo opuesto: ahora se vive en las sociedades un culto al cuerpo que encuentra en la glorificación de la belleza, la fuerza, la proporción y otros atributos la guía máxima de la existencia, aunque para eso se recurra a esteroides, cirugías plásticas, botox y todo tipo de materiales que sirvan para lograr el perfeccionamiento del organismo humano según estándares muy discutibles. No estoy en contra del cuidado del cuerpo y la salud, solamente que estos cuidados no se deben volver la razón de la existencia de la persona.

Con demasiada frecuencia se considera que tener una buena vida es poder brindarle al cuerpo la mayor cantidad posible de mimos y placeres, desembocando en una sensualidad desenfrenada, en cuanto se intenta dar el mayor placer posible a los sentidos. Es por ello que existe un fuerte hedonismo hoy día, ya que, si es agradable y placentero, es bueno. Ciertamente no todos los seres humanos piensan así, pero hay una marcada tendencia en este sentido.

Ambas visiones olvidan que el ser humano es cuerpo y alma y pretenden minimizar parte de la esencia del hombre privilegiando sólo un aspecto de ella; en algunos casos se ha invocado el derecho a decidir sobre “mi” cuerpo, como si se hablara de “mi” llavero, “mi” automóvil o “mi” casa, olvidando que no “tenemos” un cuerpo sino que “somos” un cuerpo, de la misma forma que “somos” un alma. Somos seres constituidos por cuerpo y alma y cualquier intento por menospreciar alguno de estos elementos constituyentes de nuestra esencia lo único que logra hacer es rebajarla.

El cuerpo y el alma son la entraña misma del ser humano y ninguno debe ser infravalorado; esta nefasta y ridícula división ha originado que se crea posible la existencia de una persona formada por dos partes, algo así como dos pedazos, casi como dos elementos de un rompecabezas, cuando el ser humano está constituido por la unidad de una esencia tanto material y corporal como inmaterial y espiritual.

Y regresando a aquellos que tanto satanizaron al cuerpo como enemigo del alma que aspira a Dios, habría que recordarles que Cristo dijo que no es malo lo que entra al hombre sino lo que sale de él, que en todo caso el pecado se incuba en el corazón humano y el alma es la que utiliza al cuerpo para llevar a la realidad ese pecado que ya decidió en su interior. El cuerpo no tiene voluntad propia, es el elemento que le sirve a nuestra conciencia y alma que son inmateriales para poder comunicarse con los otros que se encuentran en el mundo material en el que viven; es también la manera en la que el alma de los que aman acaricia la vida de aquellos que son sus amados.

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