11 de Diciembre de 2017

Opinión

En la era del miedo

Hay que enfrentarnos al él desde la seguridad de lo que se cree.

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En general las sociedades modernas han caído en un desencanto con respecto al mundo, su realidad y su evolución; esta manera de ver la vida se conoce como postmodernismo, en él se asegura que vivimos en un mundo duro que no se puede mejorar y no hay manera de cambiar a la sociedad, que hoy se puede vivir sin ideales y lo importante será sentirse bien, tener un buen trabajo, ser joven y todo aquello que finalmente acabe permitiendo la realización personal. Los grandes, antiguos ideales de realización social se han abandonado, ahora imperan el individualismo, la autorrealización; ya nadie quiere polemizar, confrontar ideas. La nueva ley es vive y deja vivir.

Se vive un culto al ego que señala: primero yo, mi bienestar y mi realización; es evidente que uno tiene que estar bien, pero del estar bien para compartir se ha pasado al estar bien para que yo me adore y los demás que se las compongan como puedan. Jean Francois Lyotard acabó definiendo la postmodernidad como la incredulidad ante las grandes ideologías. El cristianismo había traído como guía de la existencia a Dios y la salvación; la Ilustración a la razón y la ciencia como guías de la vida; el marxismo propuso como faro de la humanidad el final de la lucha de clases, y el capitalismo vino a dar sentido a la vida a través de lograr la abundancia para todos. Para Lyotard las grandes guías habían terminado, cada quien sería su propio faro.

En otras épocas un refrán aseguraba: “En el país de los ciegos, el tuerto es rey”, pues bien, ahora ya no existen ciegos que guíen a tuertos, ahora con la relativización surgida del postmodernismo vivimos en un mundo de ciegos, sin faro, sin guía y sin ideal supremo que guíe la vida. Comienzan a abundar seres humanos que viven acobardados, a la defensiva y angustiados ante los cambios vertiginosos de nuestra sociedad y el ritmo de vida frenético. Nuestras ideas son arrasadas de manera constante, las personas miran hacia todos lados tratando de entender qué es lo que nos pasa, sólo para darse cuenta que no lo sabemos.

En esto se encuentra la raíz del miedo en el que vive el ser humano actual, el padre que tiembla ante el futuro de sus hijos, los estudiantes ante la posibilidad de que al término de sus estudios estén sin trabajo, los enamorados ante la idea de compartir la vida al casarse, el empresario ante los vaivenes del mercado, los solteros ante la idea de una vida de soledad, los casados ante la posibilidad de una infidelidad; ciertamente no en todos los casos y situaciones esto es así, pero existe un gran porcentaje de gente que ¿vive? con estos miedos.

El miedo es una reacción instintiva y natural en el hombre, que incluso en el camino de nuestra evolución ha sido benéfico porque nos alertó de los peligros que nos rodeaban; sin embargo, un miedo exacerbado en nada nos beneficia. Consideremos que la mejor manera de equivocarse al juzgar es hacerlo basándonos en el miedo, ya que si el miedo puede ser útil al ser humano, cuando se convierte en pánico nubla nuestra inteligencia, paraliza nuestro cuerpo y atenaza nuestras reacciones, encadenándonos a una inmovilidad e inoperancia que nos llevarán al fracaso.

No menos grave es que el que mira el mundo a través del miedo sólo encontrará amenazas en él; lo importante no es lo que vemos, lo importante es cómo miramos, qué interpretación le damos a los hechos y situaciones de nuestra vida. El que ve el mundo con miedo sólo encontrará amenazas, el que ve el mundo con esperanza podrá sin negar las dificultades encontrar posibilidades de solución a su vida. Si nos dejamos seducir por el miedo, no veremos el mundo como realmente es, sino como nuestro miedo nos dicta que es; el que se la pasa viendo mal en el mundo eso encontrará: lo que buscas te está buscando.
¿Qué es lo que quieres encontrar?

Hay que enfrentarnos al miedo desde la seguridad de lo que se cree; el problema es que en nuestro mundo postmoderno ya casi nadie cree en nada, ¿para qué? Nos hemos dado el permiso de fabricarnos cada quien su propia verdad, mucho de la inseguridad que el ser humano padece ahora es en realidad el temor de no estar seguro de sus creencias. En esas verdades fabricadas se encuentra la raíz de nuestro temor. Muy bien haríamos en volver la vista a las grandes verdades ahora abandonadas que guiaron los pasos de la humanidad. ¿Por qué no lo hacemos? Por flojera, porque esas verdades exigen compromiso y estamos más a gusto en nuestra comodidad a pesar del miedo que tenemos.

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