17 de Diciembre de 2017

Opinión

Prisa por racionalizarlo todo

Este proceso se extiende cada vez más en nuestras sociedades y se está utilizando en demasía para tratar de negar todo efecto doloroso.

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Existe en la psicología un mecanismo de defensa llamado racionalización, a través de él nos construimos un discurso con el cual ocultamos la verdadera razón de nuestro proceder; también lo utilizamos para evitar conectar con deseos o sentimientos que no queremos aceptar en nosotros mismos; como nuestra vida puede llegar a enfrentarse a situaciones sumamente tensas, frustrantes o dolorosas, recurrimos a la racionalización para brindarnos razones lógicas que nos ayuden a afrontar los problemas aun cuando estas razones sean un mecanismo de negación.

El ejemplo por excelencia de la racionalización es el caso de la zorra que pretendiendo alcanzar unas uvas salta en repetidas ocasiones sin lograr su cometido; cansada y sin haber alcanzado las frutas la zorra exclama: ¡no importa, están verdes! Utilizando una razón lógica para acallar su sentimiento de frustración por no haberlas alcanzado.

Podemos observar muchos otros ejemplos en nuestra vida diaria, así el joven que durante meses ha tratado de convertir en su novia a la chica de sus sueños, llega un día en que reconoce que sus sentimientos nunca serán correspondidos, y es a partir de ahí que empieza a encontrar toda una serie de defectos en la mujer que no le correspondió, defectos que antes jamás había encontrado en ella. Ahora nota que su estilo de vestir era muy pasado de moda, que es impuntual, tal vez demasiado baja de estatura y probablemente de carácter muy irascible. La racionalización cumple su cometido tratando de que el sentimiento de pérdida no sea tan doloroso.

Racionalización es lo que hacemos cuando aseguramos que disfrutamos plenamente de nuestra libertad sin tener ataduras de pareja, cuando en realidad en nuestro interior anhelamos a alguien con quien compartir nuestra vida. Recurrimos a este mecanismo de defensa cuando en la playa aseguramos que detestamos la arena y el agua de mar, siendo que no nos sentimos a gusto con nuestro cuerpo y evitamos que los que nos rodean nos puedan ver en traje de baño.

Según parece, este proceso de racionalización se extiende cada vez más en nuestras sociedades y se está utilizando en demasía para tratar de negar todo efecto doloroso, frustrante y negativo de los hechos que rodean nuestra vida. Casi vivimos en el reino del optimismo, bañados en la creencia de que todo lo que sucede es bueno; así, si alguien se cae por las escaleras y tiene el cuerpo lleno de magulladuras, en seguida un coro de personas le dirá que lo bueno es que no se fracturó un brazo, como si el hecho de pensar en un mal mayor hiciera que el mal menor no fuera en realidad malo.

Hace unos días escuché a una mujer comentar que ella no podría encontrar nada bueno en el hecho de que uno de sus hijos falleciera; no faltó quien inmediatamente le respondiera que si alguno de sus hijos fallecía era porque ya había cumplido con su propósito en esta vida, estaba listo para estar ante la presencia de Dios y además ya no sufriría los rigores de esta vida.

La desesperación del ser humano por encontrar lo bueno en un acontecimiento tan desgarrador como la pérdida de un hijo es un claro síntoma de que muchos seres humanos en la actualidad se niegan a aceptar que la vida también tiene acontecimientos que son intrínsecamente malos y que al vivir en un mundo imperfecto estamos condenados a sufrir sus imperfecciones, con todo el dolor que esto nos pueda acarrear.

No se puede negar que con una actitud positiva y de esperanza cualquiera de nosotros puede generar luz a partir de la obscuridad, puede de un acontecimiento profundamente desgarrador generar un bien, tanto para su misma vida como para las de quienes los rodean; sin embargo, eso no significa que el acontecimiento tuviera algo de bueno en sí, sino que alguien tuvo el coraje y la valentía para hacer surgir algo bueno de una experiencia completamente mala.

Los seres humanos tenemos pendiente saber plantar la cara a los acontecimientos más difíciles, dolorosos y desgarradores, sin tratar de endulzarlos mintiéndonos a nosotros mismos diciendo que algo de bueno tendrán, hay acontecimientos que son y seguirán siendo intrínsecamente malos; cómo respondamos ante ellos es otra historia que en nada podrá disminuir lo malos que en esencia son. Dar la cara a hechos que laceren nuestra vida en lugar de ocultarlos bajo una capa de miel nos permitirá ser más auténticamente humanos.

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