18 de Diciembre de 2017

Opinión

Vivir con miedo

La visión que tengamos de lo que va a suceder nos lleva a que se cumpla tal cual...

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Recuerdo con claridad que, desde los primeros años de mi niñez, en casa nos acostumbraron a prepararnos siempre para lo peor; si intentabas entrar a un equipo deportivo debías pensar qué ibas a hacer si no te aceptaban; si salías de viaje había que tener en cuenta qué pasaría si el automóvil se descomponía o se te perdía el dinero. La idea era que siempre deberías estar preparado para lo malo y me recordaba el dicho romano: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Parecía que ante todo lo bueno siempre había la posibilidad de que sucediera una desgracia.

Esta manera de pensar me marcó profundamente, creándome limitaciones que han significado batallas de años para poder reconstruir mi visión de los hechos y del futuro. Paliando de alguna manera la mayoría de los efectos, aún existen ocasiones en las que el miedo me canta al oído, en las que seductoramente me asegura: “No resultará, prepárate para lo peor”; sin embargo, siempre han existido maravillosos seres humanos que me han permitido ver que esto no es así, que la realidad del mundo es mucho más esperanzadora de lo que se me enseñó a ver.

El miedo es una reacción espontánea en el ser humano, un sentimiento prácticamente inevitable que la evolución ha utilizado para prevenirnos de los posibles peligros que nos esperan; este miedo se manifiesta principalmente ante lo desconocido y ahora vivimos en un mundo que evoluciona con un vértigo inusitado. Los cambios frenéticos a los que los seres humanos nos vemos sometidos generan no pocas situaciones de miedo en todos nosotros.

Dejamos de adaptarnos a lo que es el mundo en un relativo corto tiempo. Las generaciones anteriores podían heredar buena parte de su forma de ser a sus descendientes, ahora estamos ante la posibilidad de ver cambiar todo el estilo de vida no de una generación a otra sino varias veces en el transcurso de una sola vida. Nuestras seguridades son socavadas con rapidez. Recuerdo que una de mis abuelas, al final de su vida, decía que ya no entendía el mundo en el que vivía y que ya no quería vivir en él, añoraba el mundo estable de su juventud.

Estos miedos pueden generar efectos perversos en nosotros mismos y consecuencias importantes en quienes nos rodean; es así que un padre extremadamente preocupado o con la firme idea de que sus hijos se pueden perder del buen camino lo único que logrará es que en realidad sus hijos lo hagan; el miedoso ve el mundo con los ojos del miedo, hacia él se dirige y acaba sufriendo sus consecuencias.

Esta situación es llamada la profecía autocumplida, en la que la visión que tengamos de lo que va a suceder nos lleva a que se cumpla tal cual, de ahí el peligro y el problema de vivir con miedo, de respirar miedo y de transpirar miedo, lo que sólo nos llevará a generar todo aquello que tanto se teme; la verdad es que no existe ese destino al fracaso que muchos creemos, la realidad es que ese fracaso lo creamos, le damos vida y lo alimentamos con nuestros miedos.

Es verdad que existen importantes condicionamientos en nuestra vida, desde la educación que recibimos, pasando por situaciones como la economía o nuestra salud, ya que todos estos aspectos influyen poderosamente en nuestra vida cotidiana, pero la decisión, el coraje, la perseverancia y la fuerza de voluntad nos permitirán vencer los miedos y crearnos más vida, vida positiva en abundancia, una vida que no estará exenta de fracasos y derrotas, pero con una visión que nos permita aprender, enfrentarlos y superarlos.

Hace mucho tiempo escuché la historia de un general que, estando al mando de un grupo muy reducido de tropas, tenía que enfrentarse en batalla a un ejército mucho más numeroso que el suyo; a sus soldados les dijo que la suerte y el destino les harían saber si triunfarían en la batalla o debían retirarse; lanzando una moneda al aire, aseguró que si caía cruz significaba que la victoria sería de ellos, cayó cruz y los combatientes convencidos de su buena suerte derrotaron al enemigo. Lo que no sabían es que la moneda del general tenía cruz por ambos lados; lo que había hecho el comandante era darles la clara visión de que la batalla se ganaría y entraron a ella sin miedo.

Al final de todo, lo que cuenta es la voluntad de la vida, la decisión de lograr lo que se quiere no por no tener miedo, sino a pesar de ello. Lancemos nuestra moneda con ambas cruces, nuestra moneda cargada de voluntad y perseverancia y sabremos el resultado que obtendremos.

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