15 de Octubre de 2018

Opinión

Con el corazón al aire

Con frecuencia nos encontramos en situaciones en las que se requiere lo mejor de nosotros...

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Con frecuencia nos encontramos en situaciones en las que se requiere lo mejor de nosotros, tanto por amigos que han sufrido algún accidente, como por hermanos sumidos en una grave tristeza o compañeros de trabajo marcados por la enfermedad; es cuando la necesidad de quien comparte sus días con nosotros activa lo mejor que hay en nuestro interior; por medio de la compañía, el abrazo, los instantes compartidos en silencio o en sollozos, nos hacemos presentes en la vida de quienes son significativos en la nuestra.

El apoyo de todo tipo, ya sea emocional o material, acaba tendiendo puentes entre nosotros a través de los que transitan lo mejor de nuestras emociones, la compasión por el prójimo, el deseo de hacer el bien, la solidaridad con el dolido, el enfermo, el sufriente.

Los terremotos que han sacudido nuestro país en fechas recientes parecen haber hecho surgir entre los mexicanos una solidaridad inusitada; en muchos medios de comunicación se ha alabado la conducta de cientos de ciudadanos de todas las edades, condiciones sociales, económicas y culturales; las muestras de la solidaridad mexicana han sido noticia alrededor del mundo.

En algún canal de Alemania se dedicó un espacio de 15 minutos a la situación en nuestro país y, contra lo que se pudiera esperar, lo que más se destacaba no eran los daños materiales, ni el número de muertos, sino la increíblemente solidaria respuesta de la sociedad civil, el esfuerzo de quienes sin esperar la respuesta de las autoridades se organizaban de la mejor manera posible para llevar al cabo las labores de rescate, la colaboración de todos en la medida de sus posibilidades. Mientras cientos colaboraban en la remoción de escombros, amas de casa elaboraban comida y bebida que pudieran ofrecer a los rescatistas; los mexicanos y su solidaridad eran la verdadera noticia.

Un periodista extranjero, al pasar junto a una ferretería, vio una pila de botellones de agua que decía: “Para los rescatistas” y decidiendo colaborar pretendió comprar algunas piezas para llevar hacia los edificios a donde se dirigía a entrevistar a algunos rescatistas; el dueño de la ferretería le dijo: “No son para vender, sólo tómelos y llévelos, es mi forma de colaborar, la verdad es que no tengo un vehículo para llevarlos y si usted puede hacerlo sería algo muy bueno”. Sorprendido el periodista preguntó cómo sabía si él los iba a entregar, el ferretero lo vio fijamente a los ojos y le respondió: “No lo sé, sólo entréguelos” y el periodista se retiró entre sorprendido y emocionado con varios botellones en las manos.

Entre cientos de personas que contribuían a retirar los escombros destacaba la figura de un joven michoacano, quien a pesar de estar en silla de ruedas llegó a colaborar activamente, con una gran bolsa recolectaba los restos que podía, para después con los materiales sobre la espalda ir y venir incansablemente.

No faltaron las fotografías de extenuados rescatistas que literalmente caían de cansancio después de 36 horas de un extenuante trabajo, muchos durmiendo en cualquier rincón o incluso sobre las aceras o en cualquier resquicio de algún jardín; las manifestaciones de la solidaridad ante la desgracia abundaron.

Lo verdaderamente intrigante de todo esto es ¿por qué dejamos dormir el corazón en la vida diaria y lo hacemos explotar de generosidad en las desgracias?

En una ciudad plagada de solidaridad es por desgracia relativamente común la indiferencia ante un asalto, muy pocos se acercarían a quien estuviera llorando en alguna calle y no es tan extraño que alguien pase de largo y vea hacia otro lado en caso de encontrar a alguien con el automóvil descompuesto; la indiferencia es un habitante común de la gran ciudad.

Por eso no pasa desapercibida la explosión de generosidad y solidaridad que se ha registrado en estos días; pareciera que la bondad, el sentimiento y la emoción se guardaran para ocasiones especiales, como si nos apenara mostrar todo aquello que se puede sentir y lo que tenemos para ofrecer.

Es misión de todos contribuir a exteriorizar esta riqueza, olvidarnos de dejar encadenado el corazón, soltar las amarras de la bondad, abrir las puertas de la solidaridad, abrir las ventanas a la brisa de la generosidad, transitar por la vida con el corazón al aire, palpitante, entregado y amoroso, amando y dándose la oportunidad de ser amado.

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