17 de Octubre de 2018

Yucatán

Con Pedro, bajo la guía de Pedro

Lecturas de hoy: Hech 12, 1-11; Sal 33; 2ª. S. Pablo a Tim 4, 6-8. 17-18; S.Mt 16,13-19.

Representación de la entrega que Jesús hace a Pedro, de las llaves de la Iglesia. (religionenlibertad.com)
Representación de la entrega que Jesús hace a Pedro, de las llaves de la Iglesia. (religionenlibertad.com)
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MÉRIDA, Yuc.- Hoy celebramos el martirio de los dos apóstoles Pedro y Pablo, sabemos que toda ofrenda de vida nos hace pensar, porque el dar la vida siempre se hace por un motivo fundamental.

Es un hecho innegable los millones de personas que han dado la vida por Cristo.

I.- Pedro fue un humilde pescador, de una pequeña región Galilea, que paga el precio de la fatiga en su oficio, que lo absorbía y por lo mismo limitaba culturalmente.

Era impulsivo, que con facilidad se entusiasmaba y también se descorazonaba. La noche de la Pasión tuvo una amarga experiencia por su negación que fue para toda su vida, la hora de la verdad, de la humildad y de la purificación del corazón.

Aquel hombre frágil fue elegido por Jesús, piedra fundamental de la Iglesia.
En la Última Cena en el momento que predice las negaciones de Pedro, agrega al apóstol. “Simón, mira que Satanás ha pedido el poder cribarte como trigo, pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32).

¿Por qué le asigna Cristo esta misión a Pedro? Porque desea que la Iglesia sea una comunidad de creyentes: “Padre, como tú en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado” (S.Jn 17,21).

Pedro y sus sucesores son en la Iglesia el signo de la unidad que forjan con su servicio como cabeza visible de todo el Colegio Episcopal y de todos los fieles, que guían en nombre de Cristo.

En el Evangelio de hoy se narra la entrega del poder de las llaves a Pedro. Es un hermoso diálogo, en que la tradición católica se ha basado para fincar en él la autoridad del Santo Padre sobre toda la Iglesia.

Cristo, en su primer encuentro con Pedro, le cambió el nombre: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas -que quiere decir: “piedra”- (Jn 1. 42);  que en una buena traducción que quiere decir: base o fundamento de roca.

Cuando Pedro reconoce a Jesús como: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (S.Mt 16,16), Nuestro Señor le dice: “…Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

"Yo te daré las llaves del Reino de los cielos, todo los que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. (S.Mt 16,18). Y después de la Resurrección lo confirmará en esta responsabilidad diciéndole tres veces: “Apacienta mis ovejas” (S.Jn 21,15). 

“No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado, lo que por tres veces habías ligado. Desata por amor, lo que habías ligado por temor”. (S. Agustín Sermón 295 1,2,4,7 y 8).

Y se suele decir que a las tres negaciones corresponden las tres afirmaciones del amor de Pedro a Nuestro Señor y la triple confirmación de Cristo hacia este Apóstol.

Prerrogativas tan solemnes y trascendentales se refieren a Pedro y a sus sucesores a través de los siglos. Pedro fue martirizado en Roma, las investigaciones ordenadas por el Santo Padre Pío XII y guiadas por el Padre Kirschbaum, S.J., así lo ha demostrado con criterios científicos arqueológicos todos convergentes.

Los restos del Apóstol Pedro se veneran en las Catacumbas de la Basílica de San Pedro en Roma. Por ello sus sucesores cumplen en beneficio de todos los creyentes de la Iglesia Universal el mandato de Cristo: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos”, (S. Lc 22,32).

II.- Con Pedro recordamos hoy a Pablo

Pedro es la comunión y la unidad, Pablo es invitación a la misión. Pablo era un hombre capaz, culto, con excelente formación; así lo expresa de hecho en sus afirmaciones:

“Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuando a la ley fariseo, en cuanto al celo perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, intachable”. (Filip 3, 5-6). 

Y aún más se auto describe antes de su conversión:

“A mí que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente, pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad…” (1Tim 1, 13-15).

Pero vino el encuentro con Cristo, el cambio radical y la transformación, y el Señor le quitó la máscara del orgullo con una sola pregunta: “¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?” (Hech 9.4). Y viene su maravillosa transformación: “Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo.

Y más aún juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por quien perdí todas las cosas y las tengo como basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía que viene de la Ley; sino la que viene por la fe en Cristo”. (Fil 3, 7-9).

Sobre la persona de Pablo, el “Treceavo Apóstol”, se abatirá siempre la persecución, flagelado por los judíos, azotado por los Romanos, asaltado por los ladrones, y puesto en dificultades por tantos celos y calumnias.

Pero nada detendrá su celo, por ello con todo el entusiasmo de su ardiente pluma escribe a los Romanos “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? … Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquel que nos amó.

"Pues estoy seguro que no la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor Nuestro” (Rm 8, 35-39).

La vida de san Pablo está marcada con sello indeleble por el amor y la fe en Cristo Jesús: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir una ganancia” (Fil 1, 21).

Todo lo que antes tuvo como digno de valor y aprecio lo considera como basura en relación con la fe en Cristo:

“Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en Él, no con la justicia mía que viene de Dios, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe” (Fil 3, 8-10).

La fe en Cristo lo llevó a ser el gran misionero recorriendo los caminos del Imperio Romano, hasta encontrar el martirio en la capital: Roma.

Afrontó todas las vicisitudes, obstáculos y contradicciones con esa grandeza de espíritu, valor y decisión, alentándose asimismo con esta frase clave: “¡Todo lo puedo en Aquel que me conforta!” (Fil 4, 13).

III.- Reflexiones

Qué bien dice el gran convertido Dr. Scott Hahn que no basta la Biblia y el Espíritu Santo, sino que además se requiere la Jerarquía; y pone la analogía de que en los Estados Unidos de Norteamérica, se elaboró la Constitución pero luego se estableció el Gobierno para congruentemente conducir a esa gran nación.

El trabajo del Ecumenismo se concibe ahora como un ponerse todos juntos en camino hacia Cristo, reconociendo sus errores pasados, pidiendo perdón, buscando convergencias, un camino común de conversión.

Nosotros seguimos afirmando que la unidad de toda la Iglesia (con 1,240 millones de católicos en el mundo), tiene el privilegio y Don de Dios, del Signo de la Unidad en la persona del Santo Padre.

El día de hoy todos somos invitados a creer –por la gracia del Espíritu-, en el amor a la Iglesia.

“En la medida que uno ama la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo”. (San Agustín. Ioann. Tract. 32.8).

Debemos recuperar cada vez más ese amor a la Iglesia, no porque carezca de fallas o defectos, también nuestra mamá aquí en la tierra los tiene, sino porque es nuestra “Madre y Maestra”. Madre  que nos engendra a la fe y la nutre, Maestra porque guía nuestros caminos hacía Cristo.

San Cipriano también nos dice: “No puede tener a Dios por padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre”.

Recordemos también como Santa Teresa encontraba serenidad y fortaleza cuando se repetía a sí misma: “Soy hija de la Iglesia”.

IV.- Conclusiones:

1. ¡Crezca nuestro amor a la Santa Madre Iglesia, crezca nuestro amor al Santo Padre.

2. Que experiencia tan maravillosa la de descubrir la riqueza del amor de Cristo que se nos prodiga a través de la Iglesia. Su prudente sabiduría, el ánimo, fortaleza y confianza que ofrece a sus hijos, al mismo tiempo que su maternal solicitud y protección.

3. Hoy es un día para reiterar nuestro amor al Santo Padre el líder espiritual más grande en este mundo, que es al mismo tiempo Cabeza de la Iglesia, Vicario de Cristo, Sumo Pontífice.

4. Ambos Apóstoles –Pedro y Pablo- son festejados hoy, Pedro Cabeza, Pablo misionero; uno Príncipe de  los Apóstoles  y el otro: “último testigo de la Resurrección de Cristo” (1Cor 15,8).

5. Que privilegio de Roma, fundada por dos hermanos y ahora Roma cabeza de la Iglesia Católica, por los restos de San Pedro y residir ahí el Santo Padre, hace realidad la bella constatación poética de Paul Claudel con respecto a los dos apóstoles:

“Sus cuerpos, bajo una gran piedra 
uno cerca del otro, esperan a Su Creador.
Dichosa Roma, por segunda vez fundada 
sobre tales fundadores”.

6. Nuestra más grande alegría sea dar testimonio de que somos “hijos fieles de la Iglesia”. “Con Pedro y bajo la guía de Pedro”.

Amén.

Mérida, Yuc., fiesta de San Pedro y San Pablo

Junio 29 de 2014.

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
Arzobispo de Yucatán

 

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