19 de Noviembre de 2018

Yucatán

Cristo: da un perdón que serena y reintegra

La grande verdad del Evangelio es la de no sentirse condenado por Dios y por ello mismo no sentirse con derecho a condenar a los demás.

La presencia de Cristo en esta vida está vinculada al amor, perdón y reconciliación. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- V Domingo de Cuaresma

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Fil. 3, 7-14; S. Jn. 8,1-11

Introducción

 

En este camino cuaresmal hacia la Pascua, es muy importante el llamado a la vida nueva, al cambio de uno mismo, a la conversión del corazón y a ver hacia el futuro con confianza y esperanza: “No recuerden lo pasado, no piensen en lo antiguo”. (Is. 43.18)

La Pascua, “el paso o pasaje” del Ángel de Dios, es el camino o itinerario de un evento ya pasado a otro que aún no existe ahora, pero que en la fe está ya presente e ilumina y da significado a la vida.

A la luz de la Pascua, cualquier cosa humana que no esté orientada hacia allá puede parecer algo sin sentido: “nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo nuestro Señor, por cuyo amor he renunciado a todo y todo lo considero como basura con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él”. (Fil. 3,9)

La grande verdad del Evangelio es la de no sentirse condenado por Dios y por ello mismo no sentirse con derecho a condenar a los demás. Pues la presencia de Cristo en esta vida está vinculada al amor, perdón y reconciliación.

I.- Yo renuevo todas las cosas

La vida de la persona tiene muchas interrogantes y continuamente surgen más. El mensaje Evangélico trasciende toda lógica o intento de demostración, ya que es en su esencia un ideal, una espera, una meta, que te abre nuevas dimensiones y perspectivas y te dilata el corazón.

En nuestro tiempo la carencia de esperanza quita la dicha de vivir, y el miedo con el que se vive aniquila la esperanza.

El miedo, creó las murallas de las ciudades fortificadas, las oficinas que para entrar tienen código electrónico y la cerrazón en nuestros criterios, sobre todo hacia aquellos que pueden poner en duda o cuestionar nuestras propias “certezas”.

No es oportuno y conveniente encerrarnos en nosotros mismos. Hay que comprender que la Iglesia y todos los que le pertenecen deben de tener amplios horizontes, dilatar el corazón, abrir su mente a la complejidad y variedad de perspectivas, de manera que siendo fieles en lo esencial, seamos abiertos, acogedores y respetuosos de las otras visiones, opiniones e interpretaciones.

La palabra de Dios favorece y facilita un cambio interior, aceptándonos por aquello que somos y aunque tenemos dudas, incertidumbres y debilidades, el perdón y misericordia de Cristo nos generan paz.

Nuestros miedos buscan resolver nuestros cuestionamientos eliminando toda negatividad. Pues la respuesta de Cristo es que puedan sobrevivir contemporáneamente, lo positivo y lo negativo, el bien y el mal, el pecado y la gracia, las dudas y las incertidumbres, en nuestro esfuerzo responsable de crecer y madurar.

Y a ello nos lleva el gran misterio de la Encarnación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que celebramos ahora.

II.- La esperanza

A Jesús le interesa crear la esperanza en un Reino de Dios, ya presente aquí en la tierra, y una esperanza trascendente que no anula, sino que reconforta y sostiene la esperanza humana que es signo de la esperanza de Dios.

Jesús se hace amigo, defiende y protege a la mujer condenada. Hace que sus acusadores desistan de cumplir esa brutal sentencia, abre un diálogo con ella y así le quita el miedo y le dice: “Tampoco yo te condeno, vete y ya no vuelvas a pecar”.

Con frecuencia, la esperanza se reduce a una victoria en el combate contra alguien o encontrar culpables a los cuales cargar la responsabilidad. Esto es fruto del pecado de Adán y Eva.

Por ello tendemos a dividir, oponer, separar, todo ello como fruto del pecado: buenos y malos, creyentes y no creyentes, entre nosotros y los demás, entre los otros y nosotros que somos “personas buenas”.

Jesús en cambio, nos invita a llevar los pesos, los unos de los otros, porque para nosotros, como para los escribas y fariseos, la esperanza del Reino de Dios significa tener seguridades morales, intelectuales, económicas y de propiedades.

Es evidente que lo que queremos de Dios, es aquello que no vaya a poner en riesgo nuestras “seguridades” y “posiciones”. Pero la esperanza del Reino de Dios, la verdadera esperanza va más allá pues trasciende lo que razonablemente podemos esperar.

Para la adúltera significó el don de la vida, mientras sus acusadores querían lapidarla.

Para los seguidores de Jesús es la “locura de la cruz” ante el fracaso del hombre, en el rechazo del poder y de la riqueza, la búsqueda del apoyo de las multitudes, en el juicio de condena hacia el que se habían equivocado, en la auto aprobación que llevan consigo los que se sienten mejor que los demás.

La esperanza en el Reino de Dios, es el rechazo de que la angustia y el miedo puedan prevalecer. No sólo es el heroísmo de los mártires, sino el difícil camino de cada día entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, buscando en todo con delicadeza y discernimiento la voluntad de Dios.

A la pregunta de los fariseos: “¿Tú quién eres?” (Jn. 8.5), Jesús no responde, pues quiere que lo conozcan por sus obras y sus actuaciones, tanto sus contemporáneos, como los hombres de todos los tiempos.

Como tampoco le respondió a Pilatos: “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18,38). El Maestro no responde porque el amor no puede ofrecer un arma para matar a otro; o aunque sea tan sólo para condenarlo, porque Jesús es la verdad total (Jn. 14.6).

El heroísmo afronta la muerte, mientras que la esperanza alienta la vida, no obstante el peso de la incertidumbre, de las divisiones, de los sufrimientos e injusticias.

Jesús experimentó los mismos sentimientos ante la adúltera, que delante de Judas, Pedro o la Magdalena.

Así Jesús tiene los mismos sentimientos hacia cada uno de nosotros, como para con los escribas y fariseos, ya que no obstante nuestros propios pecados, estamos siempre tan prestos a condenar, criticar y descalificar a los hermanos con el veredicto de nuestra percepción y el azote de nuestra lengua.

III.- La Iglesia y la esperanza

 

Quienes somos miembros de la Iglesia, con inmensa gratitud por el don de la fe que hemos recibido, sabemos que cada uno aporta sus fallas, defectos y pecados, y también que crecen juntos el trigo y la cizaña, y que por ello decimos que la Iglesia es santa y pecadora.

Vivimos tiempos de retos, con angustias y esperanzas y la primera nunca debe anular a la segunda.
En la lucha permanente entre las tinieblas y la luz, entre la carne y el espíritu, en contradicción permanente entre el bien y el mal, pero tenemos que conservar la vitalidad de nuestra esperanza que nos ofrece la oportunidad de rechazar el mediocre y gris conformismo.

Debemos dilatar nuestro corazón, ampliar nuestros horizontes, tener una mirada de largo alcance, y alimentar ideales de servicio, de calidad, con principios cristianos que transciendan nuestro tiempo, lugar y circunstancias.

La esperanza nos lleva de la mano a vivir en una actitud de gratitud y confianza, siendo pacientes, benevolentes y misericordiosos hacia nuestros hermanos; sabiendo perdonar y pedir perdón, seguros de que Cristo es el Señor de la historia, y sobre todo amar profundamente a la Iglesia católica. “El que ama la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo. Escribió San Agustín.

Hay que aprender a amar contemporáneamente la vida y la verdad. Que no nos preocupe tanto destruir el mal, sino ser positivos y construir el bien. El que siembra odio no está viviendo de acuerdo con el Evangelio. La Iglesia no es la imagen de nuestros sueños, sino la dimensión humana en el marco de nuestra historia del camino hacia Dios, que es motivo de tensión y de esperanza, de decisión y confianza.

La Iglesia peregrina en este mundo, pero es heraldo de esperanza de una realidad que la trasciende. Conserva todas las obligaciones del ciudadano, sin renunciar a las ilusiones y esperanzas de un peregrino.

Por ello debe aceptar caminar sin desfallecer con las incertidumbres y angustias de lo pasajero, pero con el timón firme en la guía de Pedro y con la orientación clara hacia el puerto que es Cristo.

El peligro para el Reino de Dios no es el ateísmo o la persecución, sino el deseo de clarificar toda la realidad, de resolver todas las contradicciones, porque eso significaría querer cancelar la dimensión del misterio, de la novedad del Evangelio, del camino hacia una vida diversa.

Los escribas y fariseos delante de la absolución de la adúltera quedaron desconcertados, no tanto porque se suspendía su ley, sino por el misterio de amor y misericordia que sobrepasaba la norma y proponía a esa mujer y a todos una nueva dimensión en el amor y perdón de la vida humana.

IV Conclusiones

 

1. Valoremos el dinamismo de la acción del Espíritu en la vida interior. El éxodo-conversión tiene como meta la Pascua que transforma nuestra escala de valores; como dice San Pablo: “Todo lo que yo antes valoraba lo considero ahora como basura”. (Filip. 3)

2. Hay que saber pedir perdón con humildad para atraer sobre nosotros la misericordia de Dios.

3. El Evangelio es un canto a la confianza, al perdón por Jesús, la mujer adúltera encuentra la paz; en cambio sus jueces implacables, se van con su hipocresía por el camino de la injusticia y la confusión.

4. Nos debe quedar bien claro que “Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez. 33, 11). Por eso, el discípulo de Jesucristo se esfuerza y compromete en la estructuración de una sociedad distinta, que permite y propicia la conversión y la renovación de vida y que brinda a cada uno la oportunidad de tener encuentros con Cristo vivo, que lleven a la conversión, comunión y solidaridad.

5. Qué fácil es condenar, como hacían todos aquellos hombres tan dispuestos a lapidar aquella mujer.

Qué cuestionamiento tan serio el que Cristo les propone: “el que esté limpio, que tire la primera piedra”.

Así les quitó las piedras de las manos.

Qué fácil ver la falla en el otro y no la culpa en uno mismo, benévolos consigo e intransigentes con los demás.

Por ello San Pablo no dice que sólo tiene derecho a juzgar el que nos ha redimido con su sangre: Jesucristo.

6. La soberbia es la que nos hace andar de jueces de los otros, y ello no está de acuerdo con el Evangelio. Como tampoco está de acuerdo con el Evangelio sembrar el odio, Cristo es amor, es perdón, es reconciliación.

Debemos comprender que una democracia se fortalece con el respeto, verbo que debemos conjugar en todos sus tiempos y personas: “yo te respeto, tú me respetas, nosotros nos respetamos, te respeté y te respetaré...”

El respeto oxigena la democracia. Cada uno en su vocación, función y competencia. De ello somos responsables ante nuestra comunidad, ante nuestra conciencia y delante de Dios.

Amén.

Mérida, Yuc., a 17 de marzo de 2013.

 

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán
 

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