21 de Septiembre de 2018

Opinión

Nos acechan muchos “Peter”

Sin duda, hoy por hoy, los incompetentes son preocupante realidad del cotidiano devenir.

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Ayer por la tarde se me vino a la mente peculiar comentario de mi Sr. Padre, cuando nos sentábamos a charlar en aquella terraza de la Reforma, cerca del coso taurino. Sin duda, hoy por hoy, los incompetentes son preocupante realidad del cotidiano devenir. Muchos directivos o funcionarios sin carrera alcanzan su nivel de incompetencia cual “principio de Peter”, sin mediar consecuencias o impacto sobre la empresa.

Pero ¿a qué me refiero con el “principio de Peter”?, pues permíteme abundar sobre el particular. Este principio afirma que las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, tal que, cuando no pueden ni formular siquiera los objetivos de un trabajo, alcanzan su máximo nivel de incompetencia. José Ortega y Gasset, a principios del siglo XX dio forma al siguiente aforismo: “Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes”. Acertaste, es una fotografía de la actual estructura administrativa de las instituciones.

Seguro te has topado en más de una ocasión con el mesiánico y verborreico, que sin haber cursado párvulos te habla de ingeniería espacial. Ese que construye sobre terrenos que jamás ha pisado y grotescamente critica sin “asomarse al campo de batalla”. Para éstos la palabra liderazgo es sólo el título de cientos de obras para la clase de superación personal.

Laurence J. Peter, catedrático en ciencias de la educación, en su libro concluye que, conforme avanza el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para llevar al cabo las tareas encomendadas con base en el nivel que detenta, y su trabajo lo realizarán los compañeros o empleados que todavía no alcanzan su nivel de “incompetencia”.

Lo más grave y apocalíptico del asunto es que estos “Peter modernos” son una amenaza para la estabilidad y supervivencia de las instituciones que encabezan y lo peor es que son “abanicados” por los mismos que luego lamentan la debacle de la misma. Hipocresía, dobles caras, juegos maquiavélicos, llámalo como quieras. Ahora entiendes la razón de esos discursos bipolares cuando han visto que la “regaron”. ¡Ay qué tiempos señor don Simón!, diría Joaquín Pardavé en la memorable comedia de 1941.

Muchos están en el escenario descrito. Hasta ahora no hay solución a la corrupción imperante. Los paganos continuarán siendo quienes no tienen otro remedio que acudir a recibir un servicio. De las aguas mansas líbrame Dios, que de las turbulentas me libro yo. He dicho.

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