21 de Septiembre de 2018

Opinión

El diario de Porfiria Bernal

En este instante, lo primero que hemos hecho ha sido mirar el título del artículo...

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En este instante, lo primero que hemos hecho ha sido mirar el título del artículo que hoy vive ante los ojos de un lector amable. En este proceso, las referencias mentales y llenas de significado han hecho un guiño a todo lo que nosotros podemos imaginar o ver a través de una palabra que lleva caricias a la subjetividad propia: el diario.

Y es que hablar de diarios es hablar de una cotidianidad llena de sentimiento. Pienso ahora en todas las personas que he conocido y en cuyas voces he encontrado referencias a esta práctica necesaria. Se trata de una urgencia por escribirnos, sabernos capaces de vernos en letras. Y también, por supuesto, de tener la certeza de que ese receptor silente está lejos de juzgarnos porque sabe que en sus espacios vive el frenesí de unos dedos que en algún punto vibraron entre el pensamiento y el sentimiento.

Hoy, ante una lectura que por un momento traspasa la comodidad de quien lee, estamos sintiendo una historia escrita en dos versiones. En primer plano, conocemos las letras de Antonia Fielding, y, por otro, las de Porfiria Bernal. En cuanto a las primeras, debo decir que estamos atados a ella cuando lo primero que nos dice es que “pocas personas creerán este relato”. ¿Se trata acaso de una justificación? ¿Un intento para ponernos de su lado?

“El diario de Porfiria Bernal”, de la autora Silvina Ocampo (esposa de Adolfo Bioy Casares), cuenta el relato de la aparente experiencia de una institutriz que trabajaba para la familia Bernal, cuidando e instruyendo a Porfiria, una niña que rompe con los puentes escritos desplegando la fuerza de sus palabras y la obscuridad existente en ellas; sus tendencias depresivas, sus predicciones fantásticas pero cargadas de desgracia, y una delicadeza que duele al ser leída en el pensamiento infantil. Encontramos accidentes, supersticiones, voces de otro mundo, y gatos.

Lector, que este diario toque nuestras fibras solamente para hacerlas más sensibles a los mundos posibles; que para nosotros estas historias no signifiquen sentimientos premonitorios con aires de desgracia.

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