21 de Septiembre de 2018

Yucatán

'Dimensión misionera de la fe católica'

Solo el amor es la fuerza que construye, edifica y hace que la persona extraiga y obtenga de sí misma lo mejor que tiene.

Jesucristo sabe que el mundo está sediento de poder, tener, gozar y para ello recurre a diversas formas de violencia; pero ésta no es ni una fuerza, ni una riqueza, ni una solución. La única es el amor. (semanariofides.com)
Jesucristo sabe que el mundo está sediento de poder, tener, gozar y para ello recurre a diversas formas de violencia; pero ésta no es ni una fuerza, ni una riqueza, ni una solución. La única es el amor. (semanariofides.com)
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XIV Domingo del tiempo Ordinario
Is 66, 10-14;  Gal 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Ya se había hablado de la misión de los doce, pero mientras nos describe a Jesús que se acerca a la culminación de su misión terrena, el evangelista San Lucas amplía el horizonte subrayando la dimensión misionera, que comprende a toda la Iglesia y a todos los cristianos.

La misión parece a primera vista extraña, pues hay que dar testimonio ante un mundo que es de lobos, procurando comportarse como corderos; trabajar como esforzados obreros, pero sin apoyarse en las propias fuerzas; de ser capaces de ofrecer un agudo sentido crítico a la luz del Evangelio y al mismo tiempo de serenidad y de paz, fruto de la fe y confianza que se fincan en Cristo crucificado.

Testigos de la Esperanza

Es el gran contraste de comportarse como corderos en medio de un mundo de lobos. Jesús sabe que el mundo es voraz, despiadado, porque está sediento de poder, tener, gozar y para ello recurre a diversas formas de violencia; pero ésta no es ni una fuerza, ni una riqueza, ni una solución. Sólo el amor es la fuerza que construye, edifica y hace que la persona extraiga y obtenga de sí misma lo mejor que tiene.

Dios es amor, por ello no aprueba la violencia porque Él es una infinita capacidad creativa de bien. Porque es amor es don, que nos da y se da, que ha hecho un mundo maravilloso al servicio de la persona humana, que es don también para la vida interior y gracia para todas las personas. Por ello la exigencia de la misión es fruto de una elección reveladora y constructiva, que pide a cada uno la colaboración de dar cada día lo mejor de sí mismo, en el contexto de la propia vocación y con la propia personalidad.

El ser humano vive proyectado hacia el futuro, anunciando por la esperanza, que lo puede llevar a la angustia si se manifiesta vana, y lo vuelve sereno y seguro cuando ésta se realiza. La persona vive si comprende que tiene un proyecto de vida, que debe realizar en plenitud, conforme a la voluntad del Padre: “Cuando yo quiero lo que Dios quiere, quiero lo mejor para mí, porque nadie me quiere como Dios me quiere”, como suelo repetir.

Cada uno somos proyecto de vida y amor, que debemos realizar en plenitud conforme a la voluntad del Padre, con el ejemplo y doctrina de Cristo, contando con la gracia y fuerza del Espíritu Santo.

“Dilata tu corazón”

Cuando tenemos nuestros momentos de desfallecimiento, de desilusión o duda, podemos buscar encerrarnos en nosotros mismos, desvincularnos, separarnos, lo cual es una pésima solución. Debemos ser hombres de esperanza que buscan la autorrealización en el marco del proyecto de Dios que hago propio, afrontando, enfrentando y asumiendo las circunstancias tanto positivas como las difíciles, las que resultan fáciles de comprender como bendición de Dios y las que son difíciles por significar una contradicción.

El creyente sabe que no debe detenerse jamás. Quedarse en las metas provisionales o pasajeras es una idolatría. El que confía en Dios se siente invitado a caminar más allá, adelante, de frente, con capacidad de inventar, descubrir e ir forjando un futuro cada vez mejor para sí y para todos. La garantía, la base, el apoyo es la fortaleza de Cristo crucificado y resucitado, con espíritu positivo de esperanza, se forja la comunión y se rechaza toda división.

Forjadores de un mundo renovado en Cristo

Ser cristianos es testimoniar como “trabajadores de la mies”, sin contar con nuestras propias fuerzas, que la eficacia, valor y significado de lo que hacemos viene de Dios. Anunciar el Evangelio, es anunciar una “buena nueva de Cristo”, que comporta toda nuestra vida: 24 horas sobre 24 y 365 días del año.

Ser misioneros significa vivir en una dimensión de apertura como San Pablo, para cumplir el mandato de Cristo, de llevar la Buena Nueva a todas las gentes, de todos los lugares, de todos los tiempos. Sentirnos responsables de que el mensaje pueda llegar a todos los que están cercanos, en los diferentes lugares de relación e influencia que tengo: Hogar, familiares, compañeros de trabajo, amigos, compadres, grupos sociales, etc.

En todos ellos la aceptación de Cristo debe convertirse en fuente de vida, gracia, paz, serenidad, fortaleza y entereza. Que nos sintamos comprometidos con nuestra inventiva e iniciativa para afrontar los retos que tiene la Iglesia y ser portadores del amor misericordioso de Cristo; amor que no conoce cansancio frente a la incomprensión, no conoce desfallecimientos ante el rechazo, no conoce condenaciones ante la constatación de límites y deficiencias.

Como resultado de la oración y su relación íntima con el Señor y su vocación de colaboración continua con la Iglesia. Como Pablo, debemos ofrecer la paz del amor, y la contestación a la luz de ése mismo amor; ya que en la epístola escuchada basándose en el misterio de la Cruz, les dice claramente que: “En Cristo Jesús de nada vale el estar circuncidado o no, sino el ser una nueva criatura” .

La paz a la que nos invita, Cristo no es la paz en el desorden institucionalizado, sino la que se construye con sudor y dolor en el compromiso en favor del bien y la justicia. A la luz de la cruz de Jesús, debemos analizar constantemente nuestra vida, para extirpar, desechar y cortar todo lo que se quiera convertir en “idolatría”, que desplaza el amor a Cristo. Y el compromiso de la promoción integral de la persona propia y de los demás.

Conclusiones

“Toda vocación cristiana, tiene que ser apostólica” . Toda nuestra vida: palabra, actuación y familia deber ser mensaje del amor y misericordia de Cristo. Que sepamos experimentar la alegría del apostolado. No solo hacer el bien, sino ser portadores del mensaje de Cristo.

Aquí cabe preguntarnos: ¿Qué compromiso tengo con mi Parroquia? ¿Con alguna institución de apostolado?  ¿Conozco el Plan Diocesano de Pastoral? ¿Qué hago gratuita y desinteresadamente a favor de los demás? ¿A qué obra social de la Iglesia doy mi trabajo, ideas, iniciativas, aportación económica? ¿Apoyo a los misioneros que van a territorios de misión en México o en otros países?  ¿Comprendo que Cristo en la Eucaristía es el gran misionero que en su presencia real está con nosotros para evangelizarnos?

San Lucas nos señala una doble dimensión en el apostolado :

  • a)    Curar a los enfermos
  • b)    Anunciar el Reino de Dios 

A los discípulos los envía de dos en dos, y en total son 72. Estos números son profundamente simbólicos: 70 ancianos consejeros ; las 70 naciones ; pero el sentido en el Evangelio de Lucas es fraternidad y comunidad como sustento del anuncio de la Buena Nueva.

Recordar que el anuncio misionero es testimonio y palabra, no propaganda, no auto-promoción; que lleva consigo renuncia, sacrificio y abnegación desde Cristo y con Cristo  y que el verdadero gozo no está en los éxitos, sino en el hecho de que “nuestros nombres estén inscritos en el Reino de los cielos” .

Ese es el gozo y alegría, con el cual llevamos a Cristo en el corazón, en la palabra, en el trabajo y en la colaboración al servicio de nuestros hermanos en la comunión de la Iglesia. Amén.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

Arzobispo Emérito de Yucatán

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