16 de Diciembre de 2017

Opinión

Doña Mirna, Dios y la T-1 del IMSS

Doña Mirna tiene 80 años de edad -espero que no frunza el ceño cuando vea mi publicación...

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Doña Mirna tiene 80 años de edad -espero que no frunza el ceño cuando vea mi publicación- y por fortuna es mi madre. Mujer de carácter fuerte, principios y valores bien cimentados, pero cuya debilidad es la comida. Maestra de profesión, jubilada y a quien Dios y los médicos de la T-1 del IMSS le brindaron oportunidad de pasar esta Navidad con nosotros.

Quiero comentarles que, más allá de ser médico, soy un ser humano con sentimientos como cualquiera y recientemente transité por una de las experiencias más dolorosas, con angustiosa zozobra, durante 11 días que estuvo ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos. A doña Mirna,  dos procesos infecciosos le pasaron a la sangre y la llevaron a septicemia, problema médico que aún al más joven lo pone en jaque. Podrán recordar (algunos) e imaginar (otros) lo que emocionalmente condiciona ver a tu madre al borde de la muerte.

Durante esos días, tuve emociones encontradas. Por una parte, me enfrente a la limitación que representa ser médico y estar bloqueado por ceguera emocional, negándoseme poder actuar como tal. Sentí impotencia,  y como siempre dentro de la negación familiar ante tal evento se buscaron culpables para lo “circunstancial”. Percibí quiénes realmente te estiman y hacen lo imposible por apoyarte y tristemente noté grandes ausentes que consideré durante años cercanos  y otros extraños que se justificaron comentando que “no querían importunarme en los momentos difíciles. ¡Momentos en los que más los necesitas!

Quiero ponerme de pie ante la encomiable entrega de mis compañeros, y me refiero a esa nueva generación de médicos que tantas veces criticamos y pocas veces conocemos cómo se la “juegan” en ese espacio con 12 camas de terapia intensiva, que salva o da paso al omega de nuestro transitar terrenal. Médicos que no duermen y cuando lo hacen, como secuelas, les quedan las marcas del escritorio o del teclado de sus computadoras, realizan las anotaciones pertinentes de forma pormenorizada. Y así podría seguir con mi reflexión, pero el espacio me lo impide.

En conclusión, agradezco a Dios la oportunidad de dejarme a doña Mirna una Navidad más. De la misma forma expreso mi más alta estima y respeto  a quienes considero héroes anónimos de la T-1 del IMSS –los empleados- y a todos quienes “me han hecho el día”. Doña Mirna este 2017 se queda. Dios los bendiga.

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