21 de Septiembre de 2018

Yucatán

El hombre se justifica sólo por medio de la fe en Cristo Jesús

En la inquietud del centurión, que tiene la certeza de la eficacia y del poder de su palabra. Jesús reconoce una fe auténtica.

El problema que hay en el fondo de la Carta a los Gálatas es en parte la justificación del hombre por parte de Dios en Cristo. (12apostoles.es)
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X Domingo del tiempo Ordinario
1 Re 8, 41-43  Gal 1, 1-2.6-10  Lc 7, 1-10

Primera lectura: 1Re 8,41-43

Esta breve perícopa forma parte de la gran plegaria que pronuncio Salomón con ocasión de la dedicación del templo que había construido en Jerusalén. Tras el solemnísimo traslado del arca de la alianza , y después de que Yahvé hubiera tomado posesión del templo, llenándolo de su gloria , Salomón habla a la Asamblea de Israel con un discurso que recuerda las circunstancias que condujeron a la construcción del templo . Al discurso le sigue una apasionada plegaria proclamada «ante el altar del Señor, frente a toda la Asamblea de Israel y con las manos extendidas hacia el cielo» . Salomón reza por el mismo . Por el pueblo , por los extranjeros  y, después, de nuevo por el pueblo .

La oración que tiene como objeto a «los extranjeros» tiene que ver con los que venían, de manera ocasional, a la tierra de Israel (por motivos comerciales o diplomáticos, o como mercenarios, por ejemplo) no por propia voluntad, pero se habían instalado en ella definitivamente. No faltaban extranjeros que venían a Israel porque habían oído hablar de Yahvé, los paganos en efecto, buscaban propiciarse el mayor número de divinidades posible. Pues bien el rey Salomón le pide a Yahvé que también escuche a estos, y por un motivo bien preciso: la conversión de estos extranjeros al único Dios, el descubrimiento del amor de Yahvé («… para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, te respeten como lo hace tu pueblo, Israel»).

Si bien es preciso reconocer que el universalismo atestiguado por esta perícopa está referido todavía a una «centralización» del templo y de Jerusalén  el salmo 116, que acompaña a la primera lectura en la liturgia de hoy, se abre a todos los pueblos que llamados a la fe y a la salvación. En este salmo, el más breve de todo el Salterio, se puede que está encerrada toda la larga historia  de Israel: historia del amor «fuerte» y fiel de Dios, historia de una predilección que si, por un lado, supone para Israel una garantía de su elección y de la alianza, por otro, pide a Israel que difunda el amor divino, a fin de que todos los pueblos experimenten su dulzura y alaben el nombre de Yahvé.

Segunda lectura: Gálatas 1,1-2.6-10

El problema que hay en el fondo de la Carta a los Gálatas es la oposición entre la justificación del hombre por parte de Dios en Cristo y la justificación del hombre por parte de Dios en Cristo y la justificación por medio de la Ley. Cuando Pablo habla, en el v.7, de «que algunos están desconcertados e intentan manipular el Evangelio de Cristo» se refiere a la corriente de los judaizantes, que sostenía la necesidad de la circuncisión para poderse salvar.

El riesgo que corrían los gálatas era grave: «Anular el escándalo de la cruz» . Éste es el motivo que justifica la severidad de la intervención de Pablo. Después de haber proclamado su autoridad apostólica, vinculándola directamente a un encargo recibido del Resucitado, Pablo reprocha a los gálatas no sólo que hayan pasado de una doctrina a otra, que hayan abrazado otro evangelio, sino que hayan abandonado, de hecho, « a quien os llamó mediante la gracia de Cristo» . 
La severa amonestación con sus correspondientes maldiciones , recuerda el deber de fidelidad de los gálatas a Dios y a Cristo a través de la fidelidad a la tradición eclesial «apostólica» que anuncia el evangelio.

Es el v. 10 Pablo contrapone el agradar a los hombres y al agradar a Dios. Agradar a los hombres significa en este caso anunciarles que la justicia va ligada a sus propias obras. En efecto, Pablo, antes de su conversión, lo había hecho predicando la circuncisión: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo»; agradar a Dios, en cambio, significa servir a Cristo anunciando el único Evangelio que da la salvación. Ésta es la Buena Nueva: anunciar que el hombre no se justifica por las obras de la ley, practicadas por él con gran fatiga, sino sólo por medio de la fe en Cristo Jesús y en su cruz, que libera de la pretensión de procurarnos la salvación por nosotros mismos : «Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud .

Evangelio: Lucas 7, 1-10

El relato de la curación del siervo de un centurión  viene inmediatamente después del sermón de las bienaventuranzas  y deja entrever, por una parte la dificultad que reinaba en las relaciones entre judíos y paganos (dificultad atestiguada también por los Hechos de los apóstoles) y, por otra, la teología universalista que conduce a Lucas a trazar casi un itinerario ideal del anuncio del Evangelio desde Jerusalén a Roma.

El centurión es un oficial importante para la pequeña población de Cafarnaúm. No tiene por qué ser necesariamente un romano; en todo caso, es un pagano que siente simpatías por el judaísmo. Lucas deja intuir que el centurión es un personaje inteligente inquieto: se sirve de intermediarios para entrar en comunicación ; primero invita a Jesús a su casa para que cure a su criado, después se lo vuelve a pensar: no se siente digno de que el Señor vaya a su casa, porque ningún judío entra en la casa de un pagano, ni de hablarle personalmente, pero, sobre todo, considera que no hay necesidad de ello, pues basta con una sola palabra suya para curar al criado… 

El centurión está seguro de ello. Esto es, en el fondo, la insinuación del reconocimiento de la autoridad suprema de Jesús por parte de un hombre acostumbrado a ver reconocida su autoridad personal.

La reacción de Jesús es de asombro maravillado: en la inquietud del centurión, que tiene la certeza de la eficacia y del poder de su palabra. Jesús reconoce una fe auténtica. La curación del criado, apenas se indica de pasada . Lo que le importa a Lucas no es tanto el milagro de la curación como el carácter ejemplar de la fe de un pagano, fe que Jesús no había encontrado «ni en Israel» .

¡Que nuestra participación en la Santa Misa sea al mismo tiempo dignísima y alegre! Es Cristo, crucificado y glorificado, quien pasa en medio de nosotros, para llevarnos juntos a la renovación de su resurrección. Y con la liturgia, recemos a Dios Padre, diciéndole «A nosotros, que nos alimentamos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, danos la plenitud del Espíritu, para que seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu». Que así sea.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán

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