13 de Diciembre de 2018

Yucatán

El Ilustrador: El 'García Rejón' y las triquiñuelas

Interesante historia la del bazar de artesanías, desde la fundación de Mérida, salpicada de sabrosas anécdotas.

El  primer nombre del actual García Rejón fue “Plaza de las Verduras”, aunque también se le conoció durante  décadas como “La Placita”. (Sergio Grosjean)
El primer nombre del actual García Rejón fue “Plaza de las Verduras”, aunque también se le conoció durante décadas como “La Placita”. (Sergio Grosjean)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En la intersección de las calles 60 por 65 del Centro se ubica el legendario inmueble conocido como mercado “García Rejón”, mismo que de acuerdo con Gonzalo Cámara Zavala, el espacio que ocupa fue utilizado con esa finalidad desde la fundación de Mérida. Su  primer nombre fue “Plaza de las Verduras”, aunque también se le conoció durante  décadas como “La Placita”.

Originalmente, este sitio de mercadeo estaba al descubierto y no fue hasta el siglo XVIII cuando se construyeron los primeros portales de mampostería que fueron complementados con piezas techadas. 

En el siglo XIX se erigieron los edificios que cerraban el mercado, siendo que éstos comenzaron a ser ya los únicos accesos. Llegado el año de 1885, se techó con láminas de zinc todo el complejo y, ya por aquel entonces, ubicamos la primera cantina en su interior, misma que tuvo tal éxito que a los pocos años ya eran cuatro los abrevaderos. En 1909 se realizaron nuevas mejoras en el sitio, y luego de ello, paulatinamente se fue deteriorando.

De acuerdo con la interesante información ubicada por nuestro amigo Manuel Zavala Gómez, en el año de 1960 ya había sido clausurado el vetusto mercado, pero siendo que ese año, el Gobierno del Estado le donó al Ayuntamiento la propiedad para que en un plazo no mayor a dos años edificara el nuevo mercado, mismo que debía poseer un subterráneo para estacionamiento que debería rondar en los 2.50 metros de profundidad.

Sobre éste debía fabricarse el Bazar de Baratilleros que ocuparían los comerciantes conocidos con el mismo nombre y que tenían sus puestos ubicados sobre la calle 65, en el tramo comprendido entre las calles 56 y 60.

Para el caso, el techo de este piso debía poseer una solida cimentación con la finalidad  que el Gobierno del Estado construyese sobre éste dos pisos más, y obviamente el Ayuntamiento le otorgaría las respectivas escrituras de condominio. Interesante también resulta que dentro de los lineamientos se le autorizó al Ayuntamiento vender el estacionamiento, pero siempre y cuando no fuera menor al avalúo bancario y esta suma podría ser aplicada al pago de la obra.

¡Piensa mal y acertarás!, pero seguramente esta disposición se realizó pensando que podría haber alguna triquiñuela con la intensión de quedarse con el dinero de la venta.

Y, además, ese mercado es famoso también por la venta de coleópteros conocidos como “maquech”.

Agua de lluvia

Una simpática anécdota del médico Eduardo Urzáiz Rodríguez, dice que cuando el mercado estaba en boga, había un veterano conocido como Gorocica que estableció en el sitio un comercio que en esa época podría considerarse como una vacilada, pero ahora es una gran industria.

Este hombre, tenía una austera mesa de pino en donde asentaba cuatro vasos de vidrio y debajo, en el piso acomodaba dos cubetas de agua. El lugar se llamaba “El Manantial” y la mercancía la anunciaba de la siguiente estrofa: “Seres humanos que a la luz del día este mercado visitáis de paso, aquí hallaréis agua fría de lluvia a centavo el vaso”.

¡Ahhh! Y hablando de triquiñuelas y marmajas (párrafos antes), si de casualidad alguien conoce a Sergio Monroy Sahuí, ex empleado de la Comisión Federal de Electricidad, coméntele que su servidor lo está buscando desde hace semanas, ya que no contesta como si algo le debiera -siendo todo lo contario-, y susúrrele que, de pilón, por el camino me he encontrado con propios que también “lo buscan, lo buscan, pero no lo buscan”. Esperemos que no sea una raya más para el tigre.

Uf, mejor nos leemos la semana próxima ya que se me amarga la boca el hecho de pensar en el nombre de este sujeto. ¡Por las enaguas de Monroy, quien a su paso siempre deja olor a marisco! 

Mi correo es [email protected] y Twitter: @sergiogrosjean

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