15 de Julio de 2018

Yucatán

El carnaval de Mérida hace 145 años

En aquellos tiempos, las grandes filas de carruajes que transitaban por las festivas calles meridanas.

En esta ilustración, aspectos del carnaval de Mérida de 1914, curiosamente con un elefante, en la carreta. Esos eran tiempos, qué caray. (Sergio Grosjean/SIPSE)
En esta ilustración, aspectos del carnaval de Mérida de 1914, curiosamente con un elefante, en la carreta. Esos eran tiempos, qué caray. (Sergio Grosjean/SIPSE)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Continuando con nuestra serie “Mérida, pasado y presente”, hoy,  tal y como hace menos de un lustro, el carnaval de Mérida se celebra en Xmatkuil, siendo que durante décadas tuvo como derrotero del Paseo de Montejo y el Centro de la ciudad. Sin embargo, esta no es la primera vez que se traslada de sitio y, sin duda, no será la última. 

La decisión de cambiar de plaza tuvo sus adeptos, pero también gente que mostró su desencanto, ya que para estos últimos el ambiente perdió su principal atributo: una fiesta del pueblo en las calles. No obstante, los que apoyaron la propuesta opinaron que las calles de Mérida se desquiciaban esos días y ya era necesario trasladarlo de lugar. 

El carnaval en 1865

Nos narra en su vivencia acontecida en el año de 1865, el Dr. García Montero, que el Carnaval de Mérida tenía como derrotero la actual calle 59, es decir, de Santiago hasta Mejorada. En aquellos tiempos, las grandes filas de carruajes que transitaban por las festivas calles meridanas eran ovacionadas por las miles y miles de personas disfrazadas y enmascaradas que se reunían en las aceras de esta prolongada calle para arrojar y recibir confetis y piropos.

Muchos de esos individuos aprovechaban esos días para meterle más sazón a su personalidad, ya que, no contentos con engañar con la máscara diaria de la hipocresía, cargaban con otra durante esas fechas para abochornar a los menos cubiertos. 

Lo más notable –continúa- es que en medio de tanto bullicio, trapaleo y barullo, no se notaba el disgusto de alguien, e incluso ¡subámosle de tono a la expresión!: las divisiones partidistas se olvidaban y todos se unían con denotada alegría para celebrar esos días de fiesta. Interesante me resulta, ya que en el presente, vemos a poca gente portando un disfraz e incluso máscara; hoy, parece que las personas que asisten al carnaval han perdido ese espíritu carnavalesco y, más aún, no podemos omitir que  la lejanía del Paseo ha hecho que mucha gente que antes asistía a esta fiesta se olvide de estas memorables fechas. 

Una verdadera fiesta

Pero no alejándonos de aquellas anécdotas, el  escritor Manuel Barbachano narra en su crónica de aquellos tiempos que la población ya sentía el espíritu carnavalesco desde la Noche Buena, ya que por esas fechas comenzaban a celebrar bailes y algunas máscaras. Llegado el día memorable, la ciudad se transformaba; eran tres días de carnaval en el que la gente no pensaba en otra cosa más que en divertirse en un ambiente de camaradería nunca visto fuera de esas fechas, y esa era la peculiaridad del carnaval de Mérida: Los hombres ocupados dejaban sus negocios, los fríos entraban en calor, los adustos se volvían risueños, los apáticos se hacían diligentes, y los viejos se hacían niños.

Era fantástico ya que podía observarse tras un carro de estudiantes, de cómicos y escritores, otro de zapateros y sastres, que precedía a comercios y empleados. Junto a una comparsa de hombres de todo fuerte, otra de débiles personas de un suburbio secundados por gente de la curia, y en  donde curiosamente, la gente de la más alta sociedad iba entremezclada con personas de la más baja escala social. Era la única fecha en el que las casas de la aristocracia yucateca abría sus balcones para deleitarse con el paseo, para luego combatir en la más excelsa camaradería con los peatones quienes arrojaban o recibían huevos y cucuruchos de almidón, al tiempo que parejas de personas se protegían con paraguas para resguardarse de los aguaceros provenientes de los balcones. 

En las calles se evidenciaban las oleadas de gente con disfraces y máscaras, con el rostro pintado a su capricho; unos iban con trajes de guerra o con pitos flautas y cornetas; en pocas palabras, un teatro de animación, de movimiento, de bulla y de confusión, a la que describe como una auténtica torre de babel.  

Finalmente, luego de remontarnos a aquellos tiempos en el que el carnaval era una verdadera festividad, creo que hace falta una auténtica y efectiva transformación del carnaval, ya que el haberlo cambiado de lugar no aportó algo que lo enriquezca y haga que recupere algo de su esencia, de su magia. Me fascinaría poder decirle al mundo: visite Mérida durante el carnaval ya que es mágico. 

Por desgracia, no veo ni a lo lejos ese día. 

Mi correo es [email protected] y Twitter @sergiogrosjean.

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