24 de Septiembre de 2018

Yucatán

Hay de maestros a maestros

Magnolia Rosado haría hasta lo imposible para bailotear sobre mi hoja de examen.

Imagen de la ex Facultad de Antropología de la Uady, cuando funcionaba en sus instalaciones de la calle 76. Ahora alberga la Fototeca 'Pedro Guerra'. (Google Maps)
Imagen de la ex Facultad de Antropología de la Uady, cuando funcionaba en sus instalaciones de la calle 76. Ahora alberga la Fototeca 'Pedro Guerra'. (Google Maps)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Hace unos días nos dejó nuestro amigo y maestro Juan Valencia Bellavista; hombre que tuvo una capacidad de análisis y retentiva que muchos suspiraríamos para un fin de semana. Durante mis estudios en la antigua Facultad de Antropología, tuve la fortuna de conocerlo y convivir con él, aunque curiosamente nunca presencié sus cátedras dentro de un aula. Mi suerte se debió a un infausto suceso que experimenté durante  la carrera

En el año de 1994 ingresé a la facultad a estudiar la carrera de antropología, y los primeros 3 semestres resultaron fugaces y placenteros, hasta que el siguiente tuve la mala fortuna que una de mis maestras fuera Magnolia Rosado, quien impartía la materia de “Teoría del Pensamiento Antropológico“. En ese  4º  semestre, la calificación que obtuve en la citada  asignatura fue de 70, y como mi intención era egresar con promedio superior a  85, le pedí que me “tronara”, pues prefería presentar un examen extraordinariopara aumentar mi promedio y aceptó. 

Decidí  estudiar esmeradamente para la prueba,  y pasadas algunas semanas, llegó el día: luego de responder al complejo escrutinio, el resultado fue devastador para todos los que presentamos.  De tal forma, había que prepararse mejor aún para la segunda oportunidad, ya que todo indicaba que las preguntas estaban diseñadas para que ni Dios padre  aprobara, pero  pensé ilusamente que doblegando mis esfuerzos podría ser el “iluminado”. Llegó el día, pero tal como pronostiqué, el asunto se puso “color de hormiga”, ya que luego de recibir los resultados comprobé lo que en primera instancia maliciosamente pensé: imposible de aprobar “a las buenas”.

¡Vientos tempestuosos del pasado me atropellaron!, ya que en el primer año de preparatoria en la  Escuela Comercial Bancarios, la mofletuda maestra de matemáticas conocida como Lupita (Guadalupe Castillo), despiadadamente me reprobó  en matemáticas, posiblemente por su complejo de “malix”, o posiblemente  porque no cursé asesorías particulares con ella; tal y como los demás compañeros se vieron obligados a hacer. Había sido un tonto y no había visto entre las persianas. 

La petición de mis padres que me concedieran una nueva  oportunidad fue sepultada por la avasalladora decisión del vinagrillo y  desalmado  director Arsenio Rosado Lope, quién no tuvo más capacidad de afirmar que yo era,  y sería un fracasado,  y nunca haría nada productivo en mi vida. Recuerdo que mi papá me pidió cuando me titulé de la carrera de arqueología que fuera y le restregará mi título a ese nefasto hombre; por desgracia para mí, ya falleció y nunca lo hice. 

Diseño de logística

Pero regresando al tema que nos ocupa, ya solo me quedaba una oportunidad para aprobarla materia, así que recordando la escena citada, recurrí a la máxima autoridad en el tema en Yucatán: al maestro Juan Valencia. Me senté a estudiar con él horas y horas, pero ya pensando en el lema “piensa mal y acertarás” (haría esta mujer lo imposible para “tronarme”), por lo que decidí llevar a la prueba un “AS” bajo la manga, ya que me quedaba claro que Magnolia Rosado haría hasta lo imposible para bailotear sobre mi hoja de examen. 

Le llamé a mi amigo Manolo Novelo Sierra, quién vendía teléfonos celulares para que me consiguiera el mejor aparato disponible. El plan era simple, si divisaba que mis ennegrecidos pronósticos se materializarían, aplicaríamos el plan “B”; que consistía que del otro lado del teléfono estuviera el maestro Juan Valencia; el memorable y gran amigo VictorTec Cob; Manolo Novelo, en la parte de la telefonía celular por si algo fallaba; así como otros versados en el tema antropológico apoyados en una pila de libros y otros amigos/maestros. 

La presencia del erudito Juan (desconcertado con el plan), era porque era un sabio en la materia, aunado a que había sido  pedagogode la profesora Magnolia Rosado; y por consiguiente, imposible que no supiera las respuestas. Para todo ello, tuvimos casi dos meses para diseñar la logística: me dejé crecer el pelo muy largo para que cubrieramis orejas; hicimos sin número de llamadas de práctica durante semanas, y analizamos  los más borrascosos  escenarios que pudieran presentarse. 

***

Llegó el día, y todo sucedió como vaticiné: el examen fue tan espinoso que era imposible que un mortal lo aprobara,  por lo que hubo que  activar el plan “B”. Previamente me había colocado los audífonos que cubrimos con cinta color carne,que a su vez era ocultados por el largo y lacio pelo que empataba con una camisa de cuello alto que disimulaba el sofisticado celular.  Fue simple, ya que mientras la regordetamaestramaquiavélicamente sonreía, del otro lado de la “línea” me soplaban todas las respuestas que les dictaba. 

Al final, solo pasamos dos: mi amigo Ponciano Vázquez con 70 y yo con 60; a pesar que todas mis contestaciones fueron respondidas por el “maestro de maestros” y amigos versados en el tema, y ayudados  con libros que incluso cité textualmente pero ya en forma burlesca. Finalmente, luego que vio mi calificación el Maestro Juan simplemente dijo: tenías toda la razón, es una desvergonzada, pero ahora brindemos. ¡Salud y hasta siempre mi estimado y admirado Juan Valencia! 

Mi correo es [email protected] y twitter @sergiogrosjean

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