18 de Septiembre de 2018

Yucatán

Mérida, pasado y presente: Monjas (6)

Las religiosas ahí recluidas podían vender o traspasar sus celdas o habitaciones.

Representación del atrio del extinto convento de monjas en épocas de funciones. Comúnmente este acceso por la calle 64 estaba cerrado, y solo en fechas especiales se abrían las puertas. (Sergio Grosjean/SIPSE)
Representación del atrio del extinto convento de monjas en épocas de funciones. Comúnmente este acceso por la calle 64 estaba cerrado, y solo en fechas especiales se abrían las puertas. (Sergio Grosjean/SIPSE)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Luego de un breve receso debido a la celebración del nacimiento de nuestro nuevo libro “Anécdotas de las cantinas de Mérida; para que amarre”, regresamos a la serie “Mérida, pasado y presente” en la que tocaremos un tema de sumo interés para los meridanos como lo es el antiguo Convento de Monjas.  

En otras ocasiones hemos hablado de este icono arquitectónico del que no extrañamente hemos  escuchado historias sobre pasadizos subterráneos, de monjas enclaustradas, o cuentos recreados gracias a la ágil pluma de novelistas. 

La idea que a veces se tiene que las celdas de los conventos consistían en pequeñas habitaciones donde se recluían las monjas, no corresponde en muchos casos a la realidad, como en el  convento de Mérida. El uso desmedido de estos espacios y las costumbres de parte de aquella sociedad opulenta que penetraba a los conventos desde el siglo XVI en América, propició que algunas monjas llevaran una vida de tipo particular, separadas de las demás en todas las actividades. 

Así, por ejemplo, cada una recibía diario o semanalmente lo necesario para su manutención, pudiendo distribuirlo y emplearlo en la forma que quisiera. Disponían de alimentación que le  ordenaban a sus sirvientas, quienes la preparaban en la cocina de la celda, misma que le servían a su patrona; aunque también hubo una cocina comunitaria, puesto que habían religiosas  que no eran ricas.

El convento Concepcionista  de Mérida  al momento de su expropiación en 1867 poseía 205 cuartos-aunque no todas eran celdas-, 2 cocinas, 7 hornos, 21  pozos y 95 "patios”, y varias monjas hubieran tenido su “propiedad”, la cual incluiría pozos, horno y, obviamente habitaciones; todo ello acorde a su capacidad económica. Con anterioridad a 1774, cada religiosa desarrollaba su vida en la celda o habitación que tenía asignada, las cuales de cierta manera eran de su propiedad, mismas que podían vender o traspasar,  y estas las higienizaban  sus criadas particulares.

500 pesos

Por ejemplo, en 1729 la Abadesa Antonia de Santa Florencia solicitó al juez provisor y vicario general del obispado, Dr. Juan de la Caldera Cuevas, la autorización para poder vender a Don Pedro Cepeda y Lira una celda que había pertenecido a la R.M. María Ana de Jesús, quien falleció dejando varias deudas, las cuales no podía absorber el convento por lo que era preciso venderla. Con la autorización respectiva se procedió a la venta en favor de Cepeda y Lira, cuya hija, R.M. María de San Pedro Mártir, se hallaba sin celda para vivir. 

Según consta, la celda recién adquirida se componía de sala, un aposento, dos corredores, cocina, y la cantidad desembolsada en la operación alcanzó la suma de 425 pesos. Algunos años después el comprador hizo su testamento indicando que en la compra, reparación y aderezo de la celdade su hija había gastado un total de 1,642 pesos y 2 reales y 2 granos y medio.

La historia  de la celda de Sor María de San Pedro es curiosa y se puede remontar, tal vez, hasta mediados del siglo XVII. La primera persona que se sabe que poseyó una fue la monja de nombre Catalina de San Bernardo, quién al morir dejó quinientos pesos para que con sus réditos que ascendían a 25 pesos anuales se celebrase una misa el día 8 de cada diciembre, fiesta de Nuestra Señora de la Concepción. 

A su deceso estipuló que su celda la ocupase de manera gratuita la R.M. Bernarda de las Nieves, quien posteriormente, con el fin de ayudar a reunir la dote de doña Catalina de Castro, que deseaba ingresar como monja  de velo negro, pidió que dichos quinientos pesos se le entregaran a cambio de hipotecar su celda y comprometerse a pagar los réditos del dinero que se le entregaba. 

Atención

Por su parte, la Abadesa Antonia de Santa Florencia, poseía un amplioaposento que a principios del siglo XVIII había sido fabricado a su costa, constando de una amplia sala, dormitorio, corredor y cocina, todo ello sobre la sacristía del convento. 

Asimismo, en la parte baja del convento erigió otra sala con dormitorio, producto de una reedificación realizada con licencia del  ilustrísimo señor doctor don Juan Gómez de Parada, quien por cierto, un día como hoy pero de 1726, le informó al Rey las extorsiones y abusos que sufrían los indios por parte de los encomenderos e influyentes. 

Finalmente, ojalá  y las autoridades le presten un poco de atención a este hermoso edificio que está fragmentándose paulatinamente sinque alguien haga algo por detenerlo.

Mi correo es [email protected] y Twitter @sergiogrosjean

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