16 de Noviembre de 2018

Opinión

En el lindero

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Llegó a la década de los ochenta recién cumplidos los cincuenta años. Toda una vida de trabajo le arrojaban como saldo tres prósperas granjas y la capacidad de soñar. Y, cómo no; el país funcionaba ¿Acaso no había dicho el Tlatoani en turno que en México había que acostumbrarse a administrar la abundancia? A tono con los tiempos mandó a sus hijos a escuelas privadas; contrató una hipoteca para emigrar a una casa más grande y su esposa por primera vez supo lo que era tener automóvil propio.

Menos de diez años después, el mayor de sus hijos, soñando con un mejor futuro, cruza la frontera. Volteando hacia el sur, desde el otro lado del Río Bravo, ve miles de casas poblando los cerros de su patria; una tras otra, todas iguales, en obra negra, con toneladas de varillas apuntando hacia el cielo. ¿Cuántos años llevarían inconclusas?, pensó. Sólo sus dueños sabrán. Seguramente las dejaron así soñando en concluirlas algún día, en agregar un cuarto o construir un baño. En un principio, varillas que fueron la promesa de un sueño por cumplir, pero que con el paso del tiempo se convirtieron en la representación gráfica de una dura realidad: la de un México que cada día va relegando a la pobreza a cada vez más ciudadanos.

Desde el otro lado, piensa en su padre que tuvo que vender las granjas para hacer frente a las deudas y salvar su casa; que hoy a su avanzada edad sigue trabajando, pues no tiene para hacerle frente al retiro; en su vecina que puso un anuncio en la ventana con la leyenda: “Se hace costura”, cuando los ahorros que le dejó su difunto esposo se disiparon ante los embates de la inflación y las devaluaciones; en los millones de mexicanos que viven en un país en crisis y endeudado; contagiados de fatalidad y resentimiento.

El, como muchos hijos de la clase media, tuvo que renunciar a sus ambiciones de estudiar a fin de emplearse para ayudar en los gastos del hogar. En su tesón por salir adelante se dirige al norte en busca de una nueva oportunidad. La pobreza obliga. Así pues, en el lindero de dos mundos, está por dejar atrás uno y adentrarse a otro; a continuar una añeja historia: la historia del migrante mexicano.

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