24 de Septiembre de 2018

Yucatán

El monje sin cabeza que recorre los caminos de Yucatán

Este leyenda es muy recurrida entre los pobladores de Akil.

El monje sin cabeza recorre a caballo los alrededores de Akil. (Jorge Moreno)
El monje sin cabeza recorre a caballo los alrededores de Akil. (Jorge Moreno)
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Jorge Moreno/ SIPSE
MÉRIDA, Yucatán.- En otras épocas, cuando los pueblos aún no contaban con alumbrado público y se usaban faroles y velas que ofrecían muy poca visibilidad durante las largas horas nocturnas en el mayab, se contaba que los comerciantes preferían viajar de día por temor a los bandidos, pero sobre todo para evitar encontrarse con alguna criatura sobrenatural de las que tanto abundaban por los antiguos caminos de la Península.

Cierto día, un comerciante ambulante llegó al pueblo de Akil a vender sus productos entre los lugareños. Al hacer su recorrido logró obtener buenas utilidades, ya que ofrecía artículos y bienes de muy buena calidad.

Por lograr buenas ventas la noche le terminó ganando, por lo que tuvo que quedarse en Akil en espera de la mañana siguiente para poder continuar su marcha. Sin embargo, recordó que unos familiares lo esperaban en Maní (a pocos kilómetros de ahí) para celebrar una fiesta, por lo que decidió realizar el viaje apoyado de la luz de una lámpara de petróleo. 

Al salir del pueblo con rumbo a Maní, observó que un hombre de edad avanzada se encontraba a las puertas de su casa y éste le dijo: “¿hacia dónde te diriges buen hombre?”, a lo que el comerciante respondió con mucha seguridad “Voy a Maní, me esperan unos familiares, pues han organizado una fiesta y me pidieron no faltar”. A continuación el viejo hombre con un tono de voz más autoritaria preguntó: “¿Acaso no sabes que tendrás que pasar por los terrenos de San Mateo?”. 

El comerciante respondió: “Sí, lo sé, en muchas ocasiones he utilizado ese camino, ¿Pero qué tiene de extraordinario?”.

“Recuerda que es de noche y ese camino es utilizado por huayes y criaturas extraordinarias para ir y venir de Akil a Maní, ten cuidado”, advirtió el anciano como buen conocedor de las cuestiones sobrenaturales de estos lugares para luego entrar a su hogar de madera y huano.

 El comerciante reflexionó un rato las palabras que había escuchado, entonces le restó importancia y prosiguió su marcha hacia la mística tierra de Maní.  

A los pocos minutos se vio envuelto en la obscuridad de la noche y al estar acercándose a los terrenos de la finca San Mateo se percató que delante de él iba una mula que llevaba como jinete a un monje, el comerciante apresuró el paso para darle alcance y tenerlo como compañero de viaje para intercambiar plática y hacer más llevadero el trayecto, pero por más que aceleraba el paso no lograba emparejarse con el religioso que estaba cubierto por su grueso hábito color café. Por lo que optó por emprender una veloz carrera, no obstante no pudo conseguir estar junto al monje, por lo que empezó a llamarlo a gritos.

De pronto el misterioso caminante detuvo su marcha, se dio media vuelta y empezó a dirigirse hacia el vendedor que ya estaba muy cansado y sudado por el esfuerzo. 

Con un silencio casi sepulcral el fraile se fue acercando más y más, pero no se lograba escuchar el sonido de los cascos de la bestia que iba montado, al comerciante le pareció raro, pero no le dio tanta importancia. Ya al tenerlo cerca se dirigió al jinete: “Buenas noches hermano”, pero no recibió ninguna repuesta, de nuevo exclamó: “Buenas noches” sin recibir palabra alguna de su interlocutor.

Entonces alumbró directamente con su lámpara de petróleo el rostro del monje, el cual no alcanzó a distinguir porque su cabeza y rostro estaba cubierto por su capucha. El hombre un poco más alarmado se acercó y de un ágil movimiento lo descubrió, solo para darse cuenta que el fraile no tenía cabeza.

El comerciante no daba crédito a lo que sus ojos veían, se quedó paralizado sin poder pronunciar palabra alguna y a los pocos minutos se desmayó de la impresión.

Desde ese momento los pobladores de Akil empezaron a contar la leyenda del monje sin cabeza que se le aparece a los viajeros y aventureros que se trasladan muy entrada la noche por los rumbos de San Mateo.

 Le agradecemos a don Víctor Adalberto Navarrete Muñoz, de la población de Akil, que me haya contado esta interesante leyenda del mayab.

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