16 de Noviembre de 2018

Yucatán

Amó su trabajo tanto en la vida como en la muerte

Don Jacinto Urías habría regresado al panteón Florido de Mérida donde trabajo de velador por varias décadas.

Ni muerto, don Jacinto Urías dejó de acudir a trabajr al panteón Florido. (Agencias)
Ni muerto, don Jacinto Urías dejó de acudir a trabajr al panteón Florido. (Agencias)
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Jorge Moreno/SDIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En muchas ocasiones nos hemos enterado de casos donde las personas le tienen un amor y pasión muy grande a su trabajo al grado de que se desviven y lo dan todo por su profesión, pero esto a veces no sólo ocurre en vida, sino también más allá de la muerte

En esta ocasión presento el caso que me platicó Fidel Medina, nieto de don Jacinto Urías, fallecido hace ya más de 30 años y quien fuera velador del panteón Florido de Mérida por varias décadas; era tal su amor hacia ese trabajo, que incluso ya muerto siguió “laborando” ahí.

Me enteré del caso el 31 de octubre pasado, día en que fui invitado por el Ayuntamiento de Mérida para dar una conferencia a las puertas del cementerio, como parte del tradicional “Desfile de las ánimas”. Miles de personas se congregaron en torno del escenario para ver los casos paranormales que presenté, y al finalizar el evento decenas de aficionados al tema se me acercaron para platicarme sus experiencias, entre ellos, Fidel.

“Mi abuelo trabajó más de 30 años en este panteón, donde diste la conferencia, el panteón Florido, y me cuentan mis papás que don Jacinto Urías tuvo una vida muy peculiar también después de muerto, ya que ayudaba a los demás veladores y empleados a realizar sus labores y hasta bromeaba con ellos”, dijo.

“Todo comienza a principios del siglo pasado, cuando contratan a mi abuelo para ser ayudante de enterrador; al poco tiempo lo ascienden debido a su encomiable labor y a que siempre estaba dispuesto a sudar la camiseta por su trabajo; tenía una pasión muy especial y una empatía bárbara para con los familiares de los difuntos que acudían a enterrar los cadáveres, hasta parecía un familiar más.

“Nunca se metía en problemas y era muy querido por los demás empleados, pero justo cuando cumplió 31 años en el panteón, tuvo que dejar de trabajar debido al mal de Parkinson que lo aquejaba; de hecho, desde dos años antes lo iban a pensionar pero él se negaba porque quería seguir en el trabajo.

Falleció de tristeza

“Desgraciadamente, a los seis meses que dejó de trabajar, mi abuelo falleció; dicen que fue por la enfermedad, pero mis papás y mis tíos aseguran que se deprimió mucho al dejar de ir al panteón. A pesar de que sus compañeros iban a la casa a visitarlo con frecuencia, era evidente su tristeza y su mirada perdida; yo era un adolescente cuando mi abuelo estaba así, pero recuerdo muy bien su mirada.

“Lo enterramos en su natal Tekit, no en el Panteón Florido, pero en los siguientes meses, todos los empleados que habían sido sus compañeros juraban que lo veían y lo percibían en el sitio donde trabajo, pues les movían las palas, se apagaban las velas de otras tumbas, sentían que les daban palmadas en la espalda (lo que acostumbraba a hacer don Jacinto en vida con ellos), hasta que después de unos meses esto cesó por completo, creo que por fin se dio cuenta que ya estaba muerto y descansó en paz”, explicó.

“Sus compañeros estaban seguros de que se trataba del alma en pena de Jacinto, y lejos de sentir miedo les daba satisfacción saber que aún muerto hasta les hacía bromas, como las palmadas en la espalda que de manera imprevista sentían o que de pronto les escondía por momentos sus herramientas de trabajo”, finalizó.

Algo muy parecido ocurrió hace muchos años en el municipio de Baca, en un caso que les presentamos en enero pasado y no dudamos que esto también ocurra en otros lugares, no sólo en los cementerios, ya que muchas veces el arraigo de una persona hacia su sitio laboral es muy fuerte.

Las apariciones guadalupanas

Por otra parte, les comento que la próxima semana iniciaremos con un tema que año tras años para estas fechas llama mucho la atención, me refiero a las “apariciones guadalupanas”, que han quedado plasmadas en ventanas, paredes, pisos y los objetos más inverosímiles.

¿Milagro o fanatismo? Como siempre, usted tendrá la última palabra luego de leer esta sección.

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