18 de Diciembre de 2017

Yucatán

Un joven deja escalofriante herencia: ouijas

El coleccionista, quien falleció en extrañas circunstancias, se dio tiempo de dejar una lista de entrega para 23 personas.

Una de las 23 ouijas que dejó como herencia un joven yucateco. Uno de los destinatarios fue el periodista Jorge Moreno. (SIPSE)
Una de las 23 ouijas que dejó como herencia un joven yucateco. Uno de los destinatarios fue el periodista Jorge Moreno. (SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- “Supe que tarde o temprano le ocurriría algo, pero no imaginé nunca que muriera”, dice en entrevista Nerio Saldívar Erosa, amigo de una persona con una afición peculiar: coleccionador de ouijas.

Saldívar me contactó hace apenas unos días tras enterarse de que y ya había hablado sobre este caso en esta sección, y que yo tenía en mi poder una ouija  que la propia madre del coleccionador, poco meses después de la muerte de éste, me entregó.

Antes de comentar algunos breves aspectos de la la entrevista, recordemos el caso:

En 2004 conocí a un joven de apenas 17 años de edad que se dedicaba a coleccionar ouijas, contaba con 23 de estos artefactos, algunos de los cuales sus tíos –que los compraron en viajes al extranjero- le habían regalado. Incluso el padre del singular personaje había adquirido varios de esos artefactos para dárselos a su hijo.

Cuando lo entrevisté y lo cuestioné sobre lo malo que podría ser el coleccionar estos objetos, me decía que él las jugaba con mucha responsabilidad, a fin de ayudar a las almas en pena; que tenía un “don”, y que su afición inició cuando compró una en un supermercado en Mérida, dos años atrás.

Y aunque al principio se decepcionó porque no pudo contactarse con ningún muerto, posteriormente se enteró de que para que la ouija funcionara  tenía que “curarla”, es decir, hacer una especie de conjuro o ritual especial para que se activara.

Tras la entrevista, pasaron dos o tres años en los que no tuve contacto con este joven, hasta que un día su madre me llamó para informarme que su hijo había muerto, meses atrás, en un accidente, y me preguntaba que si quería quedarme con las ouijas.“Te juro que si se hace, te puedes comunicar con los muertos”, me dijo en ese entonces.

Acudí al domicilio de la señora y me dijo esto:

“Jorge, estamos muy asustados, una semana antes de que mi hijo muriera (en un accidente de tránsito en la carretera a Progreso), se despidió de nosotros, dijo que su labor en el mundo de los vivos estaba concluida y nos pidió que por favor le entregáramos cada una de sus ouijas a determinadas personas; que cada una tenía un sobre cerrado con el nombre y dirección de cada uno.

“Nos asustó al principio lo que nos dijo, pero no le dimos importancia, pues no era la primera vez que decía cosas rara”.

Según un amigo cercano al coleccionador de ouijas, éste las manejaba con respeto y nunca las tomó como un juego

“Una semana después vino el accidente, quedamos devastados; nos dijeron los peritos que él provocó el accidente, no tenía alcohol en su sangre, una especie de suicidio. Hasta un mes después nos acordamos de lo de las ouijas, pero no nos atrevimos a llevarlas a las personas, sólo abrimos los sobres para saber a quiénes se les iba a dar.

"Cuando abrimos uno de estos vimos tu nombre y teléfono, y mi hermana fue la que te reconoció e insistió para que te habláramos  y te entregáramos ouija y la carta que te dejó mi hijo”.

En la carta, el joven me decía que cuidara bien esa ouija porque era la más fuerte, que se pudo comunicar con muchos difuntos a través de ella, y que sabía que por mi tipo de trabajo yo podría cuidarla muy bien.

Han transcurrido ya casi diez años desde que “heredé” y apenas hace unos días me contactó su amigo Nerio, para decirme que, en efecto, su difunto amigo estaba muy encariñado con las ouijas:

“Lo que sí te puedo decir que era una persona normal, tranquila, jamás imaginarías su afición por las ouijas, les tenía respeto. Supe de su muerte y todos nuestros amigos en común empezaron a decir que fue por esos artefactos, pero pues eso sólo Dios lo sabe.

“Yo llegué a entrar a su cuarto en un par de ocasiones, ya que estudiábamos en el mismo salón de clases, y la verdad me erizaba verlas, no me gustaba estar ahí. Eso sí, siempre respeté su afición pues él no se metía con nadie ni tampoco te obligaba a jugarlas o algo así.

"Casi no hablaba de ello quizás también por temor a las críticas”, finalizó.

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