19 de Septiembre de 2018

Yucatán

Los tesoros en espera de nuevos dueños

Quizá muchos no lo sepan, pero en sus predios podrían estar ocultos cántaros con monedas de oro o plata.

Muchas personas se han dedicado a buscar tesoros enterrados en los montes, pero se dice que éstos son resguardados por aluxes o duendes del Mayab. (Jorge Moreno/SIPSE)
Muchas personas se han dedicado a buscar tesoros enterrados en los montes, pero se dice que éstos son resguardados por aluxes o duendes del Mayab. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En la actualidad casi a nadie se le ocurriría enterrar sus ahorros, pues en todo caso los meterían al banco o bien los tendrían guardados en algún lugar seguro de su vivienda, o en caso de ser bastante dinero a lo mejor lo ponen en un fondo de inversión.

Sin embargo, hace un siglo, cuando había una inestabilidad tremenda con los bancos (eran expropiados con suma facilidad por el gobierno y casi por decreto muchos ahorradores perdían su dinero) era común que los hacendados o gente común que lograba amasar cierta cantidad de dinero enterraran sus ahorros en sus casas  o bien en sus patios, y más cuando antes se trataba de monedas de oro o plata, las cuales no pierden vigencia y, por el contrario, aumentan su valor.

Pero para desgracia de sus parientes, éstos nunca decían a nadie, ni a sus hijos, en qué parte específica de sus viviendas, terrenos o haciendas enterraban su dinero, por lo que en muchas ocasiones les llegaba la muerte de forma imprevista y los descendientes o herederos jamás se enteraban de que había dinero enterrado en sus propiedades.

Entonces, con el paso del tiempo vendían las propiedades y los nuevos dueños menos sabían que bajo sus pies había dinero u oro (a veces hasta plata y alhajas) hasta que construían nuevas habitaciones o piscinas, y durante las excavaciones de pronto se encontraban con cántaros llenos de monedas de oro u otros bienes valiosos.

El tesoro del cántaro

Don Víctor Navarrete Muñoz, del municipio de Akil, nos mandó este relato que desea compartir con nosotros:

Juan Andrés era un anciano solitario que vivía en su milpa ubicada en los cerros del pueblo de Akil. Una vez al mes bajaba a la comunidad a visitar a su familia, pasaba tres días con ellos y nuevamente regresaba a su pequeña casa de madera y huano. 

Esta actividad la había repetido por casi 30 años sin interrupción alguna, en ocasiones su esposa se ofrecía a acompañarlo, pero él siempre se negó a recibir compañía. Era muy trabajador, iniciaba sus labores a las 5:00 de la mañana y las culminaba con la puesta del sol, sólo tomaba un pequeño receso después de su almuerzo.

Cierto día se preparaba para tomar su baño, por lo que fue hasta la sarteneja más cercana a buscar una cubeta de agua, pero al llegar no la encontró, pues se había secado. Entonces maldijo su mala suerte y se encaminó hacia otra sarteneja distante 300 metros de donde se encontraba.

Al llegar, observó una iguana de regular tamaño y de un color grisáceo que descansaba tranquilamente sobre una inmensa piedra rojiza en forma de círculo. Al mirar fijamente aquel animalito, vio que le hacía movimientos con la cabeza de arriba hacia abajo cómo dirigiéndose al viejo campesino, pero no le dio importancia y continuó su camino.

Al día siguiente sucedió lo mismo, la iguana se encontraba en el mismo lugar haciendo los mismos movimientos. Ante esto, Juan Andrés, pensó: “Qué casualidad tan tremenda, parece que esta iguana se está burlando de esto que me pasa”.

Al tercer día ocurrió lo mismo, Juan Andrés entonces exclamó: “Malvada iguana deja de burlarte de mí”, como si el animal fuera el culpable de que tenga que caminar más para abastecerse de agua.

Juan Andrés entonces tomó la decisión de deshacerse de tan singular acompañante, por lo que tomó un pedazo de leña vieja y se acercó lo que más que pudo sin lograr que se moviera ni un centímetro aquel reptil, cuando estuvo a corta distancia intentó golpear a la criatura, pero se refugió rápidamente en un agujero que se encontraba en la parte posterior de aquella roca.

No encontró a la iguana, pero sí un tesoro

Entonces Juan Andrés convertido en un feroz cazador introdujo la madera en la entrada de la madriguera, pero no obtuvo resultados favorables, por lo que palanqueó con todas sus energías logrando con esto levantar la pesada lápida de piedra, retiró un poco de tierra y misteriosamente no encontró ningún rastro de la iguana.

Grande fue su sorpresa cuando encontró una botijuela (cántaro de barro) con una tapa de madera que al parecer llevaba varios años de estar enterrada en ese lugar. Aquel campesino no podía dar crédito a lo que estaba viendo, ya que al destaparlo se percató que estaba repleto con monedas antiguas de oro. Probablemente era el tesoro escondido de algún rico hacendado que lo había guardado en la época de la Guerra de Castas, pensó. 

Entonces, Juan Andrés abrazó con fuerza el cántaro y como pudo corrió a toda velocidad hasta la seguridad de su casa y de su milpa. Estando en su lugar de descanso se apresuró a contar las monedas que en total fueron 79, exactamente la misma edad con la que contaba el campesino.

Con una alegría que nunca había experimentado, dio gracias a los dioses del monte por la gracia consentida y dijo: “Ahora que soy un hombre con suerte podré descansar”.
  
A la mañana siguiente, después de tomar cinco monedas, se ocupó en esconder su preciado tesoro, metió el oro en el cántaro, lo selló con la tapa de madera y lo enterró en medio de tres árboles de álamo, posteriormente señaló el sitio exacto con una gran piedra similar a la que cubrió el tesoro en su lugar original. 

Después bajó al pueblo a visitar a su familia, que se sorprendieron mucho al ver su llegada. Juan Andrés les informó de lo que había sucedido y les dijo que nunca volvería a trabajar pero nadie le creyó y todos lo tildaron de loco, aunque con el paso del tiempo se dieron cuenta que tenía razón en lo que decía, pues nunca más trabajó y nunca les faltó nada.

Se cuenta que parte de ese tesoro aún se encuentra enterrado en alguna parte de Akil ya que el campesino falleció a los pocos meses y nunca contó a nadie su secreto.

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