15 de Diciembre de 2017

Yucatán

El cazador que vivió terrible experiencia en el Día de Muertos

Felipe tomó a la ligera la costumbre de los ancestros mayas de no trabajar en fechas en que se recuerda a los difuntos.

Extraños seres que en realidad son almas en pena aparecen en las milpas en las épocas de finados. (Jorge Moreno/SIPSE)
Extraños seres que en realidad son almas en pena aparecen en las milpas en las épocas de finados. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Cuenta la gente antigua que los días 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre nunca se debe ir a cazar, ya que pueden ocurrir situaciones terribles.

Cuando Felipe salía de cacería, siempre regresaba con presas, ya que era un excelente cazador de venados, casi nunca regresaba con las manos vacías. Era tal su afición y gusto por ese oficio, que todos los días sin importar la hora, se dirigía a los montes para acechar y matar algún animal de la fauna yucateca.

Cierto día, al llegar las fechas de los finados, Felipe no pudo salir a cazar, ya que sabía que las almas de los muertos regresaban a este mundo para visitar a sus familiares, según reza la sabiduría popular de la tierra del Mayab, además los abuelos enseñaban que esos días no se debe ir a las milpas y montes a laborar, pues se podían encontrar con alguna desagradable sorpresa.

Pero esa mañana, el deseo y las ganas de cazar de Felipe fueron mayores, así que decidió olvidar los sabios consejos de los mayores, preparó su escopeta y sus utensilios, tomó un poco de provisiones y sin pensarlo dos veces se encaminó a una gran milpa que tenía un pariente por los cerros del pueblo de Akil, muy cerca de la gruta Aktún Caamal.

Al acecho de presas

Cuando llegó al lugar era mediodía, subió a la parte más alta de un árbol que se encontraba en centro del terreno para colgar su hamaca entre las ramas, pues la ubicación le permitía tener una excelente vista para acechar presas.

Pasaban las horas y ningún animal aparecía por esos rumbos, poco a poco el enojo se fue apoderando de Felipe; sin embargo, como buen cazador esperaría el momento preciso. Aquella noche del mes de octubre lo envolvió con su manto, la luna brillaba en todo su esplendor, lo que permitía tener una inigualable claridad y visibilidad. 

Inesperadamente, no muy lejos de donde se encontraba, vio que un hombre de avanzada edad se dirigía exactamente hacia él; se sorprendió mucho al ver aquella persona y sin  poder reponerse de la impresión, observó que una mujer ya anciana lo seguía y a ella un pequeño niño. Decidió guardar silencio con la intención de averiguar qué hacían en ese lejano lugar a altas horas de la noche. 

Pensó que se trataba de ladrones que buscaban qué robar, tomó su arma para evitar cualquier sorpresa, pero justo en el momento en que se disponía a preguntarles qué hacían, entonces se fijó que estos extraños visitantes se dirigían hacia una parte de la milpa que estaba cercada por una albarrada y que tenía sembrada gran cantidad de espelón y frijol nuevo, que son muy apreciados en estas fechas. 

Grande fue la sorpresa de Felipe al mirar que los ancianos no abrieron la puerta para entrar, sino que brincaron ágilmente la cerca de piedras. Ya teniendo a su disposición la cosecha se empezaron a comer las vainas del frijol y espelón.

El cazador no creía lo que sus ojos veían, pues nadie en su sano juicio se come frutos crudos. Entonces decidió hacer un disparo al aire para asustarlos y obligarlos a marcharse, antes de poder hacerlo le invadió un profundo sueño que le impidió mantenerse alerta y en segundos quedó profundamente dormido. 

Cuando despertó, dirigió su mirada en busca de aquellas personas, pero no las halló por ninguna parte, increíblemente ya era mediodía y tenía una fuerte calentura que le ocasionaba un insoportable dolor de cabeza.

Eran fantasmas

Sin embargo, decidió continuar su búsqueda, se dirigió al sitio donde los había visto por última vez, pero se sorprendió al ver que no había huellas de personas. Los rastros dejados en la roja tierra de kancab eran de un gran venado, de una venada y de un venadito. 

Este hecho propició que Felipe enloqueciera momentáneamente al comprender que lo que vio la noche anterior eran en realidad almas en pena que regresaron a este mundo terrenal y que por su imprudencia y terquedad había sido testigo de este episodio sobrenatural.

Se echó a correr lo más rápido que pudo para abandonar la escena, sin poder percatarse tomó caminos y veredas desconocidas hasta internarse en montes apartados, cuando reaccionó, estaba perdido y alejado de cualquier indicio de la civilización.

Sus familiares y amigos iniciaron una búsqueda para dar con su paradero que terminó tres meses después al hallarlo vagando por terrenos del Cono Sur de Yucatán. Desde ese momento los akileños saben que no se debe trabajar o ir de cacería en los días dedicados a los finados.
 
Agradecemos a don Víctor Navarrete que nos haya platicado esta historia para compartir con nuestros lectores.

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