20 de Septiembre de 2018

Yucatán

Sucesos de ultratumba en panteones de Yucatán

En Valladolid, una mujer soñó que había enterrado vivo a su padre... y se atrevió a desenterrarlo. Tiempo después, ella murió.

Los panteones guardan un sinfín de historias increíbles. (Archivo/SIPSE)
Los panteones guardan un sinfín de historias increíbles. (Archivo/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Los cementerios guardan un sinnúmero de historias de miedo, de espanto y de situaciones que no tienen explicación lógica, y aunque lo más común son los clásicos “fantasmas” que se aparecen por las noches, también hay casos poco comunes.

Uno de ellos ocurre en la comisaría de Nolo, Tixkokob, en donde decían que en la entrada del panteón había un tronco de un árbol que se cortó hace varios años y que veían salir humo de allí. Se contaba que se trataba de un duende o alux que tenía en ese sitio su cueva y que lo que se veía era el humo de los cigarros que robaba o que le dejaban.

Algo parecido ocurría hace algunos años en el Panteón Florido de Mérida, pues se decía que ese camposanto era custodiado por aluxes y cada seis meses un h'men iba a realizar ofrendas y ceremonias especiales con el fin de mantenerlos contentos para que siguieran “cuidando” las tumbas de los difuntos y espantando a los bromistas que entraban sólo por curiosidad.

De esto último, cabe reiterar que un antiguo velador de ese camposanto decía que en los años sesentas de pronto se volvió una moda que estudiantes se metieran allí a tomar licor, o bien, sólo a echar relajo y de paso espantaban a las personas que iban a ver a sus difuntos y no pocas veces llegó la Policía para sacarlos.

La 'jalaron'

Una anécdota que pudiera considerarse como de “humor negro” ocurrió hace varios años en el antiguo cementerio de Valladolid, donde una señora soñó que su papá (a quien habían enterrado una noche antes tras fallecer por una larga dolencia), estaba vivo y pedía que lo sacaran de la tumba; entonces, ella sin importarle nada llamó a sus tres hijos (nietos del difunto) y con picos y palas fueron a eso de las once de la noche a desenterrarlo.

Como es de suponer, los vecinos salieron espantados y extrañados de lo que ocurría, llegó la Policía y a pesar de las explicaciones de los uniformados de que estaban cometiendo un delito, la señora forcejeó con ellos y se aferró a cumplir con romper la lápida. Llegaron refuerzos, la detuvieron junto con sus hijos y se la llevaron a la comandancia, la liberaron esa misma noche pero a los dos días le dio un infarto y falleció.

Durante el velorio y en el entierro no faltó quien comentara que en realidad su padre la estaba “jalando” y fue una forma de llevársela al más allá. 

Tiempo perdido...

También publicamos hace un tiempo en esta sección el caso de una persona que durante un velorio en Chocholá, momentos antes de que enterraran a su familiar sufrió un infarto fulminante y murió, o el caso de un joven que se ahorcó en el interior del camposanto de Hocabá, en remordimiento por haber “matado” a su madre en el mismo sitio debido a una broma.

Este último es un caso poco conocido en Yucatán y ocurrió en el año de 1895, en ese entonces había una persona en el pueblo de nombre Juan, que le gustaba tomar mucho alcohol; su madre acudía cada semana al cementerio para llevarle flores a su difunto esposo, pero Juan siempre le recriminaba y le decía que sólo perdía el tiempo en el panteón pues se la pasaba hablando con el difunto.

Un día, decidió darle "una lección" a su progenitora, pues mientras su madre se preparaba para ir al cementerio, Juan se adelantó y se guardó justo detrás de un árbol que estaba a espaldas de la tumba de su padre; poco después llegó su madre, y ésta empezó a hablar con su difunto marido.

Justo en ese momento, Juan con una voz "tenebrosa" le dijo: "¡Deja de molestar a tu hijo y ya no vuelvas a visitarme; lárgate de aquí!".

La señora, espantada, nunca imaginó que se tratara de una broma y de inmediato se paró para irse, pero quizás fue tanta la impresión que apenas había dado unos pasos y cayó fulminada por un infarto. Juan estaba tan tomado que ni cuenta se dio del desmayo de su madre y se fue a seguir la parranda, hasta que al llegar a su casa por la noche vio el velorio. 

Fue hasta el día siguiente, ya en sus cinco sentidos, en que le “cayó el veinte” y fue tal su remordimiento que se hundió aún más en la bebida hasta que a las pocas semanas acudió a ese mismo árbol en el panteón y se ahorcó.

Todo este caso fue conocido y circuló de voz en voz a través de las siguientes generaciones debido a que Juan tenía a un confidente de parrandas a quien le platicó todo, su nombre era Melitón e incluso le dejó una nota póstuma explicando el motivo de su suicidio.

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