13 de Noviembre de 2018

Yucatán

Tradiciones y extrañas costumbres en panteones

Mientras que México festejamos a los Fieles Difuntos, en otro lugares de Latinoamérica se les teme porque creen que jalarán a algún familiar al más allá.

Los jíbaros del Amazonas son cazadores de cabezas, pero no acuden a los cementerios por temor a que los muertos se los lleven. (Jorge Moreno/SIPSE)
Los jíbaros del Amazonas son cazadores de cabezas, pero no acuden a los cementerios por temor a que los muertos se los lleven. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- Hoy hablaremos de algunas tradiciones relacionadas con los cementerios que pueden parecer extrañas o incluso “extravagantes” para mucha gente, aunque comunes y normales para otros.

Una de las cosas más comunes que nos han enseñado nuestros papás y abuelos (seguramente usted ya lo habrá escuchado o incluso hecho) es quitarse la ropa y lavarla inmediatamente después de llegar a la casa tras visitar un cementerio o acudir a un entierro.

Esto ocurre tanto en Yucatán como en todo el sur del país, aunque también, al parecer, en ciudades del centro y norte de México.

Se dice que “es malo” tener esa misma ropa puesta dentro del hogar, pero ¿usted sabe por qué? Hay dos versiones, la médica y la tradicional. Por una parte se piensa (erróneamente) que al estar en un panteón, podemos mancharnos la ropa con bacterias que están en el ambiente, o bien impregnadas en tumbas, paredes, etc. , y por lo tanto contagiarnos de alguna enfermedad.

Según varios médicos, esto es falso, ya que una persona tiene el mismo riesgo de contagio en cualquier otro sitio público; sólo recomiendan una higiene normal y nada extraordinario al salir de un cementerio.

La versión “tradicional” señala que se debe quitar la ropa y lavarla apenas se regrese de un panteón debido a que la “esencia” del difunto podría quedarse impregnada y eso evitaría que descanse en paz.

Simulacros de muerte en panteones

Los Rapusi, etnia de de Etiopía (Africa), tienen como ritual hacer un simulacro de entierro durante al menos dos veces en la vida; es decir, cuando son adultos rentan un ataúd, se meten en él, y sus familiares cercanos le lloran y después lo llevan al panteón, tal y como si en verdad hubiera fallecido.

Esto al parecer es con el objetivo de valorar más la vida y por si fuera poco, cuando cumplen 50 años de edad lo realizan de nuevo; esto lo hacen tanto hombres como mujeres ¿se animaría usted?

Jíbaros: Cazadores de cabezas, pero no de panteones

Esta tribu del Amazonas (Ecuador y Perú) tiene como “pasatiempo” cortar y reducir las cabezas de sus enemigos y extraños que osan internarse en sus selvas y territorios. Mediante un complejo sistema, reducen las cabezas con ciertas pócimas, amarran otra vez la piel y las exhiben en las entradas de sus chozas.

Muchas veces se deshacen del cráneo y lo rellenan con grasa de cerdo y dan forma a la piel.

Por extraño que pareciera, le tienen “terror” a sus cementerios y cada vez que fallece algún integrante de la tribu, los familiares no acuden a las ceremonias ni a los entierros, ya que consideran que es de mala suerte y que seguramente el fallecido “jalará” a otro vivo. Además, tampoco acostumbran a visitar a sus difuntos nunca.

Rezan por los “vivos” en los panteones

La tradición de asistir en días de Fieles Difuntos al cementerio para rezar por las almas de quienes ya abandonaron este mundo, está acompañada de un profundo sentimiento de devoción, pues se tiene la convicción de que el ser querido pasará a una mejor vida, etc., sin ningún tipo de dolencia, como sucede con los seres terrenales.

Sin embargo, alguna creencia “contraria” es la de los incas en Perú, ya que cuando se les muere algún familiar, rezan no sólo por el alma del fallecido, sino también le piden de manera muy ferviente que no se lleve a un ser querido que –por alguna enfermedad o su avanzada edad- esté en riesgo de fallecer-, pues se dice que las ánimas cuando regresan tratan de llevarse a un acompañante, preferentemente un familiar o amigo cercano.

Es importante mencionar que esto sólo tiene efecto en el panteón, y no en casas particulares, iglesias u otros lugares.

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