12 de Noviembre de 2018

Yucatán

'¡Estén alegres, el Señor está cerca!'

En contra del pesimismo, la desconfianza y la angustia, hay una bella noticia de esperanza y liberación: el nacimiento de Cristo.

El mensaje de humildad de Cristo debe penetrar en nuestro corazón, junto con el de fidelidad de Juan el Bautista. (SIPSE)
El mensaje de humildad de Cristo debe penetrar en nuestro corazón, junto con el de fidelidad de Juan el Bautista. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- III Domingo de adviento

Is. 35, 1-6.10; Sal. 145; Sant. 5.7-10; Mt. 11,2.10

I.- Is 35, 1-6,10

Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca. (Antífona de entrada, Fil. 4,4.5).

En esta grande obra profética de 66 capítulos convergen tres grandes profetas diversos: el Isaías clásico, s. VIII a.C., así como autores anónimos de la época del exilio VI a.C., que convencionalmente se han llamado segundo y tercero Isaías.

La lectura de hoy pertenece al segundo Isaías que canta el regreso de Israel del exilio de los campos de concentración de Babilonia hacia Palestina, abandonado en el 586 a.C., por la invasión y destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor.

El camino del regreso es una procesión festiva semejante a la que conducía a los Judíos a la fiesta de Pascua.

Todo parece transformarse; el desierto parece florecer, y los ciegos, sordos, cojos y mudos de Israel, no se alivian de pronto, pero en todos ellos brilla la luz de la Esperanza, que transforma la desolación del desierto y de los sufrimientos, y hace renacer el gozo del don de vivir.

“Gozo y felicidad los seguirán porque la pena y la aflicción habrán terminado” (Is. 35,10).

Bien decía San Agustín: “La vida sin esperanza, es como la superficie de un lago en un día de nubes espesas, que se ve como metálica y gris. En cambio la vida con esperanza, quedando materialmente la misma, se transfigura la superficie del lago, permanece la misma, pero se vuelve un espejo de colores cuando el sol brilla en el cielo”.

II.- Santiago 5,7-10

Este texto se encuentra en la última parte de la carta, alentó a los pobres y regañó a los ricos. En tal contexto presenta la Parusia del Señor como una obra de justicia a favor de los pobres.

Tiene tres secciones: 

  1. Sean pacientes.
  2. No se lamenten. 
  3. Tengan como modelo a los Profetas.

1º. Sean pacientes (Sant. 5,7-9).- Los pobres son los que más sufren a veces las persecuciones de los poderosos, y por la escasez de sus recursos y de su capacidad de defenderse, pueden perder la paciencia.

La venida del Señor se presenta como liberación de la persecución. Como el agricultor que espera con paciencia la maduración y obtención de los frutos de la tierra. La paciencia la fortaleza para: “mantener firme el ánimo”.

2º. Evitar la murmuración (Sant. 5,9).- La murmuración interna en la comunidad de creyentes y la crítica recíproca, en cierta forma anticipan el día del juicio y tienden a suplantar al juez. Sabemos que sólo es juez Aquel que te redimió en la cruz.

3º. El ejemplo de los Profetas (Sant. 5,10).-Siempre son útiles los modelos de comportamiento sobre todo cuando se hacen vida por una persona ejemplar.

La virtud ejemplar es la perseverancia activa, consistente, de por vida y valiente.

En la tradición de Israel los Profetas se consideran mártires, sus sufrimientos son consecuencia de su fidelidad inquebrantable al Señor, del cual ellos comunican su voluntad, y por ello obtienen persecución y muerte.

Paciencia significa soportar los sufrimientos que nos infligen los demás, en una constancia como actitud dinámica, activa y con iniciativa. En una participación comunitaria intensa y comprometida, que excluye todo, flojera y dejadez.

III.- Mt 11, 2-11

La pregunta del Bautista, tiene siempre actualidad: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt. 11,2). Para los contemporáneos de Jesús, como para nosotros ahora, la respuesta puede asumir formas lejanas a su auténtica realidad y, sin embargo, Cristo deberá ser siempre definido en esa dimensión: quizá porque además de la sorpresa y la desorientación que habrá en torno a la persona de Jesús, podría también él vivir una esperanza: la que de ese poderoso liberador pudiera hacer algo por él, encerrado en aquella terrible cárcel y ante un inminente trágico fin.

Jesús al responder a los discípulos del Bautista, establece un diálogo con la gente a base de interrogaciones retóricas, para realizar así un elogio de admiración incondicional a este profeta, llegando a afirmar que: “entre los nacidos de mujer no hay ninguno más grande que Juan el Bautista (Mt. 11,11).

Está clara la conclusión de este diálogo de Jesús con la multitud. El testigo y precursor de Jesús es el verdadero Profeta que prepara el camino al Salvador.

La profecía de Juan Bautista y la predicación de Jesús representan las dos “economías”, como las llamaban en griego los Padres de la Iglesia: es decir, las dos etapas de la historia de la salvación del Antiguo y Nuevo Testamento.

Orígenes llamaba al primero la “sombra” que preanuncia los bienes futuros sin aún poseerlos y llamaba el segundo “imagen” que significa posesión real de los bienes futuros, pero “como en un espejo” (ICor. 13,12), según la conocida expresión paulina, San Gregorio Naciazeno escribió: “El Antiguo Testamento proclamaba abiertamente al Padre y un poco veladamente al Hijo; el Nuevo Testamento ha manifestado al Hijo y nos ha permitido conocer la divinidad del Espíritu y el Espíritu ahora nos da una visión más clara de sí mismo”. Esto se hizo por etapas, porque de otra manera habríamos quedado sobrepasados y abrumados por semejante revelación, y volviendo nuestros ojos todavía tan débiles para mirar la luz del sol, habríamos tenido el riesgo de por ellos perder toda posibilidad (Discursos 31,26). Juan es el último y más grande de los Profetas de la primera revelación que es la hebrea, Jesús es la realización definitiva de los cristianos, por ello escribe San Ireneo de Lyon: “Porque era imposible sin Dios, conocer a Dios, y a través de su Palabra, Él enseña a los hombres a conocer a Dios” (Contra las Herejías 4,5,1).

No obstante la grande alabanza a favor del Bautista, Jesús añade: “Sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos, es todavía más grande que él” (Mt. 11,11).

Y esto porque el más pequeño pertenece ya al Reino, del cual el Bautista es tan sólo el precursor.

La luz que ilumina el Nuevo Testamento es Jesús, que es el Sol. El Antiguo Testamento es la aurora.

Decía San Ireneo: “La ley que había iniciado con Moisés era normal que terminara con Juan, porque había llegado ya el cumplimiento y la realización en Jesús” (Contra las Herejías 4.4.2). Sólo Cristo “fue todo verdad”, decía Tertuliano (La carne de Cristo 5,2,8).

Él establece el premio para el catecúmeno que iniciado en los misterios cristianos, “corre en el estadio de la verdad”, como escribe San Clemente de Alejandría (Protelico 96.3).

Pero el esforzado pasaje de la aurora a la luz del sol no lo esperaron tan sólo los judíos y Juan fue el precursor. Cada uno de nosotros debe de realizar ese pasaje. Comenta al respecto Orígenes: “Pienso que se puede decir de cada uno de nosotros –como cristianos-, porque dos gentes y dos pueblos están dentro de nosotros; en nosotros está la Iglesia y la sinagoga, Abel y Caín, Esaú y Jacob, Agar y Sara… (“Homilías acerca del Génesis” 12,3).

Es un pasaje lento y fatigoso, no es pues de maravillarse como decía Tertuliano: “Ninguno se avergüense de haber hecho tan sólo progresos, porque también en Cristo, la ciencia comporta etapas” (Depudicitia 1,10).

En nosotros convergen los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo, con secuencias en que se alternan las luces y sombras, por lo que no sabemos cuál prevalece en nosotros, bien decía por ello San Agustín: “Quien lo entiende te confiesa, y quien no lo entiende te confiesa también, ¡oh, cuánto eres excelso! (Confesiones 11,31,41).

Solo nuestra Iglesia Madre y Maestra, nos puede guiar en este delicado y difícil itinerario como afirma San Ireneo: “Los Patriarcas y Profetas sembraron la palabra con respecto a Cristo, y la Iglesia ha cosechado, es decir, ha recogido los frutos” (Contra las Herejías 4,25,3).

El tema de la esperanza que se traduce en alegría, invade toda la etapa del Adviento. Se le repropone al creyente la confianza en la vida y la historia humana que ha sido impregnada de historia de salvación.

En contra del pesimismo, la desconfianza y la angustia, hay una bella noticia de esperanza y liberación: el nacimiento de Cristo.

Debemos saber responder a la interrogante del poeta Ruso A. Puskin: “un don vano y casual, la vida, ¿para qué me fuiste concedida?

El evangelio de hoy nos invita a no confundir: gozo con triunfo, paz con poder, Mesías con  emperador.

Es importante la bienaventuranza del V.6: “dichoso quien no se siente defraudado por mi” (Mt. 11,6).

Jesús vive y está presente en quienes aman a los que sufren, a los vejados, ciegos, minusválidos, abandonados, excluidos, los empobrecidos, los marginados. El que no ama con ese corazón de Cristo, no tiene a Jesús consigo.

Que pena sería que las fiestas, los adornos, el nacimiento, el arbolito, etc., sirvieran de olvido y desinterés hacia aquellos que son en cambio los predilectos del Señor.

El mensaje de humildad de Cristo, debe penetrar en nuestro corazón, junto con el de fidelidad de Juan, fidelidad a nuestros principios en coherencia con nuestra identidad aunque haya que pagar un alto precio.

No olvidemos que Satanás hace que penetren la tristeza, la inquietud, la angustia y la tensión.

Jesús nos da esa fortaleza, paciencia, confianza y decisión para vivir una vida de paz, dicha, felicidad en la propia realización y servicio generoso a los demás.

“Estén siempre alegres en el Señor, se los repito, estén alegres, el Señor está cerca” (Flp. 4,4 (Antífona de Entrada). Amén.

Mérida, Yucatán, 15 de diciembre de 2013.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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