20 de Noviembre de 2018

Yucatán

Graban voces fantasmas en oficina del Ayuntamiento de Mérida (III)

Las psicofonías recabadas por don German llevaron a Jorge Moreno a la conclusión de que eran de un familiar fallecido.

Aunque Sergio sabía manipular la pistola, bastó una sola bala para quitarle la vida. (Jorge Moreno/SIPSE)
Aunque Sergio sabía manipular la pistola, bastó una sola bala para quitarle la vida. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- ¿Por qué afirmo que las psicofonías que hace un par de años captó don Germán en su sitio de trabajo correspondían a la voz de mi difunto primo Sergio? 

Para que lo comprendan, es necesario regresar 20 años en el tiempo, cuando ni siquiera me dedicaba a la investigación paranormal y yo apenas tenía 16 años de edad.

Nunca voy a olvidar ese sábado 27 de abril de 1993. Había ido al centro de la ciudad de Mérida a comprar una revista de fútbol y al regresar a mi casa, emocionado, estaba a punto de comentarle a mi mamá mi adquisición cuando vi a mi hermana Lidia sentada en una silla junto al comedor, con su mirada perdida y lágrimas brotándole de los ojos… mi primo Sergio acababa de morir.

¡Cómo era posible! 26 años de edad, hijo ejemplar, casado, tenía dos hijas (una de 4 años y la otra de apenas 2 meses), sin ningún vicio, y con todo un futuro por delante…

-Se disparó accidentalmente con una pistola, estaba en su trabajo, se disparó en la cabeza, alcanzó a decirme mi mamá antes de estallar en llanto. Yo aún no lo podía creer. Mi primo trabajaba como encargado del piso de ventas al menudeo en una importante dulcería (El Imperio del Dulce) ubicada cerca de la iglesia de Lourdes, sobre la calle 65, en el centro de la ciudad, propiedad de uno de mis tíos. Sergio era alegre, optimista, bromista hasta no más.

Una sola bala

Sergio tenía en su poder una pistola, la cual había solicitado a nuestro tío “para evitar algún posible asalto”. En varias ocasiones había jugado con ella y bromeado, apuntándole a la cabeza sus empleados e incluso la llevaba a su casa y hasta jugaba “tiro al blanco” con unas botellas en el fondo del patio; sus papás, angustiados, ya le habían pedido a mi tío que mejor se la quitara, pero fue inútil, siempre buscaba pretextos para no devolverla, hasta que llego ese trágico día en que el destino, Dios o alguien más se las cobró por todos esos desplantes.

Sentado en su escritorio, frente a uno de sus empleados, apuntó hacia su cabeza y bromeó una vez más: “mira, a que sí me disparo” y lo inesperado pasó, se supone que la pistola estaría descargada o con el seguro puesto, pero una bala, una maldita bala, decidió guardarse y esperar su destino que ya estaba escrito, aceptó el reto y salió. Impávidos quedaron los empleados, no lo podían creer, no daban crédito a lo que estaban viendo. 

La tragedia y el dolor llegó de esa manera a nuestra familia. Yo tenía en ese entonces 16 años de edad, conviví y admiré mucho a mi primo, sobre todo porque apenas el verano anterior yo había trabajado por casi dos meses (durante mis vacaciones) en la dulcería, y todos los días regresábamos juntos en el camión de la ruta Esperanza o Periférico; yo me bajaba en la calle 10 por 59 y él, un par de cuadras después.

Recuerdo que en ese verano, un jugador de los Leones de Yucatán igualó un récord en la Liga Mexicana de Béisbol al batear dos jonrones en un mismo juego en el parque Kukulcán, pero uno bateando a la zurda y el otro a la derecha. Para los que no saben mucho de este deporte les diré que ésta es una hazaña casi imposible de realizar en un mismo juego. Incluso en las Grandes Ligas es difícil que haya un bateador que lo haya hecho a lo largo de toda su carrera.

Emocionado, se lo platiqué al día siguiente a mi primo justo cuando esperábamos el camión. El me contestó con firmeza y naturalidad que eso era fácil y que él ya lo había hecho varias veces. Con toda ingenuidad pregunté cómo le había hecho para lograr semejante hazaña y él, muy pomposamente me dijo: “Es que tomo 'Chocomilk' todos los días”, para instantes después soltar una gran carcajada. Ese era mi primo Sergio.

Como ésta, hubo muchas anécdotas más, yo lo admiraba y quería ser como él. Ya se pueden imaginar el velorio y el entierro de mi primo; su viuda, sus hermanos, sus tíos, amigos, compañeros de trabajo… decenas de personas que lo querían y admiraban estaba ahí con él, incrédulos ante semejante tragedia.

Mi tía (mamá de Sergio) no asistió a ninguno de los servicios funerarios, pues había sufrido una crisis nerviosa y no había podido siquiera salir de su casa desde que se enteró de la noticia; nunca había visto a una persona llorar tanto, tuvo que recibir atención médica ante la depresión en que cayó.

Rumbo al cementerio

Tras el velorio, el cortejo fúnebre salió rumbo al cementerio; yo acompañe al papá de Sergio (mi tío Pedro) encabezando la fila de vehículos delante de la carroza, él estaba destrozado por dentro, pero era fuerte, me decía que su hijo de una u otra forma se había despedido de él un día antes. Y que meses antes le dijo que cuando muriera iba a regresar y demostrar que hay vida más allá de la muerte. ¿Era posible esto?

Entretanto, en el trayecto rumbo al cementerio tuve una sensación; en nuestro lento andar, la gente que caminaba por las calles y los vehículos que hacían su alto para dejarnos pasar dirigía sus miradas hacia nosotros con una mirada de respeto; a pesar de que la larga caravana (más de treinta autos) entorpecía el trafico, la gente tuvo una actitud de empatía, nos daba un silencioso pésame ante el dolor de familia y amigos.

Hoy, cada vez que veo un cortejo fúnebre en la calle, me viene en la mente la imagen de mi tío Pedro encabezando la caravana de su hijo, con la tristeza que sólo la muerte de un ser querido puede provocar.

Al llegar a mi casa ese lunes, no pasó nada raro, pero el martes, una de mis tías se había comunicado con mi mamá para informarle de varias cosas extrañas que habían sucedido, asegurando que se trataba de mi primo.

Extrañas manifestaciones

En casa de una de mis primas, con la que él había trabajado en los últimos meses, se vio una sombra extraña y se movieron varios objetos sin alguna razón lógica, al mismo tiempo, en casa de otra de mis primas los cubiertos de la cocina cambiaron de lugar sin que nadie los moviera. Incluso mi mamá vio en la noche en su cuarto la sombra de alguien que caminaba en el comedor y a pesar de levantarse y revisar, no encontró a nadie ahí.

Desde hacía algunos años, en la dulcería, los viernes por la noche los empleados tenían permiso de quedarse unas horas luego de su horario laboral para jugar fútbol en los patios de la bodega; varios de ellos aseguran haber escuchado cómo las puertas interiores del local se movían y se azotaba como si alguien estuviera ahí; no había ningún animal ni mucho menos podían ser ratones; en al menos un par de ocasiones huyeron despavoridos ante esa situación, pues pudieron confirmar que no se trataba de ningún bromista, pues las puertas estaban cerradas con candado y nadie de ellos tenía acceso a las llaves, no había explicación lógica y empezó a ocurrir justo una semana después de la muerte de Sergio, quien en vida era “experto” en hacerles bromas…

Días después de su muerte empezaron a suceder cosas extrañas en la dulcería. Yo pensé que me estaban vacilando cuando me lo contaban pero lo pude comprobar. Un día, al entrar a la bodega sentí mucho frío como si estuviera en un congelador, instantes después ¡vi una silueta! Estaba a tres metros de mí, y luego la sombra se plasmó en una pared, primero pensé que era algún compañero que estaba allí, revisé y ¡no había absolutamente nadie! Estoy seguro de que se trata del espíritu de Sergio. Yo soy católico, no creo en fantasmas, pero sí creo en lo que mis ojos ven. Tiempo después me contaron que cuando ves a un espíritu la temperatura desciende, por eso estoy más seguro que lo que vi era el alma en pena de Sergio.

Esta plática que tuve con este empleado de la tienda ocurrió tres años antes que yo me dedicara a investigar sobre estos temas; lo conocí bien y dudo que varios años después de la muerte de Sergio inventara lo que me dijo.

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