18 de Septiembre de 2018

'El barco comenzó a girar, se quedó loco'

Don Raúl recuerda la odisea que vivió en altamar ante la furia del huracán Gilberto, que azotó la entidad hace 29 años.

Don Raúl recuerda que al volver de altamar encontró su casa destrozada. (SIPSE)
Don Raúl recuerda que al volver de altamar encontró su casa destrozada. (SIPSE)
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Manuel Pool/SIPSE
MÉRIDA, Yucatán.- Ayer se cumplió un aniversario más del impacto de ‘Gilberto’, el llamado 'huracán del siglo', y las huellas de su paso aún son visibles en el puerto de Chabihau, donde al salir hacia el mar, abrió una bocana donde aún se pueden apreciar las ruinas de casas de verano que ahí se encontraba, hoy junto a las orillas de un puente, o las famosas bocas de Dzilam de Bravo.

Para el pescador progreseño Raúl Cano Ocaña, que esa tarde vivió una odisea al enfrentar en altamar la furia del fenómeno categoría 5, esos recuerdos sin imborrables, por lo que pidió a los jóvenes que se den cuenta hasta qué punto su vida puede estar en peligro ante una situación de este tipo y tomen las precauciones correspondientes. 

“Yo era el motorista del barco pesquero ‘Víctor II’, y mi primo Jorge Cano -ya fallecido- era el patrón, estábamos trabajando por Cabo Catoche, cuando en la mañana comenzamos a verlos cambios de corriente y el barco comenzó a girar como un compás, se quedó loco, esto es lo que indica que va a haber un ciclón". 

"En las calles se encontraban tiradas grabadoras, televisiones y otros enseres domésticos ya 'amolados'", recuerda don Raúl 

“Entonces les dije a mis compañeros que era mejor regresar a Progreso, aunque algunos querían fondearse para capearlo”, recuerda.  

Don Raúl comenta que en el camino se encontraron con el “Cherna VIII”, y le dijo a su patrón, apodado “Burundango”, que ellos regresaban al puerto de abrigo, a lo que respondió: “Están locos, sólo va a pegar una turbonada”.

“Ya después que pasó todo, los vimos con la embarcación totalmente destrozada en Progreso, y nos enteramos que sus tripulantes estaban guardados en las bodegas, que por cierto, fue lo peor que pudieron hacer, ya que de volcarse no hubieran podido salir a la superficie”, explica el entrevistado. 

“Eran las cinco de la tarde cuando pasamos Las Coloradas y en medio de los fuertes vientos remolcamos a otro barco del mismo patrón, ‘El Candelaria’, que por momentos no alcanzamos a ver, ya que las olas lo cubrían completamente”,  comenta.

“Afortunadamente la marejada vino boba, no reventaba eso nos ayudó, pero en la travesía llegó un momento tan difícil que los compañeros ya querían cortar los cabos para abandonar el barco que remolcábamos a su suerte y evitar que ocasionara un posible naufragio”. 

El  entrevistado se opuso firmemente, ya que con seguridad  hubiera muerto toda la tripulación. 

“Finalmente después de varias peripecias y 18 horas de viaje, llegamos a las cinco de la mañana al Puerto de Abrigo, donde el agua ya había cubierto totalmente el muelle, recuerdo que amarramos el barco bajamos, al llegar a la casa me encontré con que un tronco había roto la puerta, y los techos de lámina ya habían volado y mi familia se fue a resguardar a Mérida”, menciona con nostalgia.

“Sin luz los siguientes días la rapiña estaba a la orden del día, en las calles se encontraban tiradas grabadoras, televisiones y otros enseres domésticos ya ‘amolados’ por el agua”. 

“Al terminar el huracán, regresamos al puerto de abrigo y nos encontramos que muchas embarcaciones fueron arrastradas a los manglares, fuimos hasta allá y nos encontramos la sorpresa que en el lugar había muchas boas que buscaron refugio, nos ‘pegaron’ un susto tremendo, pero rescatamos los barcos”, finalizó. 

Un huracán con mucha fuerza

Unas 13 horas tardó el huracán en cruzar territorio peninsular en su trayecto oblicuo del Caribe al Golfo de México. 

Tocó tierra al amanecer -nos referimos al ojo, que es el que marca la posición “oficial” de un huracán- en las cercanías de Playa del Carmen, en Quintana Roo. 

De ahí fue avanzando hacia el noroeste, a las 15:30 horas de la tarde, pasó por la zona de Tizimín, y a las 19:00 horas de la noche abandonó la costa para entrar al Golfo de México en las proximidades del puerto de Telchac. 

Lo más cerca que llegó a estar el vórtice de la ciudad de Mérida, fue a 21:00 horas de la noche del miércoles 14 de septiembre de 1988, cuando se le ubicó a 73 kilómetros al noroeste del observatorio meteorológico de la capital yucateca, y la máxima intensidad de los vientos que la azotaron fue de 124 kilómetros por hora esa misma noche.

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