18 de Diciembre de 2017

Yucatán

Homilía: Adviento, camino para el encuentro con Jesucristo

La persona que espera de verdad tiene confianza en el cumplimiento de las promesas de Dios, y vive una auténtica espiritualidad con gozo.

El cristiano de hoy está llamado a la esperanza vivida con gozo y gratitud hacia el Señor que ha venido para estar con nosotros. (SIPSE)
El cristiano de hoy está llamado a la esperanza vivida con gozo y gratitud hacia el Señor que ha venido para estar con nosotros. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- I Domingo de Adviento Ciclo C

Jer. 33,14-16; Sal. 24; 1Tes. 3,12-4,2; Lc. 21,25-28.34-36

Comienza hoy el periodo litúrgico de Adviento, que significa expectativa, preparación, deseo, esperanza de la llegada al mundo del Rey Vencedor, de quien había de instaurar la justicia y la paz.

El Ciclo del Señor, llamado también Propio del Tiempo, y con el que abrimos el año litúrgico, comienza el domingo primero de Adviento y termina con la semana que sigue a la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, que hemos celebrado la semana pasada.

El Adviento, como espíritu de espera y de tensión hacia el futuro, atraviesa todo el Antiguo Testamento; pero no se agota ni siquiera con la venida de Cristo, el personaje que no sólo Israel, sino el universo entero ha esperado por milenios. La historia de Cristo no se limita al espacio de tiempo en que Él “plantó su tiempo entre nosotros” (Cf. Jn. 1, 14); sino que continúa en la experiencia siempre nueva que los hombres de todos los tiempos tendrán de Él, hasta su retorno final en la gloria.

Jer. 33, 14-16

La primera lectura de hoy nos presenta un texto de Jeremías, enmarcado en una perspectiva de renovación material y espiritual del pueblo judío, devastado por el largo sitio del ejército de Babilonia. Dios, que es fiel a sus promesas, no podrá fallar en la que hizo a David, por boca del profeta Natán, de darle un descendiente que ocupe para siempre su trono.

El profeta, con la capacidad que tiene de ver más allá de las apariencias, proclama que Dios no abandona a su pueblo y que llegará el día de la restauración y de la reunificación (durante mucho tiempo el pueblo había estado dividido en los dos reinos de Israel y Judá). Pero el punto central de la esperanza de Jeremías lo constituye el anuncio de un rey suscitado por Dios, un descendiente de David que gobernará tal como Dios quiere, con justicia y bondad.

I Tes. 3,12-4,2

La primera Carta a los tesalonicenses es considerada la más antigua que se ha conservado de las que escribió el apóstol Pablo. Se dirige a una comunidad que estaba especialmente preocupada por el fin de los tiempos y el retorno de Jesús, que consideraban inminente. San Pablo les aclara algunas dudas sobre estas cuestiones, pero también les da indicaciones concretas sobre la forma de vivir como cristianos en el tiempo presente.

Una de las actitudes que no podía faltar en la exhortación paulina es el amor. Los creyentes deben esforzarse para ponerlo en práctica cada vez con más intensidad, sin olvidar, sin embargo, que el crecimiento del amor será un don de Dios. Pablo habla a los tesalonicenses del amor entre ellos y hacia todos: el amor cristiano no puede quedar encerrado en el propio grupo, es preciso manifestarlo en las obras de la vida cotidiana. En realidad, lo que pide a los tesalonicenses es que se mantengan fieles en su forma de vivir a los que él les había enseñado al principio, e ir progresando en ese camino. Pablo pide que no se conformen con lo que hacen, sino que avancen cada día más.

La insistencia de Pablo viene motivada por el hecho de que no habla por sí mismo, sino en nombre de Jesús, y con instrucciones que vienen de Jesús. El texto no dice solamente que Pablo tenga una autoridad que viene de Jesús o que quiere llevar a la gente a creer en Él, sino que él es portavoz y transmisor de la enseñanza de Jesús, de la tradición evangélica que Pablo ha recibido y que predica.

Lc. 21, 25-28. 34-36

Con el lenguaje apocalíptico de su tiempo, el evangelista preanuncia la  renovación de la creación y de todas las cosas, cuando “el Hijo del hombre vendrá sobre las nubes, con poderío y gran gloria” (Lc. 21,27). Un mundo nuevo que se anuncia, en el que la gloria de Dios y de Cristo será absoluta, no amenazada por las turbias potencias del mal.

Este mundo nuevo, si por una parte es creación y regalo de Dios, por otra es también fruto de la cooperación del hombre, ya que él lo prepara y lo anticipa, con la santidad de la vida y su espíritu de expectativa y vigilancia. Vigilando y orando en todo momento, el cristiano hace de su vida un continuo tiempo de Adviento.

Así, vigilando y orando, actitudes que todo cristiano debe vivir, nos prepara a la venida del Hijo del Hombre que nos trae la liberación definitiva, de la que ya participamos por su cruz, y por la que luchamos en medio de la historia humana. Una liberación que nos desata de la esclavitud del pecado. Esta liberación que se manifiesta en la redención se encarna también en la fragilidad de nuestras tareas y compromisos.

Jesús esperó activamente la venida del Reino. Y, porque esperaba, encontró lo esperado: una nueva vida de resucitado. El cristiano debe esperar, al modo de Jesús, la plenitud del Reino, a pesar de los fracasos, de los “signos” catastróficos, de “lo que se nos viene encima”. Espera con firmeza quien espera la “liberación”, para lo cual es necesario tener una actitud básica de vigilancia: “Velen, pues, y hagan oración continuamente”.

Conclusiones

1.- La esperanza es el entramado de la vida. La persona que espera de verdad tiene confianza en el cumplimiento de las promesas de Dios.

2.- La liturgia de Adviento desarrolla una auténtica espiritualidad, centrada en la venida del Señor y en su espera. El cristiano de hoy está llamado a la esperanza vivida con gozo, con gratitud hacia el Señor que ha venido para estar, ser el Emmanuel, el Dios con nosotros.

3.- El miedo, la angustia y el fracaso, Jesucristo los ha vencido en su redención. Seamos partícipes de esta Buena Nueva, manifestando en la propia convicción, renovando en nuestra vida los signos de fe que este tiempo de Adviento nos propone para celebrar el acontecimiento de la Navidad en cada una de nuestras familias.

4.- Al comenzar el Adviento con esta celebración de la Eucaristía, avivemos nuestra fe en la presencia del Señor Jesús en nuestras vidas y en su venida gloriosa al final de los tiempos.

Mérida, Yuc., a 2 de diciembre de 2012.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Arzobispo de Yucatán

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