15 de Diciembre de 2017

Yucatán

'Del encuentro con Jesús: la salud y la vida'

XIII Domingo Ordinario. Lecturas: Sab1,13-15; 2,23-24; Sal 29; 2 Cor 8,7.9. 13-15; Mc 5,21-43

Un compromiso concreto y coherente significa dejarse guiar de la verdad que encierran las palabras de Cristo, y sobrepasar tantas mentiras y apariencias, que se viven en nuestro mundo tan secularizado y condicionado por las modas y los medios. (Imagen de contexto).
Un compromiso concreto y coherente significa dejarse guiar de la verdad que encierran las palabras de Cristo, y sobrepasar tantas mentiras y apariencias, que se viven en nuestro mundo tan secularizado y condicionado por las modas y los medios. (Imagen de contexto).
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I.- Hoy la palabra de Dios nos invita a celebrar la vida

Dios está siempre a favor de la vida, Él la crea y conserva. Sólo por la envidia del diablo la muerte entró al mundo. Jesús actúa al servicio de la vida, dos curaciones en una narración, y la salud es algo que emana de la persona misma de Jesús.

La colecta que san Pablo solicita a favor de los fieles de Jerusalén, es una ayuda a los necesitados; es un consejo sabio del Apóstol de que: “la abundancia de los unos, sirva para remediar las carencias de los otros”.

II.- Nuestro Dios es un Dios de vida

La obra de Dios es para comunicar ésa vida, Él es “El Señor de la vida”, y todo lo que Él hace es para conservar, proteger y cuidar esa vida. Que es la vida que está detrás y dentro de cualquier cosa que se mueva, que además tiene múltiples expresiones ya sea una florecita que dura un día, o un pajarito que canta, o la cría de un animalito, o el rumor del viento, el flujo y reflujo del mar en sus mareas, etc.

Por ello se dice que el misterio de la vida se identifica con el misterio del Absoluto.

Existir es fácil, porque venimos a la vida sin ser consultados y debemos a través de nuestra vida descubrir el sentido de la existencia y por lo mismo los deberes que se siguen como consecuencia.

Vivir se hace un reto, porque tan solo en el autoconocimiento y evaluación, la existencia se abre a la vida.

Las calles de nuestra ciudad pueden recorrerlas personas que no nacieron socialmente jamás, otros que murieron mucho antes de que su existencia se consolidara; y otros que continúan con pleno dinamismo.

Existe el peligro de que el don de la vida en lugar de amarlo, agradecerlo, cuidarlo y potenciarlo; lo viva uno pero con un sentido nostálgico, o deseos veleidosos y pasajeros; o fabricando los ídolos a los que se ofrecen tantos sacrificios,  frutos de los esfuerzos de cada día,  y lo que debemos hacer es acabar con las idolatrías, procurar meditar y profundizar el misterio de Dios, y comprender la vida como un don incomparable.

Cuando se cree en Dios, cuando se ama a Cristo, cuando se respeta a la persona, y se protegen todas las manifestaciones de vida, se vuelve ese gusto por la vida, ese aprecio y valoración de la vida, como Don, regalo y gracia; y no reduciendo nuestra actitud a una mera defensa.

Darle significado a la existencia, sentido a la vida, a la luz de la Escritura –Palabra de Dios-  a la luz de la enseñanza de la Iglesia, para crear en nuestro interior esa serenidad, gozo, gratitud que nos permite enfrentar los retos cotidianos, con entereza, decisión, valor y esperanza, propios de la mirada de la fe sobre la existencia humana y la vida.

No debemos plantearnos la cuestión diciendo: ¿Qué sucede si no vivo mi vida?; sino más bien: ¿Qué le sucede a la vida si yo no vivo lo que soy, si no aprovecho mi tiempo, capacidades, preparación y así doy la aportación que me corresponde…?

La esperanza humana entra en la vida y con ella se alimenta, pero sometida constantemente a la voluntad de Dios, y a la sabiduría de sus designios. “Cuando yo quiero lo que Dios quiere, quiero lo mejor para mí, pues nadie me quiere como Dios me quiere”.

III.- Es Cristo, quien da la vida

Es a través de Cristo que podemos remontarnos a la fuente, vemos en el Evangelio de hoy como comunica la vida con su presencia, con su persona, por medio de sus signos y palabras.

Él es la Palabra por medio de la cual yo puedo llegar a la fuente, al venero, Él es la Palabra del Padre, una verdad que se convertirá en vida para mi existencia.

De la verdad viene la vida, que se alimenta de la misma Palabra que la ha engendrado.

Nadie puede, ni quiere prescindir de Cristo, es algo imposible. Porque Él  es la Palabra, dirigida a cada persona, cuando lo vemos meditamos escuchamos, hacer resonar en nuestro interior un eco, que nos permite comprender y ubicar la verdadera situación de nuestra existencia.

Un compromiso concreto y coherente significa dejarse guiar de la verdad que encierran las palabras de Cristo, y sobrepasar tantas mentiras y apariencias, que se viven en nuestro mundo tan secularizado y condicionado por las modas y los medios.

Tenemos que educarnos a no empantanarnos ante los fenómenos, no podemos modificar o cambiar ciertas realidades, pero sí debemos ante la precariedad de los eventos, trascender el acontecimiento con una mirada serena de la profundidad y perennidad del misterio de Dios y su Providencia.

IV.- La fe, fuente de vida

San Pablo nos dice que la dignidad de la existencia humana radica en su capacidad de reciprocidad.

En la vida debemos fomentar esa correlación y cooperación que son palpables delante del fenómeno de la interdependencia, todos dependemos de todos, pero cada uno puede decir: “Yo soy beneficiario en mil formas por el hecho de vivir en una comunidad, y a esta misma comunidad que es la mía, le puedo servir en una sola dimensión que es mi capacidad, mi profesión, mi especialidad; por ello debo de estar muy agradecido por los beneficios que recibo, y debo de cumplir de la mejor manera mi profesión o especialidad como signo de gratitud y corresponsabilidad con mi comunidad.

La vida se vuelve adoración a Dios cuando:

  • + Se acoge con gratitud al Señor,
  • + se ordena para que tenga adecuada jerarquía de principios Y valores, 
  • + se vuelve así ofrenda de amor a Dios, entrega a la propia vocación, y gestora de solidaridad.
  • + Se transforma en cumplimiento de los designios de Dios y realización de la persona.

De esta manera debemos vivir el sabio equilibrio entre: Verdad y vida, compromiso y generosidad, el ser y el hacer, ideales y posibilidades, planes y realizaciones.

Todo esto a la luz de la vida, pasión, cruz y resurrección de Jesús.

¡Es la fe la que hace posible el milagro!

Cristo te invita: “¡Levántate!” deja tus egoísmos, mezquindades, pesimismos, angustias, tristezas; levanta la cabeza, extiende tu mirada (recuerda que el que saber ver a lo lejos, sabe ver también lo cercano).

Que bello también el buen ejemplo del jefe de la Sinagoga que ruega por su hija, aún cuando todo parecía ya irreversible y concluido. Un papá y una mamá jamás deben abandonar a sus hijos, es un deber entrañable que no admite jubilación.

Esta resurrección nos recuerda el salmo 27:

    “Si cae el fiel, no se queda tirado en tierra
     porque el Señor lo toma por la mano” (Sal 37, 24)

Como también el sentido de la muerte a la luz de la Pascua de Cristo. Como decía San Francisco de Asís: “Alabado sea mi Señor por nuestra hermana muerte”.

Y si observamos todos los santos se conmemoran precisamente el día de su muerte, porque usando el lenguaje de los Padres de la Iglesia podemos decir: “Para los cristianos la muerte es un sueño, y la resurrección un levantarse a gozar del día perfecto y eterno del Señor”.

Dirijamos nuestra plegaria a María, Madre y Maestra nuestra en la fe que nos enseña a creer:

    “¡Dichosa Tú que has creído…”! (Lc 1,45)

Le fe, siempre fuente de vida, “Levántate…”.

Amén.

Mérida, Yucatán, 28 de junio de 2015.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Administrador Apostólico de Yucatán

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