17 de Diciembre de 2017

Yucatán

“Que nada se anteponga a Cristo”

La aceptación de la Cruz no es abnegación masoquista, como esos que se flagelan; sino que es la renuncia al egoísmo.

La del discípulo es una vida de alegría, de amor, de fecundidad, de realización, de paz.
La del discípulo es una vida de alegría, de amor, de fecundidad, de realización, de paz.
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I.- 2 Re 4, 8-11. 14-16

Este texto tiene dos momentos:

1) La hospitalidad hacia el profeta (2Re 4, 8-10)

En la antigüedad sería imposible pensar en los desplazamientos humanos, sin la práctica de la hospitalidad porque no había hoteles. Pero aquí tiene valor especial porque se le ofrece al profeta motivada en la calidad del huésped de Dios y santo. En el Nuevo Testamento la hospitalidad es uno de los varios criterios de la caridad, acerca de los cuales se llevará a efecto el juicio. (Mt 25,38).

2) La promesa profética (2Re 4, 11 14-16)

La promesa del profeta tiene un elemento prodigioso, por la ancianidad del marido de la mujer a la que anuncia que tendrá un hijo. Prepara además el episodio en el que el hijo tan deseado y prometido muere; y el profeta lo traerá de nuevo a la vida. Dios bendice la hospitalidad con el Don de la vida.Para todos habrá siempre más gozo en el dar: “Hay más felicidad en dar que recibir” exclamaba San Pablo a los ancianos de Éfeso, citando una palabra de Jesús no reporta en los Evangelios (Hech 20,35).

II.- Rm 6, 3.4, 8-11

Esta parte que hemos escuchado nos ofrece la teología del Sacramento del Bautismo, como participación a la muerte y resurrección de Cristo, culminación de la redención y por lo mismo perspectiva central de la fe:San Pablo tiene aquí presente el bautismo por inmersión, que análogamente refleja la muerte y resurrección del Señor. Sepultados en el agua, o sea muertos al pecado, resurgimos de la misma como Jesús sale del sepulcro y en su resurrección vence a la muerte, al pecado y a todo el mal que hay en el mundo, para iniciar una vida nueva, la vida de Cristo.

La dialéctica muerte-resurrección de Cristo, se refleja -en participación- en cada bautizado; renovación y vida en la victoria de Cristo, vida orientada en todo por la voluntad del Padre, y en orden a la vida definitiva.Es una orientación integral psicomoral, que condiciona la vida íntegra y conforma al cristianismo en coherencia con su bautismo en una vida en todo conforme a Cristo: “Nada se anteponga a Cristo”. (S. Cipriano “Sobre la oración del Señor” Caps. 13-15)

Este texto de San Pablo es una lección sobre la necesidad de la coherencia entre el ser y el actuar, entre la dignidad y la vida moral del cristiano que ha recibido la semejanza con Cristo, mediante el Sacramento de Bautismo.Esta solidaridad total con Cristo, constituye nuestra auténtica hospitalidad en la fe de Aquel q nos acogió primero amándonos (1 Jn 4, 19), para así estar siempre en el Señor (1 Tes 4,17).

III.- Mt 10, 37-42

El verbo ‘acoger’ “ofrece hospitalidad” que aparece seis veces en la parte de San Mateo que hemos escuchado, es el motivo dominante de la liturgia de la Palabra de este domingo.La hospitalidad en el oriente es la expresión de un diálogo, de apertura, y de una atención, en relación el que está solo, migrante o abandonado (Lev 19, 34).

La acogida debe tener además las delicadezas que son signo no tan solo de que se abre la puerta de la casa, sino que se ofrece la verdadera hospitalidad del corazón.Una ciudad o una comunidad cambian del todo para uno, si ahí está viviendo un familiar o un amigo, es la “geografía del corazón”.

El salmo del Buen Pastor: “Tu preparas ante mí una mesa” (Sal 23), para recordar lo bello que es ser huéspedes del Señor, mientras “Él cena con nosotros…” (Apoc 3,20). Hay una convicción más profunda en la hospitalidad y es aquella que surge de la caridad y sobrepasa la dimensión de la filantropía, de la apertura social, y que procura identificar el rostro de Cristo que se oculta detrás de la fisonomía de aquel a quienes damos el servicio de la acogida. Tres clases de personas representan una significativa presencia del Señor: Los profetas, los justos, los pobres, así decían los rabinos contemporáneos a Jesús: “el enviado es como si fuera la persona misma del que envía”.

Incluso un vaso de agua con espíritu de caridad se convierte en gesto evangelizador y motivo de recompensa divina (Mt 10,42).Hay una acogida definitiva que comporta el seguimiento radical de Cristo, y no solo de los discípulos, sino de los cristianos “hagan discípulos a todas las gentes…” (Mt 28,19).

La radicalidad y totalidad de la exigencia del seguimiento de Cristo, la expresa el Señor en las primeras frases del Evangelio apenas leído. Hay que hacer un acto de confianza absoluta en Cristo, que comporta donación sin reservas, entrega total e incluso cuando se corre el riesgo del martirio.“El objetivo profundo de la admiración, es la exigencia de ser y querer ser, como la persona admirada” (S. Kierkegaard).

Aquí el Evangelio lo expresa con el paralelismo auténtico: “perder-encontrar” (Mt 10,39). La aceptación de la Cruz, no tan solo un ejercicio escénico, ni abnegación masoquista, como esos que se flagelan; sino que es la renuncia al egoísmo, para tener la capacidad de darse, de entregarse, y así encontrar el gozo de una donación que produce gozo y paz, que se compromete de manera abnegada en el servicio al prójimo, en la promoción integral del hermano. “Fijos los ojos en Jesús… en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia…” (Heb 12, 2).

La misión y la acogida a los misioneros expresan una profunda teología. La misión tiene una raíz en Dios Padre, que envía al Hijo y se prolonga en los apóstoles, guiados por la acción del Espíritu. La acogida que se les dé a ellos es acoger a Cristo, es escoger al Padre. Ser verdadero discípulo de Jesús comporta:

  1. En Cristo Dios da al hombre todo; pero ello mismo en la autoconciencia de Jesús, sabe que e uno y todo, y por ello que debe ser el primer lugar y único por encima de todo.Así se comprende la radicalidad de la exigencia del discipulado. El que no establece esa jerarquía de valores, de que Cristo es el primer lugar y el único por encima de todo: “No es digno de Mí” (Mt 10, 37 y 38).
  2. Esa exigencia comporta la Cruz, en el seguimiento de Jesús.Como dijo San Pedro delante del Sanedrín: “Juzguen si es justo delante de Dios obedecer a ustedes en lugar de obedecerlo a Él” (Hech 4, 19).
  3.  La capacidad de acogida, delicadeza y atenciones que comporta la verdadera hospitalidad de corazón.“Veo el rostro de Cristo en cada enfermo atendido” decía San Vicente de Paúl. Servir al huésped, al peregrino, al pobre, al migrante es servir a Cristo.

Morir al propio egoísmo, a los caprichos, a las modas, a las sensaciones, a las emociones y dependencias; para vivir en la libertad del seguimiento Evangélico de Jesús. Esto es ser discípulo de Jesús.“Vivir el Evangelio, sin comentarios…” repetía San Francisco de Asís. Esta vida del discípulo es una vida de alegría, de amor, de fecundidad, de realización, de paz; que edifica, construye, aporta; para lograr cotidianamente en los que trato y sirvo en uno mismo “la victoria de Cristo cada día en mí corazón, en tu corazón, en nuestro corazón…”.

Amén.

Mérida, Yucatán, Julio 2 de 2017

+ Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo Emérito de Yucatán

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