16 de Octubre de 2018

Yucatán

'Viviendo nuestro compromiso con el cielo en el corazón'

La ascensión del Señor. Lecturas de hoy: Hech 1, 1-11, Sal 46, Ef 4,1-13, Mc 16, 15-20.

'Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo, suba también con el nuestro corazón. Bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió Él solo', dice San Agustín. (mossenjoan.com)
'Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo, suba también con el nuestro corazón. Bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió Él solo', dice San Agustín. (mossenjoan.com)
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MÉRIDA, Yuc.- La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta dos narraciones de la Ascensión, la primera en los Hechos de los Apóstoles, y la segunda en el Evangelio de San Marcos.

Esto nos hace comprender que es un acontecimiento sobresaliente en la reflexión de la primera Comunidad Cristiana, un momento de conclusión y meditación de la fe de la Iglesia primitiva, y modelo de pedagogía en la educación de cada creyente.

El papel fundamental de estas lecturas es el de iluminar un cierto tipo de presencia de Cristo, en medio de sus discípulos aún vinculada con esquemas pre-pascuales, y el pasar a otro de la presencia y permanencia del Señor de una manera mucho más profunda y exigente.

Reflexionar y comprender por nuestra parte, la fatiga inherente al camino auténtico de la fe, y que cada creyente está invitado a realizar en su vida, lo hacemos en la perspectiva de Pentecostés -que celebraremos el domingo siguiente-  para dejarnos así guiar por el “Espíritu de sabiduría y reflexión” que San Pablo pide para los creyentes en la segunda lectura. (Ef 1.17).

I Hech 1,1-11

El inicio de la narración de los hechos de los Apóstoles es una descripción de la cotidiana experiencia de los discípulos en el camino fatigoso de la búsqueda de una continúa penetración del misterio de la Resurrección de Cristo, en la espera de la venida del Espíritu que les había sido prometido.

Claramente se los predijo Jesús “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos” (Hech 1,8).

Hemos dicho que “fatigoso camino” porque así lo vemos en cuanto que poco después de su resurrección los discípulos le preguntan: “¿Señor cuándo vas a restablecer la soberanía de Israel? (Hech 1.6).

Y cuando Jesús los conduce a una experiencia de fe más profunda y menos evidente, ya que el Resucitado que había dado tantas muestras y signos de su presencia, se sustrae de su cercanía y ya no lo ven más con sus ojos (Hech 1,9), ellos se quedan perplejos viendo hacia el cielo como que les cuesta renunciar definitivamente a su contexto sociocultural del mesianismo político cómodo y evasivo.

II.- Ef 4, 1-13

La segunda lectura trae consigo un importante complemento, muestra la Ascensión bajo dos aspectos:

1.- Lo primero es iluminar que el acontecimiento de la Ascensión no significa que la Iglesia deba de actuar como solitaria y menos como abandonada de Dios. Sino que será Ella, la que de ahora en adelante, desde lo más alto decide y ordena las diversas misiones personales al interno de la misma Iglesia.

Nunca la Misión se elige por uno mismo, sino que viene convocada desde lo alto, por la acción del Espíritu, que pasa por medio de la Jerarquía, y que está en función de cualidades, dones y capacidades, estos se definen como carismas del Espíritu Santo, en orden al seguimiento e imitación de Jesucristo, puestos al servicio del crecimiento del Reino.

2.- Esta diferenciación al interno de la Iglesia de Cristo tiene como objetivo que es el de guiar a todos a la unidad de la Fe y del conocimiento de Cristo.

La unidad viene como don por la gracia de Dios, pues si hay en el cielo un solo Padre, un solo Cristo y un solo Espíritu que promueven la unidad es la Iglesia a la que a su vez debe de corresponder con una sola actitud de fe y esperanza, con la unidad en torno a los Sacramentos para, que todo convenga, se centralice, se focalice en Cristo Jesús y Él sea “todo en todos” y “la plenitud del que lo consuma todo” (Ef. 1,23).

III S. Marcos 16, 15-20

San Lucas es el único Evangelista que señala “40 días” entre la Resurrección y la Ascensión de Cristo.

Es decir cuando Cristo termina su experiencia histórica aquí en la tierra y se constituye así en el punto de partida e inauguración de la historia de la Iglesia.

En este pasaje se asocian la subida al cielo de Jesucristo, y el envío de los Apóstoles a la misión universal.

El regreso de Cristo al Padre, marca el inicio del envío de la Iglesia a todo el mundo.
Se constituye así en una grande pedagogía para cada creyente. El papel principal es el de iluminar el pasaje de un tipo de presencia de Cristo en medio de sus discípulos, a otro que será en medio de ellos mucho más profundo, y por lo mismo mucho más exigente.

Ser capaces de comprender este camino que cada creyente está invitado a realizar es aprender a conducirnos a la plenitud de la Resurrección dejándonos guiar por el “Espíritu de sabiduría y revelación”, del que nos habla San Pablo (Ef 1,17).

Las palabras de Jesús al despedirse unen el Bautismo con la fe para hacernos comprender la importancia de la aceptación, interiorización y decisión de la fe.

Al bautizar a los niños la Iglesia supone la fe de los papás. Que se responsabilizan a que ese don de Dios, germine, crezca y se fortalezca en el corazón de sus hijos.

El texto dice “el que se resista a creer”, para hacernos comprender que en el uso legítimo de la libertad, puede darse el rechazo de Dios y ello tiene su origen en la soberbia.

Los milagros que acompañarán a los que han creído, pueden ser personales  -y así se piden en el proceso de canonización a favor de los “siervos de Dios”- los numerosos milagros realizados a lo largo de la historia de la Iglesia que acompañan su presencia y crecimiento.

Así lo vemos ya desde los inicios en los milagros de la predicación apostólica (Mc 16,20).

La Ascensión es la réplica normal a la humillación de la Cruz, toda muerte conduce a la gloria, por la cruz a la luz, por el sufrimiento a la plenitud de la realización.

Nuestra también Jesús una soberanía universal, que trasciende los parámetros de lo temporal, y que impulsa y lanza a sus discípulos a la misión universal.

Es la entrada en un nuevo modo de vida, que Él quiere participar a toda la humanidad. Al subir al Padre, preludia la Ascensión de la humanidad redimida. Es la fiesta del nuevo reinado de Cristo, hacia el cual todos peregrinamos.

Ellos al bajar del monte regresan radiantes de gozo(Lc 24.52). Nada ha terminado, sino que todo está comenzando, y la promesa de que han de ser revestidos de la virtud de lo alto los lleva a Jerusalén para ser testigos de un amanecer que se acerca, de una fuerza que viene de lo alto, de una historia que inicia y por su fidelidad les pertenece.

Nuestra dialéctica no es arriba-abajo, -“esquema espacial”-; sino presente y futuro –“esquema temporal”.

El cielo es un acontecimiento, un encuentro, un estadio definitivo de plenitud, hacia el cual peregrinamos.

Deseamos ser felices, en nuestra carne, personalidad, contexto e historia, anhelamos estar con Cristo. Así la hermosa experiencia que Pablo describe: “deseo partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor…, quedarme en la carne es más necesario para ustedes” (Fil 1,123).

El mundo creado espera también la plenitud de Redención (Rm 8,19) y por ello debemos contribuir a su conservación y mantenimiento. Nadie puede justificar su desinterés o pereza, en la transformación del mismo.

Debemos permanecer atentos y vigilantes, para encontrarnos con el Señor en la Eucaristía, en su palabra, en el mensaje del acontecimiento (Rm 8, 28) y en el hermano, particularmente si enfermo, necesitado, pobre o marginado.

Bien dice San Agustín:

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo,suba también con el nuestro corazón.
Bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió Él solo, puesto que nosotros subimos también con Él por la gracia. Él por nuestra causa se hizo Hijo de Hombre, y nosotros por Él hemos sido hechos Hijos de Dios”. (Sermón Mai 98 “Sobre la Ascensión” 1-2)

IV Conclusiones

1) La Ascensión es una invitación a comprender en su totalidad el misterio de Jesucristo. “verdadero hombre”: Nacido de la Virgen María que vivió la experiencia de la historia humana, murió y resucitó con su mismo cuerpo; “verdadero Dios”: hijo del Padre, encarnado milagrosamente en la Virgen María por obra del Espíritu que asciende a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre.

2) Cristo resucitado y habiendo ascendido, puede superar todo límite de espacio y tiempo y estar presente en la Iglesia en Su Palabra y la Eucaristía, en todo momento.

3) Delante de los incrédulos, dudosos, o agresivos hacia el misterio de Cristo y la Iglesia, nuestra respuesta es aceptar el reto del mandato misionero de Cristo: “fueron y proclamaron el Evangelio” (Mc 16,18).

4) Sabemos que nuestra historia humana tiene sentido y es trascendente;  que nuestro compromiso y trabajo, promuevan la persona, transformen nuestro mundo cultivándolo, identificándonos  con los más pobres y necesitados, no para aumentar su odio y rencor,sino para promoverlos y dignificarlos, y así realizar su única y maravillosa experiencia de vida llevándola a cabo en armonía con la voluntad de Dios.

5) Concluimos con las palabras del Prefacio:

“No se fue para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos a donde Él nuestra cabeza y principio nos ha precedido”. ¡Adelante, Mar Adentro!. 

Hoy se celebra la XLIX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que tiene como lema: “Comunicar la Familia: ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor”.

El Santo Padre nos invita a recordar que: “La familia es, más que ningún otro, el lugar en el que, viviendo juntos la cotidianidad, se experimentan los límites propios y ajenos, los pequeños y grandes problemas de la convivencia, del ponerse de acuerdo.

No existe la familia perfecta, pero no hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos; hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón.

El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar.”

Los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias.

La pueden obstaculizar si se convierten en un modo de sustraerse a la escucha, de aislarse de la presencia de los otros, de saturar cualquier momento de silencio y de espera, olvidando que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido».

El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Narrar significa comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.

Animo y recomiendo de manera muy especial lo que el Santo Padre nos invita a reflexionar en su mensaje, para lograr un mundo cada vez mejor buscando el diálogo, la armonía y la paz de todos los hombres y sus familias. Así sea.

Mérida, Yuc., Mayo 17 de 2015.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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