21 de Septiembre de 2018

Yucatán

La Cruz de Cristo, aparente victoria del odio

Cristo es el recapitulador de todo en Sí mismo, clavado en la Cruz, pero una Cruz iluminada y comprendida a la luz de la Resurrección.

Con la fiesta de Cristo Rey culminaron el año litúrgico y el “Año de la Fe”, decretado por Papa Benedicto XVI. En la imagen, la celebración después de la misa en el parque del fraccionamiento Juan Pablo II de Mérida. (Wilbert Argüelles/SIPSE)
Con la fiesta de Cristo Rey culminaron el año litúrgico y el “Año de la Fe”, decretado por Papa Benedicto XVI. En la imagen, la celebración después de la misa en el parque del fraccionamiento Juan Pablo II de Mérida. (Wilbert Argüelles/SIPSE)
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SIPSE.com
MÉRIDA, Yuc.- 2 Sam. 5,1-3; Sal 121; Col. 1;12-20; S. Lc. 23,35-43.

Con la fiesta de Cristo Rey culminamos el año litúrgico y este año particularmente, junto con toda la Iglesia, culminamos el “Año de la Fe” que el papa Benedicto XVI tuvo a bien convocar, al decirnos que:

“…el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)” 

El viernes pasado, con una magna celebración eucarística, junto con todo el presbiterio, la vida consagrada y el pueblo de Dios, clausuramos solemnemente en esta Arquidiócesis, este año, en donde como Iglesia dimos testimonio y renovamos nuestro compromiso con el Evangelio.

El tema de las últimas realidades de este mundo ha sido constante en estas semanas.Confirmados por la fe en la certeza de la resurrección  de los muertos, cuya primicia es Cristo, y por la esperanza de la transformación del orden histórico presente, la Iglesia nos invita hoy a contemplar al Señor, Soberano definitivo de este Reino.

El final de la historia no es una catástrofe cósmica fruto de circunstancias casuales, o de errores trágicos de la perversidad humana; sino la conclusión de una fase del plan de Salvación, en el que nos encontramos por Providencia de Dios, con la confianza en la Redención y Remisión de los pecados, aunque no haya llegado a su expresión definitiva.

Como suelen afirmar los teólogos: la salvación de Cristo ya ha acontecido, pero todavía  no se ha manifestado en plenitud.

En la asamblea litúrgica, especialmente en la EUCARISTÍA, CRISTO REY está presente para ejercer sus poderes reales, nos propone la escucha y profundización del Evangelio, nos promete -como al buen ladrón- el paraíso, nos invita al homenaje filial a Dios Padre, nos juzga en nuestra conciencia, e intercede por nosotros para realizar –con el don del Espíritu Santo- esa grande vida cristiana de “reinar sirviendo”.

En la misa, por la transubstanciación, Cristo se hace presente real y verdaderamente en el pan y en el vino. Cumple así su promesa de estar con nosotros, “hasta el final del mundo” y nos hace participar en ella de su Señorío sobre todas las cosas en la anhelante espera del tiempo en el que Él será “todo en todos”.

I. Cristo Reina desde la Cruz

Es muy interesante ver cómo el Reino imaginado en la muerte de Cristo no es de dominio sino: “Reino de verdad y de vida, de Santidad y de gracia, de justicia, amor y de paz” , a ello se refiere simbólicamente la primera lectura cuando se narra la exclamación popular hecha a David: “El Señor le ha dicho; tu cuidarás de mi pueblo, tu serás guía jefe en Israel” (2Sm.5,2).

Si bien sabemos, por las páginas de la Biblia, que David se manifestó como rey a veces débil y pecador, y como los que le sucedieron con injusticias y sangre; así el poder no deja de mostrar su rostro terrible y opresor.

En esa secuencia del hilo conductor de la dinastía de David, no obstante sus fallas, nos encontramos con su continuidad hasta el texto que hoy leemos, y en el que Cristo, centro de la historia, no ejerce su función real de manera triunfalista, sino a través de la donación y entrega por amor hacia los hombres.

En el evangelio según San Lucas, Jesús es alzado sobre un madero de condena destinado a los esclavos, rodeados de insultos, relegado como deshecho de la humanidad, y conducido a dar un signo de perdón; y ello nos permite  comprender lo esencial de este Reino: que está abierto para todos, de manera especial a los más pobres, pequeños y despreciados, como el publicano en la parábola (Lc. 18,13); como Pedro y Zaqueo (Lc.5,8 y 19,1); como el malhechor arrepentido.

Estos, que son tenidos como “los últimos”, son los que entrarán gloriosamente al Reino, son los que podrán escuchar mejor aquellas sorprendentes e inesperadas palabras de Jesús: “En verdad te digo, que hoy entrarás conmigo en el paraíso”. 

Lo  contrastante es que Cristo reina desde la Cruz, ella es su trono, que se levanta en medio del desprecio de los poderosos, de la conveniencia de los políticos, de la brutalidad de los soldados, y de la negación y huida de los amigos.

Por ello, la Cruz de Cristo es signo de juicio y contradicción, la aparente victoria del odio, es el gran triunfo del amor y la misericordia.

En ella Cristo es invitación para seguir el camino del bien, es fortaleza para reparar el odio y la contradicción, es llamado a acogerse a la misericordia y al perdón.

Este es el motivo conductor del himno grandioso de Colosenses (2º lectura) y es la plegaría ideal para esta solemnidad, pues es un himno de gratitud por el gran don del Reino (Col.1,12).

Así se entienden las etapas del ingreso a este Reino; es el itinerario de la eficiencia cristiana que pasa de la opresión del mal (las tinieblas) al perdón de los pecados, para alcanzar la herencia, es decir, la nueva tierra prometida y obtener así la suerte definitiva de los Santos en la luz de Dios.

El himno brilla en una gozosa celebración de Cristo y su Reino y lo hace con dos grandes destellos: uno de la función cósmica de Cristo (v.15 al 17), y el otro de su función salvífica histórica y Pascual (vv.18-20). Cristo cabeza de la humanidad redimida es el recapitulador de todo en Sí mismo, clavado en la Cruz, pero una Cruz iluminada y comprendida a la luz de la Resurrección.

II. El Reino de Cristo es Reino de Amor

Este himno que se rezaba en la liturgia bautismal se transforma así en un canto a la Realeza de Cristo: pues coordina en unidad la Creación y la Redención, la humanidad y la divinidad, la historia y la eternidad. En él podemos encontrar el verdadero rostro glorioso de Cristo sin reduccionismos, ni manipulaciones.

Cristo, que es la Palabra de amor del Padre, que nos trae la Buena Nueva de la liberación iniciada ya en esta historia humana y que es la recreación del hombre y de los nuevos cielos y la tierra nueva.

El Reino que se nos promete es Reino de amor, es Reino del Corazón de Cristo, que se inicia en la vida mística de las almas (Rm.8,14); para asumir en su dinamismo renovador a toda la humanidad, no es de “exterioridades”, ni tampoco de una interpretación “intimista”; sino que asume la totalidad de la persona, espíritu e historia, anhelos y circunstancias, esperanzas y realidad. Un aquí y ahora de compromiso, sacrificio, servicio y solidaridad, y una esperanza inquebrantable de victoria, justicia, serenidady paz.

III. Conclusiones

Concluir el Año de la fe no implica ciertamente dejar de darle a la fe la importancia fundamental que tiene en la vida del cristiano y de la Iglesia; es avanzar un paso en el mismo sentido; es continuar el camino, abierto por la fe , hacia la plenitud a la que hemos sido llamados.

El Papa Francisco dice, en la Lumen Fidei: “El cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor. Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz (cf. Mc 15,34), el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo. Incluso la muerte queda iluminada y puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último 'Sal de tu tierra', el último 'Ven', pronunciado por el Padre, en cuyas manos nos ponemos con la confianza de que nos sostendrá incluso en el paso definitivo” .
Cristo es Rey a quien se le ha dado poder en el cielo y en la tierra y gobierna siendo “manso y humilde de corazón” (Mt.11.29) por ello quiso entrar a Jerusalén triunfante pero montado en un asno. Porque ha venido no ha ser servido, sino a servir y a dar su vida por la redención de muchos. Su trono ha sido en el nacimiento: un pesebre, en la muerte: una Cruz. Como Él mismo declaró ante Pilato: “Es Rey, pero su Reino no es de este mundo” (Jn.18.36). Es interesante notar, que el primero en reconocer su Reinado fue el Ladrón que había sido crucificado con él: “acuérdate de mi cuando estés en tu Reino” (Lc.23.42).

Por ello dice San Ambrosio: “la vida consiste en vivir con Jesucristo y donde está Jesucristo ahí está su Reino” (Comentario al Evg. de S. Lc.23.42).

Debemos hacer que toda nuestra vida esté centrada en Cristo: en la piedad, liturgia, la fe y la moral deben inspirarse en Cristo.

La centralidad de Cristo ilumina e irradia la vida de todo hombre desde la CRUZ: Señor Jesús, los pajaritos tienen sus nidos, y las zorras sus agujeros, pero tú no tienes donde reclinar la cabeza. Tú no tuviste un techo en esta tierra, y sin embargo tú eres el único “lugar” en el cual el pecador puede encontrar refugio. Aún ahora tú eres el refugio cuando el pecador corre hacía ti, se esconde en ti, es entonces cuando será eternamente defendido, porque el amor perdona la multitud de los pecados” (S. Kierkegaard “Discurso a un desconocido” 1851).

Como decía aquella jaculatoria: “Si vivimos con Cristo y morimos con Cristo resucitaremos con Cristo y reinaremos con Cristo”. 

Oremos todos juntos a Cristo Rey, que reina desde la Cruz para que con él, como Él y en Él, estemos todos comprometidos a construir un Reino que sea: “De Verdad y de vida, de Santidad y gracia, de Justicia, amor y paz.”

Amén.                                                                                                    

Mérida, Yuc., 24 de Noviembre de 2013
“Fiesta de Cristo Rey”

† Emilio Carlos BerlieBelaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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